Por Manuel Hernández Villeta

El campo dominicano se encuentra abandonado. A mediados del siglo 20 era predominante la zona rural y sus habitantes en la sociedad dominicana. Un país eminentemente agrario. Pero hoy la sociedad es urbana, y se acentúa el abandono del campo.

Pero hay dos caras de la moneda. Florecen las grandes agro-industrias, y desaparecen los conuqueros. No se puede explotar satisfactoriamente la tierra con una azada y un machete. La tecnología de punta necesaria para obtener ganancias no está al alcance del campesino desarrapado.

La vieja generación de campesinos languideció esperando un pedazo de tierra. Las sabanas comuneras donde sólo había que poner a pastar un caballo, o abrir un hoyo y tirar las semillas, tuvieron dueños. Se fue achicando el círculo de vida del campo dominicano, y la juventud no vio futuro allí.

De ahí la migración a las grandes ciudades. Un campesino sin recursos económicos, analfabeto, condenado a vivir en los tugurios de miseria. Centros de exclusiones donde obligatoriamente hay camino fértil para la delincuencia, la prostitución y el chiripeo.

Los gobiernos le han fallado al campesino dominicano. Cuando era el factor principal en las elecciones jugaron con su miseria, y luego, al ser los urbanos más importantes, se le ha dejado a su suerte. Le prometieron una reforma agraria que nunca cristalizó. Títulos sin tierra, y una parcela sin ayuda técnica que obligatoriamente la vendía al mejor postor.

Cuando se celebra el día del agricultor, solo hay penas y dolores. Los discursos para la fecha pueden ser todo lo ampuloso que se quiera, pero hoy no hay labriegos, sino agro-industriales. Ya no es masivo el cultivo de la caña, para procesar el azúcar. Fue hace muchos años el sostén de la economía nacional, y hoy solo sirve para dar nicho a una cuota que todavía llega del mercado preferencial norteamericano.

No se puede hablar de desarrollo del campo dominicano, cuando sus moradores todavía viven con casi un siglo de atraso. Carecen de clínicas rurales, dispensarios médicos y cuando van a las ciudades en busca de atención médica, se encuentran con hospitales en mal estado, donde hay que pagar servicios básicos.

Las escuelas campesinas fueron eficientes décadas atrás. Hoy los maestros pueden tener títulos de centros especializados, pero los niños no aprenden a corto plazo a leer y escribir, y se mantiene la deserción, pocos terminan el bachillerato y solo un puñado alcanza el nivel universitario.

El futuro para el campo va ligado a que se mejoren las condiciones de vida que imperan en esa área. Es necesario dar préstamos a los labriegos, equipos técnicos, asesoramiento de agrónomos, darles tierras y títulos, garantizarles la venta y o compra de sus productos. Como se queda el campesino en el terruño si no hay agua potable, y desconoce la energía eléctrica.

El campesino fue uno de los ejes motores de nuestras luchas independentistas y revolucionarias. Fue el sostén de la economía nacional durante decenas de años. Su fortaleza moral, su reciedumbre de espíritu, su capacidad de trabajo, le hacen ser un ejemplo para todos los dominicanos. Hagamos algo por el campesino dominicano. Se muere de desesperanza y abandono. Está cabizbajo lo mejor del país. ¡Ay!, se me acabó la tinta.