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Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

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Nos pasamos media biografía hostigándonos unos a otros y acosándonos mediante lenguajes hipócritas, rompiendo con nuestras tradiciones, haciendo barrida de todo, hasta de las raíces que nos sustentan, como seres vivos y pensantes. Tanto es así, que nuestra específica historia de cada día, también la amoldamos a nuestros intereses, y así ha surgido una nueva corriente impositiva de vivir el momento presente, aunque nadie respete a nadie. Hay una colonización cultural destructiva a más no poder. No tenemos que ir demasiado lejos para ver algunas muestras, de ese fomento ideológico, que nos deja sin palabras. Todo lo que no me agrada lo acorralo, lo dejo sin espacio, sin camino. No importa el número de perseguidos, lo que interesa es el disfrute egoísta del instante. Da igual que origine desequilibrios. Los poderosos nos han aleccionado hasta el extremo de dejarnos sin conciencia. Lo fundamental es la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. Vivimos anestesiados. Ayer las diferencias se consideraban. Hoy, con estas modernidades rígidas, todo se pone en entredicho, hasta la misma creación o el equivalente sentido natural de las cosas. Ojalá abramos los ojos antes de que sea demasiado tarde y pongamos más corazón que ideología en nuestro andar, más serenidad que terror en nuestro sentir, más vida que muerte en suma.

Estamos en la era en que todo se falsifica, en lugar de buscar la rectitud del cobijo y no del ataque permanente. A las realidades hay que conocerlas por su nombre. Y, en este sentido, los sembradores del terror son terroristas, y sus actos son injustificables independientemente de quién, cómo, dónde, cuándo y por qué se cometan. De ahí, que todos los Estados han de combatir esta lacra actual, ajustándose a las leyes internacionales humanitarias, de refugiados y de derechos humanos. Sea como fuere, hay que llevar ante la justicia a los perpetradores, organizadores y patrocinadores de estas vilezas, que nos revelan el salvajismo más cruel, donde todo se rige por la fuerza del poder. En efecto, la apuesta de una sociedad menos ideologizada, requiere de unos gobernantes dispuestos a escuchar sobre todo lo demás, y a mandar según la ecuánime razón. Ahora sabemos que Latinoamérica es la región más peligrosa del mundo para las mujeres. Por ello, en esta precisa coyuntura, también debemos preguntarnos sobre la causa que motiva que, tantas actitudes violentas, crezcan en nuestros corazones. Nada sucede porque sí. Todo es manipulable. Lo que requiere de nosotros, otras autenticidades, al menos para reconstruir esa piña en torno a una convivencia armónica que nos aglutine sin exclusiones.

En cualquier caso, ante estas modernidades irrespetuosas con algunas gentes, urge repensar en ese espíritu fraterno que todos requerimos, junto a una presentación responsable de una sociedad democrática, capaz de ofrecer posibilidades de proceder digno para todos sus moradores. Esta es la cuestión. Por lo tanto, uno debe preguntarse por esta atmósfera de ideólogos doctrinarios que todo lo dividen a su antojo, bloqueando cualquier senda de rescate. Lo importante, a mi juicio, es ser menos predicadores y más servidores unos de otros. Siempre es más valioso tener la incondicional estima por el ser humano, que su fascinación por lo que nos aporta a favor de nuestra economía. Sin duda, es evidente que tenemos que cambiar para no seguir haciéndonos daño a nosotros mismos, lo que nos exige reencontrarnos con la verdad, que es la que nos hará más bondadosos, mejores personas. Seguramente hemos de ir a contracorriente, pero al final del trayecto, despojados de estas nefastas ideologías que nos adormecen en la pasividad, colonizándonos en la permanente confusión, hallaremos otros caminos más de todos y de nadie, donde la belleza gobernará los espacios. Dicho lo cual, y a mi manera de ver, la más nefasta de todas las ideologías es la de género, destructora como nadie de la familia, puesto que desmantela ese mismo vínculo innato que nos une y complementa; no en vano, se presenta una sociedad vacía de fundamentos antropológicos, sin otro interés que el pecuniario.

En un mundo como el actual, tomado por las ideologías, o las frenamos puesto que todas ellas son excluyentes y rupturistas, o vamos al fin de la especie humana. Su abecedario es el discurso del odio y la venganza, y esto no puede durar por mucho tiempo, ya que nuestro signo de la interdependencia ha de convertirse en una entrega generosa, cada cual consigo mismo y los demás. No olvidemos, ni por un rato, que somos herederos de generaciones pasadas y de que tenemos el deber comunitario de crecer conjuntamente en humanidad más allá de nuestro impulso mezquino, privativo de este materialismo verdaderamente sofocante, que cada amanecer comercializa aún más si cabe con vidas humanas. Nos alegra, en consecuencia, que el Consejo de Seguridad de la ONU inste una vez más a los Estados a reforzar su compromiso político y a cumplir las obligaciones jurídicas de tipificar como delito la trata de personas, además de prevenirla y combatirla por otros medios. A propósito, el líder de Naciones Unidas acaba de reiterar el horror generalizado que causaron las recientes imágenes de migrantes africanos vendidos como mercancías en Libia, lo que podría constituir un crimen de guerra o de lesa humanidad. Desde luego, es nuestra responsabilidad colectiva detener estos ambientes ideológicos que nos mercantilizan, como agentes de compraventa. Esto conlleva, aparte de hacer justicia, a movernos solidariamente, auxiliándonos unos a otros, con vistas al cumplimiento de ese sueño respetuoso con toda existencia y que, además, nos ofrezca fortaleza para el pasaje.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

26 de noviembre de 2017.-