Por Manuel Hernández Villeta

Todas las revoluciones han devorado a sus hijos. Un levantamiento armado o popular es un hecho de masas, que responde a la confluencia momentánea de diversos sectores, cada uno con su interés en el puño. El vórtice de las revoluciones es triturador y desgarrador de los frentes de masas que le dan vida.

La que puede ser considerada la madre de todas las revoluciones, la francesa, navegó en medio de las luchas fratricidas entre Dantón y Robespierre. Los dos fueron a la guillotina, y el proceso tomó nuevos rumbos, donde se levantó como imperio, dando paso a un emperador y luchas sociales permanentes.

La revolución bolchevique tuvo en su seno la lucha de tendencias. Vladimir Lenin estaba por encima de los sub-lideratos, pero luego del atentado de que fuera víctima, y al instante de su muerte, se abrieron las puertas del infierno. El choque de titanes entre Trosky y Stalin, terminó con la purga de los troskistas y el asesinato de su líder en México. Ya luego la revolución fue dirigida con puño de hierro por Stalin.

Al igual que las revoluciones pasa con los partidos políticos. Mantienen la unidad para un objetivo, pero cuando lo tienen, o creen que está a mano, comienzan las divisiones, los choques intestinos, las tendencias a suplantar la dirección general, y la anarquía a ser la norma de conducta política.

Ningún partido que tenga ausencia de disciplina, no división de cuotas entre las tendencias y el objetivo claro de que la meta es el poder, podrá lograr el éxito. Si se trata de mantener el poder, es un espejismo pensar que un solo segmento, sin unidad general, puede ganar unas elecciones.

Los llamados partidos políticos mayoritarios dominicanos llevan en sus intestinos la lucha de tendencias, y el rastre de la división y el fracaso. Nadie dividido puede llegar a la victoria. Aplastar a un rival porque se les vean menos condiciones y fuerza es un grave error.

Sin consenso, sin concertación, sin dividir la mies del poder, nadie llega a él y mucho menos lo mantiene. Todos los partidos políticos deben armonizar, para que la lucha de tendencias no los deje fritos en alquitrán. El ejemplo de las revoluciones es bien claro. Si los máximos exponentes de la lucha política, -las armas y la ideología-, no pueden mantener la unidad, viene el fracaso.

Un acuerdo político no es el aplastamiento, ni el menosprecio, sino el diálogo. Todos tienen que ceder. Se esté en mayoría o en minoría. Es difícil hacer predicciones en un momento político donde todos los partidos tienen la fragmentación interna.

No hay una tercera fuerza a la vista. Se ha dado la polarización política. Todo se decidirá entre grupos tradicionales. Los emergentes no tienen fuerzas, y los que plantean cambios, tampoco presentan una alternativa nueva. Pero la lucha social pare a sus protagonistas sobre la marcha. Un soldado sin nombre, sin apellido y carne de trincheras, recogió los añicos de la revolución francesa y levantó un nuevo imperio. No se ven caras nuevas en lontananza, pero el choque divisional podría ser embrión de sorpresas. ¡Ay!, se me acabó la tinta.