Por Manuel Hernández Villeta

Es imposible que florezca una Constitución fuerte y poderosa, donde las instituciones son de gelatina. Cuando no se respeta y se viola con toda impunidad e inmunidad, la Constitución no es más que un libro cualquiera. Puede servir para debate de intelectuales, pero carece de la fortaleza para ser la que dicte normas de conductas sociales.

En el país, los caudillos se han impuesto a las normas constitucionales. Los partidos han estado por encima de la Carta Magna. El ciudadano de a pie le importa un bledo. La Constitución no pasa de ser el anhelo de una mayoría que quiere comenzar a vivir en una sociedad civilizada.

Si se quiere una Constitución fuerte hay que comenzar a trabajar con las generaciones emergentes para que la respeten y le den su valor. Si para hacer respetar la Constitución se tiene que utilizar la punta del sable, se corre el riesgo de iniciar el camino hacia la dictadura.

Si vamos a una perspectiva real, el país en escasas ocasiones ha vivido en una etapa donde la Constitución sea la fuente que dicta la norma a la vida institucional. Déspotas ilustrados, generales de a caballo, guerrilleros uniformados de tela de Macario, y dictadores de sable en mano jugaron con los artículos de este libro para esclarecer las nieblas de su camino.

En el siglo 19 floreció la anarquía, las intervenciones, los movimientos cívicos y una lucha por lograr la independencia de los haitianos y de los españoles. Cierto que se proclamó la primera Constitución, pero fue en medio de un baño de sangre para ahogar el espíritu cívico y libertario de los seguidores de Juan Pablo Duarte. Esa Constitución fue letra muerta entre el entreguismo a los españoles y los malos gobiernos.

Luego de la Restauración vienen los eventos colaterales con el surgimiento de los gobiernos de generales de charreteras, la anarquía total y finalmente se impone el sable y la bota encarnados en Lilis, Ulises Heureaux.

Pero el siglo 20 llegó con su secuela de sangre y muerte. Es un simple pavoneo literario hablar de florecimiento de la Constitución en el siglo 20. Se vivió en medio de golpes de Estado, de revoluciones, de violaciones a las instituciones, para caer en la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, que duró 31 años y posteriormente, en por lo menos los doce primeros del doctor Joaquín Balaguer.

Esa Constitución de la que muchos hablan y pontifican ha sido en nuestra larga historia un simple pedazo de papel manejado al antojo del gobernante de turno. Hoy el pueblo necesita como norma básica de vivir en un mundo moderno el respeto a la Constitución y las Leyes.

Cuando los políticos dejen de manosear a su libre albedrío las normas constitucionales, y las sanciones se apliquen a todo el que la viole, entonces daremos el primer paso para sentar las bases de una república que viva en paz, progreso, respeto y civilidad. Mientras, queda la esperanza, que es lo último que se pierde. ¡Ay!, se me acabó la tinta.