Por Manuel Hernández Villeta

Hoy el esfuerzo tiene que ser mayor que nunca. Poco adelantamos el pasado año. Las páginas del almanaque cambiaron, pero los problemas son los mismos. Los dominicanos juegan con dar largas a las soluciones, y de ahí que todo se va acumulando.

Estamos estancados en medio del tiempo. El desarrollo empresarial va a cuenta gotas si lo comparamos con el siglo 21 y su dinámica, el campo está fuera de la tecnología y aunque el machete y la azada no son los principales instrumentos de trabajo, lejos se está de la producción globalizada.

N o hay salto social para la mayoría de irredentos. De cultivadores de la tierra han pasado a ser motoconchistas, pasajeros de yolas para viajes ilegales a Puerto Rico, sicarios del crimen, desempleados, chiriperos y políticos de baja cotización.

La agenda nacional para este 2018 sigue siendo la misma que quedó inconclusa en el 17. No es posible dar un salto en la búsqueda de soluciones milagrosas cuando tantas cosas están por hacer e iniciar. Un camino sin tregua en una marcha que es de enanos, porque sería una mentira decir que llevarla a cabo es de gigantes.

Los dominicanos necesitan dejar atrás el pesimismo y la irrealidad. No es contra molinos de vientos que se está luchando, sino con un sistema opresor que le niega a millones la mínima felicidad, que es la de tener una vida decente. Se perdió la capacidad de lucha, y los deseos de una mejoría colectiva.

Ayer y hoy la prioridad es la educación, la salud, el pleno empleo, el desarrollo del campo, un genuino plan de viviendas, y mejoría de los niveles de vida para los que subsisten como animales. No es mucho pedir, pero son conquistas que no llegaran sin lucha y enfrentamientos.

La educación es fundamental. No se puede seguir con una línea de tener profesores bien pagos, sin capacidad, con ligero trabajo, y estudiantes con desayuno y comida en una tanda extendida sin metas ni futuro.

No se está preparando en la escuela pública a las nuevas generaciones para hacer frente a las grandes demandas que tendrá el país dentro de 20 años. El niño de seis años que hoy es llevado a la escuela de párvulos deberá ser el profesional en 20 años, y no se le está preparando para que cambie la senda y sea dueño de su futuro generacional.

Los dominicanos están llegando al final del arco-iris, donde sólo queda ponerse la mortaja para ir a la tumba, o salir a luchar por mejores niveles de vida. La vena contestataria está cortada pero la historia ha demostrado que los dominicanos son indomables y que siempre han luchado por su libertad y bienestar. Solo falta hacerle despertar de este sueño eterno que ya es una pesadilla. ¡Ay!, se me acabó la tinta.