Por Manuel Hernández Villeta

Para acabar con la violencia, la tenemos que sacar de la cabeza y el corazón del hombre. Un objeto inanimado es utilizado para facilitar el crimen, pero lo acciona una mano dirigida por un cerebro perturbado. Un cuchillo que sirve para partir la carne, los víveres, el pan y cualquier otro elemento, se puede convertir en un instrumento de muerte, si un degenerado lo aplica como método auxiliar.

Es al ser humano que tenemos que controlar. Se puede prohibir el uso de las armas de fuego, y la violencia seguirá. Si un hombre no tiene la intención de ser violento, de saciar sus deseos de sangre, un arma en sus manos no es un peligro. Le estamos dando de largas que es a la sociedad que tenemos que cambiar.

Se puede desarmar a todos los dominicanos y el crimen seguirá. Es una buena medida establecer algunos controles con las armas blancas o de fuego, pero creo que sería un absurdo un desarme general. Se le quitaría el arma al ciudadano pacífico que la tiene para una eventual defensa personal en un momento de ataque, pero no se podría controlar al delincuente que la porta clandestina, y la usa indiscriminadamente.

Tiene que haber una respuesta al agente criminal. No es acorralando a la ciudadanía que se va a lograr poner fin a los robos, atracos y hechos de sangre. Los feminicidios no se detendrán mientras siga el país moviéndose en el círculo de no educar a las nuevas generaciones sobre el respeto al derecho a la vida.

Ahora mismo nadie está impartiendo en la República Dominicana la idea sacrosanta de que la vida es inviolable y que nadie tiene derecho a quitársela a nadie. No hay pena de muerte en el país, y todos los casos de afrenta y agresión deben ser considerados por la justicia, que aplicará la pena de acuerdo al delito cometido.

Ni las instituciones del orden público, que deben ser las primera en establecer controles de la violencia, ni los religiosos, ni la escuela, nadie, está poniendo énfasis en que hay que enseñar a los dominicanos, predicar a todos los ciudadanos, que nadie le puede quitar la vida a otro, y que el derecho a la existencia es inviolable.

Si la justicia fuera fuerte y poderosa, sin mácula en algunos casos: si la fuerza pública, los organismos encargados de mantener el orden, no estuvieran a diario con agentes y oficiales metidos en actos de corrupción, no surgiría la impunidad y la inmunidad cuando se viola la ley. Donde la autoridad extiende la mano y voltea la cara, se da paso a una violencia indetenible y al irrespeto a la convivencia civilizada.

En el medio de las circunstancias en que nos encontramos es un absurdo el desarme general de la población dominicana. Se dejaría todo en manos de los delincuentes. Ello no detendría la violencia, sino que crearía nuevos problemas que nadie va a resolver. Si debe haber controles de cuchillos y revólveres, pero si no enseñamos a respetar la vida y a que no se violen los derechos humanos, no detendremos esta ola de sangre y muerte. ¡Ay!, se me acabó la tinta.