Por Manuel Hernández Villeta

La revolución devora a sus hijos, quizás es el signo más sombrío que pende sobre los procesos revolucionarios. Corre la sangre, se pierden vidas, en busca de la redención y la libertad, y cuando se llega a metas coyunturales viene la terrible lucha interna.

Parece un signo macabro de todos los tiempos que luego de un triunfo revolucionario, viene la lucha sin cuartel para encabezar el movimiento, y ser el ejecutante central de los cambios que se van a implementar. Toda obra hecha por el hombre es imperfecta y lleva en su seno la ira, la discordia, el odio, la esperanza y la buena fe.

Pero las revoluciones, con su carga de sangre, muerte, heroísmo, cobardías y traiciones, han hecho dar saltos adelante a la humanidad, y en horas han desplomado a sistema opresores.

La revolución francesa cambió su mundo coyuntural. En la pica de las bayonetas demostró que toda sangre es roja, y que no hay diferencias entre los seres humanos. Todos nacimos para tener oportunidad de vivir felices, de ser libres, de llegar hasta donde no los permita nuestra capacidad o fuerza muscular.

La sociedad de castas y de exclusiones es producto de los hombres. El poder no se puede heredar, porque no es la propiedad de un hombre o de una familia. El pueblo es el dueño de su gobierno, y pone a dirigirlo a quien considere en un momento el más indicado para realizar esta labor.

La revolución francesa se origina por la exclusión a que sometía la monarquía al pueblo, por el hambre y la miseria que pasaban los ciudadanos de segunda. Esa revolución valió la pena, aunque quedó inconclusa.

Hoy miles de mujeres y hombres subsisten sin libertad, sin alimentación, sin salud, sin derecho a la vida. Los residentes en países pobres de todos los continentes conocen la discriminación racial, social y profesional.

La revolución devora a sus hijos. La terrible pugna interna dentro de la revolución francesa, terminó con sus principales dirigentes, Robespierre y Danton, en la guillotina, y la llegada de un nuevo imperio, bajo la espada y la sed de conquista de Napoleón Bonaparte.

Toda obra hecha por hombres, es imperfecta. Las pasiones, los excesos de poder, la búsqueda de lo absoluto, todo conspira y obnubila para la solución permanente. Hoy los principios que surgieron con la revolución francesa son básicos para normar la vida en civilización y democracia.

Sin embargo, pese a su costo en vidas y rompimiento histórico, siguen todavía presentes y sin solución los puntos básicos de esa declaración universal de los derechos del ciudadano, que a pesar del heroísmo y los sacrificios, no ha pasado de ser un simple pedazo de papel. ¡Ay!, se me acabó la tinta.