Por Manuel Hernández Villeta

La iglesia católica dominicana está escenificando un gran cambio. Se aparta cada día más de las viejas directrices del Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez. Va entrando a un terreno empedrado, difícil, de cuestionar, y por el cual no se sabe a dónde va.

El sermón de Las Siete Palabras es el mejor indicativo de los nuevos tormentos de la Iglesia. El arzobispo de Santo Domingo fija la pauta a seguir, y luego los sacerdotes abren trochas. Desde hace tiempo se está diciendo que los católicos de la cúpula tienen una postura para favorecer a los inmigrantes ilegales haitianos, y a los nacidos sin actas de nacimiento que levantan la nacionalidad dominicana.

Hay un claro acercamiento hacia el emigrante y su suerte. La iglesia en esta nueva etapa no cuestiona a los que viven en la República Dominicana sin tener en claro sus papeles, por el contrario le da un apoyo circunstancial.

Desde hace muchos años se comenta que el arzobispo de Santo Domingo plantea en su accionar tender la mano a los ilegales haitianos. Con el Sermón de Las Siete Palabras parece que se confirma esta situación. No se cuestiona los intentos de organismos internacionales para fulminar la nacionalidad dominicana, y se le abre puerta a los que enfrentan la invasión pacífica haitiana.

Es un terreno movedizo donde la Iglesia no tiene nada que buscar tomando partido. Es pasable que los curas hablen como pastores de los desamparados, pero levantar espadas para defender la ilegalidad es un despropósito que le puede traer inconvenientes en lo que se refiere al respaldo de sus feligreses. El tema haitiano no es un acto de fe, sino de participación política, de patriotismo, de nacionalidad. La posición de los sacerdotes no es mística, sino tremendista.

Los dominicanos estamos sufriendo la invasión permanente de los haitianos, que llegan en situación de ilegalidad, pero que una parte del empresariado de inmediato les da trabajo, sobre todo en la industria de la construcción y el agro. Desde ese momento cuentan con padrinos, y muchos son intocables.

Nadie es más solidario que los dominicanos en los duros momentos de la existencia de los haitianos, pero ello no puede significar que permitamos que pasen la frontera sin restricciones. Los hospitales dominicanos reciben a miles de haitianos todos los años, y hoy ocupan un lugar importante en los niveles de producción relacionados con la construcción, la agricultura y el comercio bi-nacional.

A la Iglesia se le va la mano. No es solidaria, sino que quiere dictar normas a seguir, y ello es inaceptable. El sacerdote está para salvar almas, para ayudar al hombre en su regeneración, pero no puede estar aplicando el bisturí para causar heridas y para abrir sendas, aún a costa del patriotismo y la nacionalidad dominicana.

Pedimos mayor ecuanimidad al arzobispo de Santo Domingo. Comprender que prédicas desaforadas en torno al caso haitiano hieren la sensibilidad de los dominicanos, y sirven de punta de lanza a organismos internacionales que quieren destruir nuestros valores nacionales. La Iglesia debe ser un faro que ilumine conciencias. Debe ser la luz que rompa con la oscuridad. Por desgracia estas polémicas Siete Palabras echan combustible a la caldera del fuego de las inconformidades. ¡Ay!, se me acabó la tinta.