Por Manuel Hernández Villeta

Las botas de Trujillo fueron enterradas con su cadáver. Nadie se pondrá de nuevo sus polainas. Trujillo murió a golpe de plomo justiciero y allí acabó su etapa física, pero no su forma de gobernar. Trujillo se burló de su caída y hasta el día de hoy, coló su forma de accionar en política.

Se mató a Trujillo, pero no se finiquitó con la forma de operar de su régimen. Los trujillistas, de arriba, de abajo, intelectuales y patanes, se reciclaron en los partidos que se formaron luego de su ajusticiamiento, en especial el Revolucionario Dominicano.

Encontraron una puerta abierta para entrar al nuevo sistema. Sepultar al tirano, pero llevándose bajo el brazo su forma de gobierno y de mando, que se ha eternizado hasta el día de hoy. No es a Trujillo, polvo que volvió al polvo, al que se le debe temer, sino al accionar con el sistema trujillista, que está vivo y con fuerzas.

Nadie se puede poner los pantalones de Trujillo, porque éste surgió en un momento histórico específico, el cual no se está dando ahora mismo en el país. Algún día podría surgir otro tirano, pero su accionar sería nuevo, distante y distinto al del viejo hombre fuerte de San Cristóbal.

Los fenómenos históricos es difícil que se puedan repetir. Cambiar los hombres, y sobre todo las coyunturas. El país del 1930 ya está sepultado. Hay otra república, otros intereses, otros pensamientos, otros hombres y mujeres. La convulsión social de hoy es distinta a la que se produjo entre el 1916, con la intervención militar norteamericana, hasta que en el 1930 llega Trujillo al poder.

Los creadores de Trujillo y su base de sustentación fueron los norteamericanos, con el apoyo de la iglesia católica y los sectores más atrasados de la población, valga decir el campesino y el empleado urbano de baja monta. Es un error histórico no reconocer que Trujillo logró una base social que lo apoyó hasta la hora de su ajusticiamiento.

No hay que temer analizar a Trujillo, sino ver al fantasma que está insepulto porque nadie terminó con sus ideas, su forma de gobernar, su personalismo, su utilización de la fuerza para mantenerse en el poder. La corrupción sintetizada en el accionar de un hombre, con el correr de los años se multiplicó y parió a miles de malversadores de los fondos públicos.

La llegada al ruedo político de un familiar de Trujillo no pasa de ser un acto sin importancia. A los hombres no los catapulta al poder su simple deseo personal, sino las fuerzas sociales y militares que lo respaldan. Ese nieto carece de seguidores y de fuerza social para levantar vuelo.

No podemos cerrar las puertas a que un día surja una nueva dictadura. Los hombres fuertes que se hacen del poder no lo consultan con una bola mágica ni deshojan una margarita. Ellos venden tranquilidad, orden, disciplina, moralidad y comida. Nunca su predicamento se convierte en realidad, pero cercenan las libertades públicas e individuales.

La convulsión social demanda soluciones inmediatas. Los males ancestrales ahogan a los dominicanos, de ahí el peligro de que un juglar de nuevo cuño, vendedor de ilusiones y amante del puño de hierro, quiera en un momento jugar a dictador. Trujillo lo intentó y lo logró con el apoyo de los norteamericanos y la iglesia. No es tiempo de dictadores, pero siempre hay que estar atentos, para no ser sorprendidos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.