Por Manuel Hernández Villeta

La época más triste y más alegre del año, es su semana final. Ahí se presentan las dos caras de la tragedia griega. La verdad y la mentira. La riqueza y la pobreza extrema. La feria de las vanidades y el corral de las indigencias. Una etapa de la vida que debe ser para la exaltación y la revisión, es la pestilencia de las cicatrices que no cierran

Las desigualdades sociales son golpeantes. Abren heridas que nunca cauterizan. Unos dan el salto a la opulencia, pero la mayoría se queda estática, en el mismo lugar, ahogados por la desventura. Un final de año debe ser dulce y agradable para todos, pero no exhibidor de sedas o de grajos.

Tiene que haber un mundo mejor, donde la riqueza no sea atesorada por unas pocas manos, mientras la gran mayoría vive en el fango. Es una idea que puede parecer fuera de época, aislada en las consideraciones de un libre pensador, pero es el mayor anhelo de la humanidad. Un mundo donde todos sean iguales y tengan los mismos derechos.

La cena navideña puede tener finos ingredientes de la cocina francesa, norteamericana u oriental, pero al mismo tiempo puede ser el locrio de salchichón o de sardinas pica pica. Los alimentos van a mesas distintas, pero a los mismos seres humanos, separados por el aromo del perfume que exhalan.

El mensaje de redención de Jesús sigue pendiente 21 siglos después de su crucifixión. Muchos levantan su nombre en vano, en búsqueda de riquezas o de engañar al más pobre. Miles de guerras se han hecho en hombre del cristianismo, y conquistas salvajes se han llevado a cabo por hombres que mal utilizaron las enseñanzas de la biblia. Pero por sobre todo eso, está el mensaje de Jesús, que habló de los falsos profetas, y de la esperanza de un mundo mejor.

El hombre de hoy tiene que ir a su mente y corazón para conocerse a sí mismo y luego accionar para romper sus cadenas, que primero son morales, sicológicas, y luego físicas, y sobre todo económicas. Para ser un hombre nuevo, se necesita que entierre su pasado funesto y comience a ser libre, a pesar de estar entre los barrotes de una jaula.

El hombre de hoy necesita tener de nuevo esperanzas. La ha perdido. Su duro existir, su lucha en contra de la corriente, le ha hecho perder todo. Inclusive no vive, sino que subsiste, un esclavo sin cadenas de hierro, pero sometido al cepo del cercenamiento del pensamiento y de la libre voluntad.

Hemos olvidado el predicamento central de que todos los hombres son iguales, porque la verdad se restriega en la cara, de que el poder económico dista divisiones y castas sociales. El final de año, con toda su alegría y comercialización, es la etapa más triste, cuando millones conocen el hambre, la opresión, la subsistencia y sobre todo, que en su vía-crucis diario ya perdieron la esperanza.

El nuevo hombre está ahí, delante de ti, cuando te miras al espejo. Solo tienes que analizarte, ver a tu sociedad y comprender que los cambios son necesarios. Hay cambios para que todo siga igual, pero ahora lo que se necesita es la diestra mano de un cirujano, para curar, cerrar heridas y amputar sin que le tiemble el pulso. ¡Ay!, se me acabó la tinta.