Por Manuel Hernández Villeta

El tomar banderías políticas, económicas y sociales, dispersó a los mediadores de la vida dominicana. Hoy nadie tiene la entereza de ejercer el rol de mediar en conflictos. Todos son integrantes o simpatizantes de las partes envueltas. Es peligroso para una sociedad quedarse sin mediadores cuando puede haber crisis.

El papel de mediador lo ejerció por muchos años monseñor Agripino Núñez Collado. Tuvo sus alzas y sus bajas. Difícil poder estar en medio cuando se simpatiza con un sector. Cometió el error de querer institucionalizar el proceso creando nuevas cortes, y esa selección lo jubiló.

Las cortes no son mediadoras. Están para aplicar sentencia. Tenemos el Tribunal Superior Electoral y el Tribunal Constitucional. Allí van los problemas políticos y sociales que no tienen conciliación. Hasta ahora el papel de estas cortes ha sido insatisfactorio.

Además, la escogencia de los jueces de esos tribunales está enmarcada dentro de la cuota de los partidos políticos y de los empresarios. Hay que satisfacer las demandas de grupos mediáticos que desean tener a su juez preferido, para los fines que consideren de rigor.

Creo que hace un daño terrible a la democracia y a un frágil proceso de institucionalización, que se escoja a jueces por cuotas correspondientes a los partidos políticos. Le da un manto de parcialidad, de que podría facilitar protección al amigo, y hundir al contrario.

Hay magistrados muy serios en las cortes superiores, por lo que se tiene confianza en ellos. Pero esto no hace que se borre que son producto de las cuotas manipuladas por los partidos políticos. Decir lo contrario es querer burlarse del pueblo.

Si entramos en una crisis social, antes de llegar a las cortes se debería pasar por el escritorio del mediador. El mundo vive hoy de la negociación, del diálogo, del entendimiento, ir a las cortes es casar el pleito. Para las venideras elecciones esas cortes van a tener mucho trabajo y se requiere desde hoy su imparcialidad.

El principal deber de un juez tiene que ser con su pueblo y luego su conciencia. Hay que pensar en el bien colectivo, antes que en la conciencia individual. Los problemas de una sociedad sub-desarrollada que busca dar un salto adelante nos acorralan y nos lleva a crisis que ahora mismo se pueden solucionar con una llamada telefónica.

Pero estamos en un modelo social caduco, que terminó su fase útil y únicamente está dando traspiés para seguir manteniendo vigencia. La crisis es social, política y económica. Se va madurando lentamente, pero tiene sus repercusiones, y para cuando llegue la hora de los mea-culpa el mediador no comprometido hará falta. Ahora mismo no lo tenemos. Empuñemos la linterna de Diógenes; se busca un hombre honesto para esa investidura. ¡Ay!, se me acabó la tinta.