Por Manuel Hernández Villeta

Es innegociable el derecho a la libre expresión, a la exposición de la pablara, a hablar y escribir de acuerdo a su conciencia. Cuando se calla la voz que clama en la selva de cristal y cemento, y se cortan las manos que dan sentido al alfabeto, se condena al hombre a vivir atado a las cadenas.

De ahí, que la libertad de expresión y de conciencia está por encima de las veleidades de grupos sociales o políticos, y se inscribe en los derechos inalienables del ser humano. No puede haber libertades públicas ni privadas, donde se pone una capucha sobre las cabezas pensantes.

A la mujer y al hombre, usted le puede dar beneficios económicos y posiciones sociales, pero nadie le otorga un derecho fundamental que nace con el ser humano, que es su derecho a expresarse. Hay formas de silenciar a una voz que clama, y la más desgarrante es la autocensura,

En defensa de sus derechos ciudadanos el hombre está dispuesto a perder la vida, como ha pasado en las grandes transformaciones sociales, comenzando con la madre de todas las revoluciones, que fue la francesa. Quitarle al hombre su derecho a la libre expresión, es hacer crecer en su pecho la llama de la rebelión.

Los dominicanos tenemos que meditar en torno a la intolerancia que se va adueñando de la sociedad. Queremos obligar a que todos piensen como yo, y eso es imposible. La multiplicidad de las ideas es el afianzamiento central de la democracia. Donde no hay cruce de pensamientos e ideas, la democracia es una farsa, y se levanta la guillotina de las dictaduras. Lo inaceptable, es cuando la intolerancia hace doblegar rodillas con la censura ambientada por el miedo o las papeletas.

Pero la lucha ideológica es cosa del pasado en el país. Estamos en una sociedad de un solo lado. Con ligeros matices imperceptibles casi todo el mundo que hace vida pública está inscrito en la misma casilla. Un retroceso histórico, cuando la investigación sobre la verdad tiene entre sus pliegos el color de los pesos.

Aun y sin normas ideológicas a la vista, siempre se da un intercambio de ideas, que quiere ser ahogado por la intolerancia. Para vivir en libertad y democracia se tiene que comprender que las ideas se combaten con ideas.

Cuando la mujer y el hombre ocultan su pensamiento, no se están abstrayendo al debate, sino dejando que otros conculquen el espacio que por regla vital les corresponde. La ausencia del debate, por miedo o por favores económicos, solo lleva al surgimiento de un estado donde se violen las normas del derecho de gente. Sin libertad de pensamiento y conciencia, no hay futuro, sino oscuridad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.