Por Manuel Hernández Villeta

Soy radicalmente opuesto a que a los profesionales se les despoje de sus títulos, si diez años después de graduados no han hecho maestrías, cursillos o tareas complementarias de su preparación profesional.

La misión de la universidad es graduar a los nuevos profesionales. El que recibe un título es un adulto. Entra de lleno al mercado de la competencia, donde se impone la capacidad. Solo cuando se sombrea en la política el título es un papel sin importancia, y lo que se prioriza es la lealtad al líder de turno.

Estamos mal en los conceptos humanistas cuando el rector de una de las principales universidades del país propone que se despoje de sus títulos a los profesionales que a su juicio están estancados en su disciplina, y los que no continuaron estudiando e investigando.

Habría que preguntar si las universidades tienen un programa permanente para capacitar a sus egresados, si les ofrecen becas, c créditos académicos, si le dan seguimiento. Esta baja de profesionales es una inconsecuencia cuando se vive en un país sub-desarrollado. La mayor parte de los egresados de universidades, privada o pública, están desempleados, u ocupando labores por debajo de sus calificaciones.

La misión de una universidad es investigar y en consecuencia tiene que estar al día en que sus egresados estén listos para entrar al saturado redondel del trabajo, que tengan salarios justos, y que no se vean metidos hasta el cuello en largas jornadas de labores que no les dejan tiempo ni para dormir bien,.

El sepulturero del buen profesional, de la capacitación continua, es el estrés producido por esas jornadas inacabables de ocupación, esos salarios deprimidos, esa falta de esperanza de que pueda ocupar un escalafón mejor en la empresa en que trabaja. Muchos se preocupan por la capacitación continua, pero no miran a ver los dolores diarios que pasa un profesional que no es de la élite social.

Como se le quita el título que consiguieron con esfuerzo, a miles de profesionales que tienen que buscar dos o tres trabajos para poder comer y llevar una vida apretada y lindando con la marginalidad. Lo que se debe es hacer un estudio para determinar las razones para que la mayor parte de los egresados de universidades se encuentren desempleados.

Si las universidades que tienen que ser foros de la cultura y de la sabiduría comienzan a transitar por la senda de la exclusión, acabamos de enterrar a este país. Antes de quitar el diploma a un profesional, tenemos que buscar la forma de capacitarlo. Es una empresa que debe ser conjunta de las universidades privadas, el Estado, la casa de altos estudios estatal y los gremios profesionales.

El primer estancamiento no es estrujar un título sin escalafón por 20 años, sino tratar de verificar que durante años trató de conseguir el primer empleo y finalmente meterse a taxista o mozo de turno en un hotel de turistas. Es bueno lanzar ideas en medio del te inglés de las cuatro de la tarde, al tiempo que se oculta la cara a los graves problemas sociales que tiene el país. Aquí se tiene que implementar la revolución de la educación, sin exclusiones y sin soberbias. Hay que rescatar a los profesionales dominicanos con medidas puntuales de orientación y asistencia. No vamos a retroceder en la cultura y el humanismo, encendiendo la tea para quemar los diplomas de los hijos de machepa. ¡Ay!, se me acabó la tinta