Por Manuel Hernández Villeta

Sin una equitativa y justa distribución de las riquezas, no se puede acabar con la pobreza. Ser pobre va por encima del simple salario, o del desempleo. El pobre es un excluido de la sociedad, es un paria, es un Don Nadie. Para sacarlo de la pobreza, hay que poner fin a su alejamiento de vivir una vida decente.

De la pobreza es difícil, por no decir imposible, poder salir en formas colectiva. Un privilegiado puede dar un salto a la fama y a la fortuna, pero millones siguen iguales. Es el caso de los peloteros de Grandes Ligas. Vienen de la marginalidad social, ahora son millonarios, pero sus vecinos siguen pasando hambre.

Es una tarea dura sacar a millones de la pobreza, sin hacer cambios en la maquinaria social. Los remiendos para lograr mejorías chocan con la realidad. Del fango no se sale por deseos propios o por caprichos, sino que desde fuera tiene que ser tirada la soga de la salvación.

En boxeo, el gladiador nunca tira la toalla. Quiere seguir con los guantes puestos hasta que no puede más y es noqueado con peligro de su vida. El que tira la toalla es el manejador cuando lo ve perdido y con deseos de seguir, para evitar que lo maten de un golpe.

El pobre dominicano, contrario al boxeador que también sale de esa marginalidad extrema, ya tiró su toalla, dejó de tener fe en el futuro, le tiene miedo al presente y quiere en ocasiones vivir en un pasado demasiado negro y tenebroso. Se puede rescatar a ese pobre, pero no en forma individual, sino con un cambio general de la sociedad.

El pobre, de acuerdo a evaluadores sociales, es bueno para explotarlo y para que vote en las elecciones. Esa correlación de fuerzas tiene que ser cambiada. Con la miseria de los desgraciados de la vida no se puede jugar.

El presente gobierno ha hecho esfuerzos para mejorar las condiciones de vida de los que se consideran los más pobres del país. Un esfuerzo valido y que deja sus frutos. Se trata de reducir la pobreza. De poner a muchos a trabajar, a estudiar, a vivir mejor.

Pero hay que rechazar a como dé lugar las recetas envenenadas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Plantean irrealidades para un pueblo irredento. Su desarrollo no es real. Solo ven los números hechos por tecnócratas y se olvidan de los colaterales sociales.

No puede haber desarrollo en base a una reforma impositiva; no puede darse una mejoría sustancial de la forma de vida de los irredentos, eliminando subsidios. Esas recetas del FMI y el BM son peligrosas, y donde se aplican, lanzan a las pobladas, los paros y las protestas.

Ya en años pasados comenzamos a ver la proletarización de la clase media. Se temió que desapareciera ese segmento ambivalente de la sociedad, y todo fuera entre adinerados y pobres. El término proletario es difícil en el país, con actividades de factura local como el chiripeo, el desempleo y el trabajo a destajo. Hay que seguir clamando por la justa distribución de las riquezas, como punto esencial para acabar con la pobreza. ¡Ay!, se me acabó la tinta.