Por Manuel Hernández Villeta

Cuando un nuevo Director General toma las riendas de la Policía Nacional se inicia una nueva etapa de mando. En el fondo se da continuidad a un trabajo programático, una forma de ver la lucha contra el delito, en una acción de mover hombres que están para mantener el orden público.

En mi largo ejercicio periodístico acostumbro dar algunas sugerencias a los jefes de la Policía y ahora quiero conversar con el nuevo director general. No busco que tome en cuenta estas ideas, pero sé que si las implementa tendrá una gestión más exitosa y garantizará el orden público.

Lo primero es que el nuevo Director General de la Policía debe comprender que ese organismo es ante todo y sobre todo un auxiliar de la justica. Su misión es investigar, detener y someter a la justicia. Inclusive un expediente preparado por la policía sirve para facilitar el trabajo de los fiscales, pero no es determinante.

El fiscal es el juez de la querella. La puede subestimar, o le puede dar curso. Todavía el expediente tiene que pasar al juez de la medida de coerción, antes de que a una persona se le dicte encarcelamiento o se le ponga en libertad.

El nuevo Director General es un oficial que proviene del corazón de la Policía. Ha trabajado en los más importantes departamentos de investigación y sabe que en muchas ocasiones seguir las pesquisas, unir la pistas da mejores resultados que la utilización del palo o el tiro en las rodillas.

El Director General debe mantener la línea de investigación de sus agentes. Si no se le da seguimiento al crimen desde su nacimiento, el responsable de violar la ley se escapará. Debe ser una verdad de a puño la máxima jurídica de que todo hombre es inocente, hasta que se le demuestre su culpabilidad en juicio oral, público y contradictorio.

La recomendación más importante al nuevo Jefe, es que se dé un baño de pueblo. Salga de su despacho y tómese un café en un barrio popular de Santo Domingo. Lo puede hacer una vez al mes. Verá el corazón, las entrañas, de dónde salen los soldados de las pandillas. Verá el problema social y de exclusión que lleva a muchos jóvenes a torcer su camino y caer en brazos del crimen organizado.

Vaya en camisa de policía, sin saco y sin corbata, y siéntese en una silla de guano. Logrará que la parte sana de los barrios populares, que es la mayoría, tenga confianza en los uniformados.

Si usted va al barrio a conversar con los que trabajan de sol a sol, los que estudian en medio de precariedades, los que tienen esperanzas en el futuro a pesar de vivir en un presente negro, integrará a la Policía a la comunidad, y eso es vital para vencer al crimen.

El criminal se derrota con el plomo y la cárcel, pero también se le acorrala cuando a la parte buena de la comunidad se le da un abrazo, se le enseña que la mano es para saludar y apoyar y no necesariamente para dar un bofetón. Usted lo puede hacer, vaya a los barrios populares, dele un abrazo al ama de casa, al estudiante, al chiripero, al joven que puede caer en el delito, a la chica que puede ir a la prostitución. La solidaridad, el apoyo y la protección tienen más fuerza que el látigo. Haga la prueba y dará un salto adelante. ¡Ay!, se me acabó la tinta.