EL TIRO RAPIDO

En la compleja agenda de problemas a solucionar por parte de las autoridades municipales del Gran Santo Domingo, principalmente el Distrito Nacional, donde el lugar de cabecera, tanto por razones sanitarias como ornamentales, corresponde a la recogida de basura y la disposición de la misma en el controversial vertedero a cielo abierto de Duquesa al que ahora también se ha sumado el de Haina, no puede ignorarse el reto que representa la recuperación de los espacios públicos.

Tan apremiante como el ordenamiento del cada vez más caótico, desordenado, costoso y peligroso tráfico vehicular, es también de extrema urgencia, y no resulta menos problemático, solucionar el del tránsito peatonal.

El crecimiento espectacular de la población y los límites de la Ciudad Primada en las últimas décadas, que impulsó la decisión de fragmentarla en varios municipios, no respondió a ningún plan de ordenamiento territorial sino que se produjo en forma caótica. Los intentos que se han hecho en ese sentido y las ordenanzas que se han ido aprobando siempre han ido a la zaga de situaciones creadas de hecho, y en la mayoría de los casos, irreversibles.

Dentro y parte de ese desorden ha sido la creciente ocupación de los espacios públicos: Aceras y calles, parques y áreas verdes han sido y son invadidas a capricho y conveniencia sin encontrar freno, siempre bajo el amparo de la tradicional excusa del "padre familismo". Cuantos intentos se han hecho en ese sentido, han fracasado. Ya sea por desidia, temor u oportunismo político, la ciudad se ha ido arrabalizando cada vez más.

Cualquiera se considera en el derecho de montar un negocio en la acera por donde deben circular los transeúntes, impidiendo el paso de estos. Ya sea un puesto de comidas, una tarima para la venta de ropa y calzado, una paletera, un taller y hasta un negocio de venta de neveras y electrodomésticos han ido ocupando cada vez más las vías peatonales, obligando a los caminantes a bajar de las aceras y transitar por la calle con riesgo de accidentes. No pocos constructores contribuyen al desorden ocupando las vías públicas y tomándolas de rehenes para amontonar sus materiales cuando no para llenarlas de escombros.

En estos días precisamente, tanto el matutino Hoy como el vespertino El Nacional han estado divulgando amplios reportajes sobre el tema. Este último, además, publicó constancia gráfica de la forma en que buhoneros sin el menor recato realizan sus necesidades fisiológicas en las propias aceras que ocupan y ante la indiferencia de las autoridades.

No obstante estar expresamente prohibido, no menos frecuente resultar encontrar vehículos que utilizan las aceras como zona de parqueo. En otros casos, también violando las normas, lo hacen en paralelo, entorpeciendo el tránsito vehicular.

No resulta fácil romper este círculo vicioso que cada vez se ensancha más en la misma medida que se convierte en una verdadera camisa de fuerza para los capitaleños, invadiendo los espacios públicos y limitando la capacidad de movilidad de la gente.

Sus integrantes conforma una tupida madeja de intereses creados y supuestos "derechos adquiridos" (¿?) en el largo ejercicio de una ilegalidad tolerada, que reaccionan agresivamente frente a cualquier intento de ponerle freno.

La autoridad municipal que asuma el riesgo tendrá por delante una ardua misión, para lo cual le será necesario contar con el más pleno respaldo ciudadano, si queremos recuperar los espacios públicos que nos han sido secuestrados por tanto tiempo.

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