Por Manuel Hernández Villeta

Los vendedores de Clerén y rones clandestinos son los más dichosos del país. Tienen años comercializando de forma visible con un producto ilegal, y nunca las autoridades los han podido controlar.

La muerte de más de una docena de dominicanos ha espantado a la ciudadanía y le restriega en plena cara lo que muchos han querido pasar por alto, volteando la cara: las bebidas de fabricación clandestina se venden hasta en los colmados de esquina.

Son los más pobres de la población que regularmente toman estas bebidas peligrosas para la salud, por su bajo precio y hasta por su fuerte poder alcohólico, sin ningún control y a la expensa de que al ingerirlo pueda ocurrir una intoxicación mortal. Pasó ahora, pero en cualquier punto del país y en cualquier momento se pudo dar la intoxicación que llevó a la muerte a más de una docena de personas.

Si las autoridades toman las medidas de rigor, rápidamente podrán cerrar los alambiques clandestinos y parar la red de distribución. En el país el ron no está prohibido, pero debe su fabricación debe llenar requisitos sanitarios y de producción. El Clerén no tiene control de ningún tipo, y se puede preparar hasta en una letrina.

Hay factores culturales que impulsan a una parte de la población a tomar este ron de fabricación casera. Es mayor esa carga tradicional en las zonas donde anteriormente había bateyes y poblaciones de la ya casi desaparecida industria azucarera. Es fácil colegir que esa fabricación de Clerén está ligada a la migración haitiana, sobre todo a la ilegal que reside en las zonas rurales.

Controlar la migración haitiana, es también establecer puntos de control para evitar que el triculí se siga vendiendo en todo el país. Las dos cosas van unidas. Además, el ministerio de Salud Pública tiene que agilizar una labor educativa, donde le diga a la población los peligros que hay al consumir bebidas alcohólicas clandestinas.

Ahora ha fallado el protocolo de control sanitario. Las autoridades del área de la salud en muy pocas ocasiones han llevado a cabo programas de divulgación para evitar que se siga extendiendo la práctica de consumir bebidas alcohólicas clandestinas. Es decir con claridad, los daños que se pueden producir al organismo al tomar ese veneno de color blanco.

Este es un problema social de amplia repercusiones. Las autoridades no pueden ser indiferentes, ni a la carrera intentar tomar medidas de protección. Hay que comprender que se tiene que agilizar una campaña permanente de educación para que no se consuma el ron clandestino, y por demás, que haya un protocolo en las clínicas rurales y dispensarios, de cómo tratar a un paciente intoxicado. Los que ingieren Clerén en su mayoría son pobres, pero ellos tienen derecho a protección y cuidados. ¡Ay!, se me acabó la tinta.