Mi fiel lector, César de Jesús Canela, me escribe por email sobre un tema que, aunque alejado de la política, no deja de ser de mucha actualidad. Lean ahí: "Quizás, y sin quizás, probablemente en nuestro país es el único punto del globo donde un consumidor se ve compelido a dar tantas propinas cuando acude a un restaurant. El 10 por ciento de ley que va incluido en la factura, la gratificación ?casi del mismo orden porcentual- que los comensales acostumbran ofrecer en efectivo o agregando a la tarjeta de crédito, lo que se da al valet parking o al parqueador improvisado, o al guachimán, que argumenta que "le he estado echando el ojo a su vehículo" casi siempre acompañado de la palabra "jefe", y de añadidura, al llegar al primer semáforo surge como de la nada un manganzón dizque a limpiarte los cristales de tu automóvil aunque más que limpiarlo lo ensucien, y si te niega, aunque sea con amabilidad, fácil que te suelta una letanía de groserías y obscenidades. Todo esto atribula a cualquiera. Es la verdad. Pero cuando se pide vía telefónica que le lleven a su casa u oficina un pedido de almuerzo, picadera o pizza, y lo que llaman un delivery se desplaza hasta usted, la propina incluida en la factura es casi un ejercicio de justicia. Generalmente, esos empleados devengan salarios muy bajos, los incentivan con unb completivo por el uso de los vehículos en que se desplazan (usualmente motocicletas y de su propiedad) y su paga va muy condicionada al número de entregas que realizan, completado con los montos de esas gratificaciones. Es cierto que Proconsumidor está para defender a los consumidores, pero estos trabajadores también son consumidores y es de justicia -repito- que reciban esas propinas. No es que quiera justificar el manoseado argumento del padrefamilismo. Nooo. Es que hay que ponerse en lugar de esos infelices que apenas sobreviven pero trabajan de esa forma para no delinquir. Todo cuanto te he planteado es la pura verdad, sin maquillaje de ningún tipo." Sin comentarios...

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