Por Manuel HernándezVilleta

Las instituciones dominicanas son de gelatina. Carecen de fuerza real. Están sometidas a una creciente degradación. El ciudadano no confía en ellas. Estamos camino de sálvese el que pueda. El país necesita que se dé un alto en la trocha hacia el despeñadero.

Las instituciones no pasan de ser nombres y papeles. Carecen de fuerza moral para imponer la ley. Puede ser que en ocasiones triunfe la fuerza de la prepotencia, pero ello no lleva la equidad. Hay una marcada degradación de la vida civil y del orden público.

Hay que hacer los cambios que la sociedad necesita pero ahora mismo. Esperar a mañana puede ser demasiado tarde. Los dominicanos necesitan poder confiar en sus instituciones, pero ello se ve difícil. Tiene que haber un renacer de la vida pública para lograr ese efecto.

Los dominicanos siempre han luchado por dar lustre a sus organismos. No ha fracasado la mujer o el hombre de esta generación, ni de las pasadas, sino los responsables de velar por nuestro presente y nuestro futuro.

Hoy somos un país que camina hacia atrás. Tratamos de mantenernos en el círculo de lo ignoto, cuando lo necesario es dar pasos al frente y lograr un proceso de desarrollo nacional. Pero en el desorden no se pueden dar pasos firmes, sino arrastrarse. De ahí la importancia de salvar las instituciones.

Los hombres no son providenciales, sino que cumplen con su rol social. Nadie viene caído del espacio, sino que sabe cuáles son sus obligaciones y actúa en consecuencia. Lo que se necesita hoy es responsabilidad, manos y corazón limpio, para ser ejemplos a seguir.

Ahí está uno de los graves problemas de los dominicanos, que no hay ejemplos a seguir, sino que todos de una u otra forma están con las sombras negras de la cobardía, la irregularidad o la indiferencia. Para levantar las instituciones y poner pies de hormigón armado, se hace necesario un constructor que al mismo tiempo tenga muñeca de acero y blando corazón.

Las sociedades se transforman con esa mezcolanza de buena paternidad, pero castigo ejemplar. El desorden actual tiene que ser enfrentado con puño de hierro, amputar los lados podridos de la manzana y seguir adelante. No es tiempo de refugiarse en el pasado, ni voltear la cara.

Se pueden construir instituciones más fuertes, y preparar nuevas generaciones para que se den los cambios que necesita una sociedad que avanza en el siglo 21. No se puede dar largas a limpiar las instituciones carcomidas. Es hora de renovación. Cuerpo que no avanza, retrocede. ¡Ay!, se me acabó la tinta.