Me cansa este mundo con su ración

de discordias permanentes en familia,

con sus luchas que todo lo disgregan,

hasta disociar el espíritu de las alianzas,

con sus batallas absurdas e inútiles,

en las que todos perdemos y nadie gana.

Me asusta este morir cada amanecer,

sin saber vivir, para poder penar en concordia.

Todo es lapidación a la ternura más tierna,

fruto del egoísmo que nos desborda,

que nos arrasa y arrastra a ser piedras,

en lugar de ser una fiesta en el camino.

Hay que volver a conjugar en verso

nuestras propias relaciones humanas,

para que, en armonía, podamos trascender

y encender el pulso de la inspiración.

Solo así, entre pausas y pensamientos,

se acrecienta el alma, emana la vida.

Nada es por sí mismo en nuestro diario

existencial, todo está motivado por el deseo.

Hacen falta impulsos que nos engrandezcan.

Que nadie lastime a nadie con la indiferencia,

pues somos hijos de un mismo aliento,

descendientes del oriundo libro de las palabras.

Ya está bien de letanías irracionales,

de divorcios entre economía y moral,

de separaciones entre vínculos interiores,

de rupturas interesadas socialmente,

de independencias que no son tales,

ya que todos necesitamos de todos para ser.

Conciliemos modos y reconciliemos actitudes.

Reconozcámonos parte unos de otros.

Ablandemos los corazones, que quien tiene

la voluntad de unir, es pasión por sí mismo.

Aplaquémonos de iras, que una vez serenos,

el AMOR volverá a redimirnos y a cautivarnos.

Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net

28 de octubre de 2017