Por Manuel Hernández Villeta

Veo un paso desacertado que los colegios cristianos, ahora los evangélicos, pasen a ser regidos por el sistema público de enseñanza. Este será un claro retroceso para la buena educación que se ofrece en los colegios cristianos.

Puede ser que la razón sea de puro corte económico, pero también irá abriendo brechas en la disciplina, la forma medalaganaria de trabajar y el caos y la anarquía que conlleva estar en el lado de las escuelas públicas.

La bien ganada reputación de los colegios cristianos nunca debió de ser puesta a prueba en las olas violentas del sistema público. Por el contrario, eran los maestros del gobierno los que tenían que buscar el ejemplo en los evangélicos.

Una resolución que puede traer tristeza a los padres y hasta la misma sociedad. La educación pública luce carcomida en la mediocridad, la ausencia de aplicación de buenas metodologías de trabajo y zarandeada por un sindicalismo que solo piensa en lo económico.

Una medida de integrar a los colegios privados religiosos al sector público debe dar dolor de cabeza. Si los ministros no han podido controlar a los centros bajo su responsabilidad, es imposible que pueda ofrecer mayor etapa de desarrollo a los cristianos.

Quieran o no, los evangélicos van a tener que tener posturas a mano en torno al aborto, las clases de orientación sexual y otros temas que tienen que ser tratados con rigor científico en el área de las aulas. Tienen que abrir sus puertas fuera del doctrinarismo, para pasar a una discusión sincera.

Si en algo deben recapitular los cristianos que tienen colegios en que las actividades del mundo está por doquier. Lo quieran o lo rechacen, los jóvenes van a tener que lidiar y convivir con los grandes flagelos del Oeste siglo 21.

La mayoría de los maestros que tercian en las escuelas públicas son unos cobra-cheques, por lo que hay poco terreno para enseñar y destacar cualidades que tienen marchitas.

Llegó la hora de una integración escolar, sin pruebas nacionales, los cristianos tienen que abrir sus puertas, pero al progreso. No pueden dar marcha atrás, porque se esfuman.

La educación de hoy, necesita a gente pesante, no a mercaderes de ocasión que solo piensan en un par de pesos en los bolsillo, y gana con saber a colocar las ficha en este juego por el futuro. No quedamos atrás y vamos a necesitar todo el esfuerzo de la hambreada casta social. ¡Ay! Se me acabo la tinta.