Por Manuel Hernández Villeta

Hay dos cosas que se han perdido en la sociedad dominicana del siglo 21: el respeto al prójimo y el principio de autoridad. Por diferentes razones nadie respeta el derecho ajeno, pero tampoco los encargados de imponer la autoridad hacen valer su rol correctivo.

Da en ocasiones el pálpito de que fracasó la nación, que la República naufraga en medio de aguas tormentosas. Las fuerzas morales parece que no están presentes en la sociedad que recién inicia este siglo de la cibernética.

Don Benito Juárez lo dijo en un mensaje universal que no tiene tiempo ni especio, sino que es eterno: El respeto al derecho ajeno es la paz. Cuando usted sobrepasa sus límites y agrede al otro, llama a la riposta violenta. La paz se termina cuando se le pone el pie al cuello a otro, violándole sus derechos.

Vivimos la ley del más fuerte, donde nadie respeta a nadie. Ni siquiera existe hoy en muchas personas el respeto propio. Dónde solo el más fuerte puede subsistir se rompe la convivencia pacífica, y llegan los resquemores. Estamos al borde del abismo, en el mismo filo de la navaja,

Se tiene que volver al principio del respeto a la autoridad. Para ser un aplicador de la ley no se tiene que tener cara fea, usar lentes oscuros y estar listo a romperle la cara a cualquiera. El principio de autoridad se debe ejercer con toda la cortesía posible. Solo en casos extremos se debe aplicar el puño de hierro.

La sociedad dominicana de hoy está carcomida. Está llenado de podredumbres. Hay que aplicar los correctivos a tiempo. Podría haber salvaciones individuales, pero en el colectivo, estamos con la arena movediza hasta el cuello.

Como vencer el remolino que nos ahoga si la autoridad es floja, si las instituciones tienen las rodillas dobladas, si la democracia es más nombre que acción, si la libertad la determinan los recursos económicos. Hay que rescatar a la juventud de los vicios, del raqueterismo, de ser agentes de una violencia insensata, y sobre todo, que comprenda que su papel como futuro líder de esta sociedad no puede transitar por la senda de las drogas, de la violencia, de la ausencia de estudios y el nulo deseo de trabajar.

Para enfrentar estos males y que renazca la esperanza se tiene que dar la unidad de esfuerzos entre los sectores público y privado. El empresario tiene que también ser un ente de decisión en esta sociedad. No puede ser únicamente el accionador de una caja fuerte, y el vendedor de mercancías o de servicios. Un capitalismo de rostro humano hace falta en el país.

Desde el sector oficial se tiene que comenzar a dejar a un lado la politiquería y el clientelismo. Hay que llevar a los cargos a los que tienen capacidad para desempeñarlo. A los que cobran y no trabajan, se les debe mandar en forma definitiva para sus casas. La hora es que nos quitemos de encima la pereza y comprendamos que nos estamos quedando atrás en este siglo 21 que debe ser de progreso y de avances tecnológicos, pero no el universo del enclaustramiento en el reino de la mediocridad y la podredumbre. Un salto adelante, para entrar en una nueva era. Caminamos o perecemos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.