COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO

LA MÍSTICA DE LA CONSOLACIÓN

Hoy he visto en la mañana los ojos azules

de la vida, desde esta tierra de visión negra,

y de pronto me sentí consolado de ese don,

el de poder nacer nuevamente en mí mismo,

y el de morir que empieza pues por vivir.

Me sentí tan bien, que me puse en camino,

a soñar con la poesía que me resucita,

y a vivir despojado de toda apariencia,

que uno ha de ser para sí y para todos,

el aliento del primer paso hacia la sonrisa.

Reconozco que nadie puede consolarse

a si mismo, requiere de nuevos tonos y timbres,

al menos para darse aire y para sentirse viento,

que todo lo azota, pero también lo revive

y purifica, pues al fin del barro florecemos.

Miremos al Crucificado, veámonos en Él,

notémonos y ensanchemos los brazos por doquier,

empequeñezcámonos, pues nada somos,

sin su consuelo, que es lo que nos da fuerza,

con su antorcha de verbos y germen de versos.

Tras la fortaleza de un corazón abierto,

siempre está Dios que nos seca las lágrimas,

y nos humedece el espíritu de ternura,

pues amando mucho, es como se aprende

a perdonarse, cada cual consigo y los ajenos.

Y una vez donado a los demás, uno posee

el consuelo de dar sentido a su existencia,

de que nada es demasiado transcendente,

salvo los abrazos de un ser entregado al otro,

que quién se entrega sabe lo que es sufrir.

Pero siempre se reanima y jamás se ahorca.

Busca y rebusca un escape en la amalgama

de su llanto, con el llanto de su análogo,

y el dolor del que espera, el abrazo de un ser,

o el tedio del que se desespera, porque no halla.

Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net

2 de septiembre de 2017.-