Por Narciso Isa Conde

Hay quienes quieren reducir la lucha por el fin de la impunidad a la exigencia de una reforma que garantice un poder judicial independiente en el marco de esta institucionalidad y este gobierno. Pero resulta que es imposible lograr una JUSTICIA INDEPENDIENTE en ese contexto político-institucional.

El Ministerio Público lo nombra el Presidente Medina y la cúpula del PLD. El Consejo de la Magistratura lo designa el Congreso controlado por el PLD, quien a su vez selecciona la Altas Cortes, incluida la Suprema.

Lo acontecido en años recientes deja claro que para que haya JUSTICIA INDEPENDIENTE Y HONESTA, hay que salir de esta dictadura institucional, del gobierno y el Congreso vigentes... y avanzar hacia la CONSTITUYENTE POPULAR Y SOBERANA.

Para que haya elecciones confiables debe ocurrir lo mismo.

Insisto en la necesidad de vernos en el espejo de Honduras y ponderar el significado del respaldo de Danilo Medina al fraude y a la dictadura mafiosa de Juan Orlando Hernández.

Ese espejo muestra fehacientemente que para lograr una Justicia Independiente, aquí y allá, hay que salir de quienes la tienen secuestrada y de la institucionalidad que le sirve de soporte.

Aquí la Constitución del 2010 fue hecha a la medida de la dictadura corrupta y corruptora del PLD, y su reemplazo exige de un Proceso Constituyente.

Esto obliga a reflexionar y debatir las características de ese proceso destinado a elaborar una nueva Constitución y a construir una nueva institucionalidad que reemplace ésta que se pudrió.

La corrupción y la impunidad son esenciales a este sistema institucional impuesto por la corporación PLD y el gobierno que la manipula.

El régimen de partidos y los mecanismos electorales son parte de ese sistema y sus dinámicas delictivas.

La llamada oposición es la misma porquería, pero con menos fuerza y más dividida que el oficialismo; vulnerable a los sobornos de las cúpulas del PLD, las transnacionales y el gran empresariado inescrupuloso.

Así las cosas, para ponerle fin a la impunidad que protege este lodazal

pestilente, hay que cambiarlo todo. Y para cambiarlo todo hay que lograr que se vayan los que han gobernado y los que gobiernan, una vez convertido el pueblo en lucha en un poder alternativo al poder constituido.

Jamás del degradado poder constituido puede surgir un poder constituyente, sino de una crisis de gobernabilidad, a partir del afianzamiento de una conciencia colectiva que reconozca que el soberano puede cambiarlo todo y crear lo nuevo. (El Nacional, domingo 4-02-2018)