EL TIRO RAPIDO

Con toda seguridad en los próximos días, el interés con que gran parte de la ciudadanía ha seguido los distintos capítulos que han ido sacando al descubierto la vastedad de la compleja trama que condujo a la desaparición de "Quirinito", será compartido por el que despierte el caso de La Soga, el ex teniente policial, desertor del cuerpo, a quien se le atribuyen unos treinta asesinatos, en labores de sicariato por encargo, tanto dentro como fuera de la institución. En este tenebroso prontuario de homicidios, se asegura que figuran también, como víctimas, agentes de la misma.

Desde que La Soga se esfumó y fue declarado prófugo hasta el momento de su inesperado apresamiento han trascurrido nada menos que seis años. Durante todo ese tiempo, su alegada fuga dio lugar a las más diversas especulaciones. Hay quienes apuntaban la posibilidad de que hubiera cruzado la frontera hacia Haití. Otros, a que La Soga hubiera buscado el refugio seguro de un lejano país donde los controles con los inmigrantes no resultasen muy estrictos. La solicitud de apresamiento internacional llegó a las oficinas de la INTERPOL. O, al menos, eso se informó, lo que dio más notoriedad al caso.

Pues bien. Resulta que La Soga no se había fugado atravesando nuestra vulnerable frontera con Haití. Tampoco había buscado refugio en un país distante. Ni con el rostro modificado por una plástica que lo hiciera difícil de reconocer, se había convertido en uno de los millones de seres humanos que habitan en super-pobladas capitales como Los Angeles, México o Tokio, donde sería un rostro más en la muchedumbre. Pero no, no había que ir a buscar tan lejos. El estaba aquí, viviendo en Santiago, a hora y media de la capital, sede de la Regional Norte de la Policía, llevando una existencia bucólica y quitada de bulla, disipando sus ratos de ocio y al parecer dedicado a su entretenimiento favorito: las peleas de gallos.

Hay quienes aseguran que altos oficiales conocían su paradero y le brindaban protección. Como no nos consta, no podemos asegurarlo pero si mostrar extrañeza porque con un cuerpo de investigadores tan eficientes como los que contamos, capaces de descubrir crímenes complejos en el espacio de unas horas, que nadie supiera que a La Soga no había que salir a buscarlo muy lejos, sino que estaba a un tiro de piedra y al alcance de la mano.

Cabe suponer, por consiguiente, que de algún nivel alto, dentro o fuera de la Policía, manara la orden de no tocar esa tecla, de hacerse los desentendidos, "los chivos locos" como se dice vulgarmente. Porque no es verdad que La Soga se mantuvo a salvo todo este tiempo con la simple complicidad de una patrulla comandada por un sargento, ni bajo la protección de un simple teniente, ni hasta de un capitán.

Al margen, pues, de que la Procuraduría ponga a trabajar en el expediente y la recolección de pruebas a uno o más de sus fiscales más competentes, dada la cantidad y gravedad de los crímenes que se le cargan en su cuenta y la resonancia pública de su caso, también se indague quien o quienes fueron sus protectores durante todo este tiempo, "caiga quien caiga" como se ha prometido en tantas ocasiones.

Porque si la desaparición de Quirinito ha puesto de relajo a la Administración de Justicia, el de supuesta fuga de La Soga no lcontribuye a dejar menos averiada su imagen.

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