Por Manuel Hernández Villeta

Hay indolencia y falta de sensibilidad social entre médicos y maestros. Con su accionar, demuestran que nada les importa, salvo obtener mejores salarios y buenos horarios de trabajo. Se comienza a vivir en una sociedad sin futuro cuando un profesional pierde el sendero del deber, la responsabilidad y la solidaridad con los desamparados.

El médico tiene en sus manos el sacrosanto ejercicio de preservar vidas. Con su diagnóstico es posible salvar a un paciente, pero también con su dejadez y falta de dedicación le puede ocasionar la muerte. Cuando el médico es un profesional que únicamente le interesa el pago de la consulta, pierde la coraza de la sensibilidad humana.

Cuando se hace un paro en un hospital público se peca de ser un verdugo de la guillotina. Se le resta la posibilidad de que puedan vivir a millones de dominicanos que no tienen recursos económicos, y que para tratar de atender su salud solo tienen la opción del hospital público.

En una clínica no le atienden si no hace un depósito que en un centro de barrio puede llegar a los 50 mil pesos. Ningún médico, que peca de anarquista en los hospitales, ha realizado nunca un paro en una clínica privada. En esos establecimientos se ganan salarios deprimidos, muy por debajo del que se logra en los centros del Estado.

En cuanto al maestro ya perdió su dignidad profesional. Es un burócrata que está en espera de que se le mejore el salario y que la cooperativa le facilite un préstamo. Recuerdo en mi época de estudiante de primaria que los maestros eran un segundo padre, y el mejor orientador que podía conseguir un adolescente.

La anarquía de los estudiantes en las