Por Manuel Hernández Villeta

Cuando un político peso pesado cae preso, termina en la muerte, en las calles ensangretadas o en el Palacio. La modalidad del Golpe de Estado Institucional llevará la violencia a la América Latina. Por las razones que sean, se juega a sacar a gobiernos del poder mediante acciones de jueces o del Congreso. Una acción muy peligrosa en el proceso de una latinoamérica que vive todavía casi en la barbarie.

Con su punto fuerte en la década de los sesenta, el continente vivió la etapa de los gobiernos militares. En la alegada lucha contra el comunismo, se violaron todos los aspectos de derechos humanos y de respeto a la vida. Los militares fueron dueños de la vida y la libertad.

Sin embargo, a un alto costo en sangre, por todo el continente se anidó la resistencia a los gobiernos militares, y casi todos ante la presión popular, aligeraron sus actuaciones y tuvieron que dar paso a elecciones medianamente libres, pero suficientes para que se vieran obligados a salir del poder.

Pero antes, y los dominicanos lo conocieron con Trujillo, se vivió la experiencia de los dictadores de manigua, productos de la llamada guerra fría y de unos Estados Unidos que emergían, luego de la segunda guerra mundial, como el país más fuerte de occidente.

Creo que los Golpes de Estado Institucionales siguen la misma cartilla de la primavera árabe. Allí ese experimentó terminó en guerras civiles que todavía sacuden al mundo. Por suerte, en América Latina se han dado estos golpes de escritorio, pero sin violencia.

La reciente situación de Brasil indica que el desenlace podría ser violento. Lula puede ser culpable o inocente de las acusaciones que se le hacen de corrupción. De hecho sus opositores lograron una condena de doce años en prisión, pero sus partidarios destacan que es inocente y lo consideran un preso político.

Cuando un político de la estatura de Lula cae preso, con un total respaldo del partido más fuerte de su país, las instituciones se tambalean, llega la intranquilidad social y los choques entre civiles y militares son inevitables. En el mejor de los casos, Brasil está partido en dos, y en el medio los militares, que ya tienen la exhibición en alto del sable de mando.

La situación actual de intranquilidad en Brasil no llega a las próximas elecciones. La suerte de Lula se tiene que decidir tan pronto como en este o el próximo mes. Se queda a cumplir los doce años en prisión, con el ahogamiento de las manifestaciones callejeras, o la presión del partido de los Trabajadores lo saca de la cárcel. En un país dividido está presente el espectro del Golpe de Estado o la guerra civil, es más los dos elementos se funden en uno cuando hay coyunturas específicas.

Una cosa es cierta, el Partido de los Trabajadores ha perdida fuerza y consistencia. No solo es el caso del apresamiento de Lula, sino que lo sacaron del gobierno con una simple acción legislativa. Solo una contundente acción de masas, echando millones de personas a las calles pidiendo la libertad de Lula, le puede garantizar el mantenimiento de su fuerza política.

La sociedad brasileña está debilitada por la violencia en las fablas, ambientadas en el tráfico de drogas y pleitos de pandillas, unas fuerzas armadas que desean salir de nuevo a las calles para compartir el poder, las presiones norteamericanas que no desean que siga la cooperación económica con China y unas elecciones que terminarán en traumas irreparables.

Con Lula preso o suelto, Brasil es un volcán que ya está en erupción. Su explosión social luce indetenible. Solo se podrían tomar medidas pasajeras para aliviar tensiones y mantener la convivencia, pero el tiempo se acorta. Los Golpes de Estado Institucional en el continente, no serán una primavera latinoamericana, sino el entierro de lo que queda de democracia y libertad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.