Por Manuel Hernández Villeta

Solo la desesperación política puede llevar a algunos sectores a plantear que se rompa el orden institucional. La interrupción del período presidencial de Danilo Medina sería un Golpe de Estado con falsos tintes de legalidad. Experimentos similares en América Latina han creado el caos.

Representantes de la sociedad civil quieren jugar al gato y al ratón. Amagan y no dan. Lanzan la propuesta y luego la rechazan. Es inaceptable que se plantee la destitución o el obligar a renunciar a Danilo.

La Constitución determina que un gobierno debe durar cuatro años, y que corresponde al ciudadano en las elecciones generales quitarlo. Violentar esa norma constitucional sería caer en el vacío.

Cuidado con esos intelectuales que siempre se meten a activistas partidistas, sin tener metas claras, buscando notoriedad inmediata ejecutando planes que lucen descabellados, pero que son peligrosos. Lanzar una idea - decía un gran pensador oriental- es como depositar grama seca en el fuego. Puede arder o puede quedarse sin avivar el fuego. Es cuestión de la suerte y las desventuras.

Estos intelectuales, unos añejos y otros de nuevo cuño, deben estudiar la historia dominicano, para que no pierdan mucho tiempo, los remito a un repaso del siglo 20 hasta nuestros días. El rompimiento institucional fue la chispa que incubó dictaduras, guerras civiles y luchas montoneras.

Hay mensajes tímidos de que plantear el acortamiento del período constitucional gubernamental sería extemporáneo o fuera del contexto actual. No, sería un Golpe de Estado, no importa si aparecieren panegiristas que le dieran curso legal.

Cuando se jugó al rompimiento institucional en el 1930, surgió Rafael L. Trujiillo. No un ser de la nada, no un hombre de otro planeta, sino una respuesta a la inestabilidad social que primero produjo una intervención militar norteamericana y luego dio paso a una dictadura de 31 años.

La generación adulta recuerda que el Golpe de Estado al Profesor Juan Bosch terminó con la revolución de abril de 1965, la segunda intervención militar norteamericana y el gobierno de los doce años del doctor Joaquín Balaguer. Jugar a Mefistófeles nos achicharró en el infierno.

El fuego es bueno y es malo. Permite con su energía impulsar la industria, pero su desenfrenó provoca incendios pavorosos. Las llamas siempre dan calor y también convierten lo material en cenizas, por eso es aconsejable no jugar con fuego, porque es peligroso y provoca graves laceraciones. ¡Ay!, se me acabo la tinta.