Por Manuel Hernández Villeta

Los imperios se han desmoronado como castillos de hielo construido en una playa donde da el sol. El poderío de dictadores, zares, emperadores ha terminado pisoteado por la punta de la espada. El poder es efímero, llega, se desarrolla y pasa.

Tres grandes revoluciones cambiaron al mundo. Establecieron etapas de un antes y un después. Fueron esperanzas de redención, y algunas se cimentaron sobre montones de cadáveres. La lucha del hombre contra el hombre es la más devastadora y sangrienta de la naturaleza.

La gran segunda revolución fue la Francesa, que se llevó a golpe de guillotina a la rancia monarquía. Estableció la igualdad entre todos los ciudadanos. Sepulto a los privilegios y sentó las bases de la educación, de la propiedad colectiva y del sacrosanto derecho a la vida.

Pero su mensaje quedó a medias y se lo llevó el viento. Las resacas del tiempo dejo en el recuerdo a esa revolución de la igualdad y la fraternidad, para dar paso a un gendarme con deseos de conquista, que llevó a Francia a la muerte y a la conquista, para terminar envenenado en un exilio sin retorno.

Rusia era uno de los territorios menos desarrollados hace un siglo. Era difícil pensar que las teorías económicas sobre los cambios sociales y la distribución de las riquezas tendrían lugar en ese ignoto territorio. El campesino era un paria, no había suficiente producción industrial para solidificar a la clase obrera, y la mayoría de sus intelectuales vivían en el exilio.

Pero hace un siglo calo el pensamiento de la justa distribución de las riquezas, de la igualdad entre los hombres, de poner fin a la explotación vil, y de que las monarquías hereditarias tenían que ser desarraigadas de la faz del mundo.

La revolución soviética fue una realidad. Estableció el gobierno del proletario y del campesino, sus ideas se esparcieron por el mundo. Millones murieron tratando de convertir en realidad sus ideales. Esa poderosa revolución, que cambió al mundo del siglo 20, un día se desintegró sin dejar huellas. Hoy sus principios básicos pueden ser rescatados con nuevas caras.

Todas las grandes revoluciones cayeron por sus divisiones internas. El principal germen de desintegración fue la pugna intestina por el poder. La revolución francesa se desangró, con la lucha entre Robespierre y Danton. La soviética por esa pugna que comenzó con Stalin y Trosky, y luego se eternizo con otros hombres.

La francesa y la soviética dejaron su impronta y abrieron el camino para necesarias transformaciones. Adelantaron al mundo, establecieron mejoras, pero no pudieron erradicar los deseos de grandeza, el imperio económico foráneo, y a la generación que nació después del triunfo de los movimientos.

Uno de los grandes enemigos de las revoluciones es la segunda generación, los que nacieron en el proceso, que desean mayores conquistas que las que se le pueden aportar. Ellos fuerzan por lo que consideran mejorías, obviando como se vivía antes del triunfo revolucionario. Ya la historia tiene casos bien claros de hacia dónde van los hijos y los nietos de las revoluciones que nunca se sintonizan con la mística impregnada por los que se sacrificaron.

Y a pesar de todo, el mundo ha mantenido la idea de la concertación, de la paz, del entendimiento, de dar la mano al caído, aunque en su nombre se han hecho guerras sanguinarias, conquistas inhumanas, violaciones flagrantes a los derechos humanos, pero sobre esos falsos profetas se mantiene el principio de que debe darse la hermandad entre todos los seres humanos.

Sin usar la espada, sin tener legiones, usando solo su verbo y sus acciones, un hombre cambio el curso de la humanidad hace 21 siglos. Es la única revolución que sigue viva, la de la esperanza, la de la unidad, la del respeto, la de la solidaridad. Jesús cambio al mundo, pero esto tendrá que ser tema de otro artículo, porque hoy ¡Ay!, se me acabó la tinta.