EL TIRO RAPIDO

UN CRIMEN HORRENDO

Quitarle la vida a un ser humano con fines de robarle es un crimen que merece el más fuerte castigo. Pero hacerlo con saña, le convierte en un hecho en extremo vil. Tal como el que privó de la existencia a los esposos Carlos Carrera y María del Carmen Revaldería, brutalmente ultimados a puñaladas en el interior de su hogar, en el Residencial El Escorial V, en Gascue. El motivo aparente: robarle el vehículo de su propiedad que luego apareció abandonado en Los Alcarrizos.

Emocionalmente el hecho criminal que nos toca muy de cerca.

Con la familia Revaldería nos unen lazos de amistad desde Cuba, donde su padre, ya fallecido, poseía un negocio de expendio de carnes. Eran gente muy unida, emprendedora, forjada en el trabajo, dotada de los más elevados principios morales y niveles de decencia, amistosa y solidaria.

Con la estatización de todos los negocios decretada por el gobierno, los Revaldería emigraron a España, donde se hallaban sus raíces originarias. Después, a comienzos de la década de los setenta se trasladaron a la República Dominicana, donde encontrándome yo en camino de asentarme en el país, me correspondió gestionar y lograr les extendieran visas de entrada que les permitieron ingresar en el territorio nacional, y que más tarde convirtieron en permisos de residencia permanente ya con propósitos de echar raíces aquí, donde reanudamos y estrechamos los lazos casi familiares más que de amistad que unen desde hace casi seis décadas.

Carmencita, quien disponía de una buena preparación académica, comenzó a trabajar en "Los Muchachos", donde se mantuvo todos estos años hasta su retiro. En el camino conoció a Carlos, con quien contrajo matrimonio. Pequeño comerciante de muchas horas de labor tras el mostrador, forjado el también en la dura disciplina del trabajo, formaron un matrimonio sólido y ejemplar por muchos años. Padres de una bella niña, a la que dieron excelente educación, creció convertida en una hermosa mujer y bien calificada y meritoria profesional, trabajando en el extranjero para una reconocida empresa multinacional, hoy de regreso al país, impactada y estremecida de dolor, para asistir a los funerales de sus progenitores. Tres hijos del anterior matrimonio de Carlos, también emocionalmente destrozados.

Día a día, por razón de mi profesión, vivo muy al tanto del auge de la cada vez más agresiva delincuencia en el país Son tantas las muertes trágicas aquí y también en el resto del mundo por los más diversos motivos, que uno llega a asimilarlos como algo normal, eventos propios de la vida cotidiana. Pero este nos golpea tan de cerca que no podemos sustraernos al dolor de la pérdida, al asombro de lo inesperado, a la indignación por la forma especialmente brutal en que fueron asesinados.

Hace muchos años, con motivo de la invasión japonesa a China, los desmanes cometidos por la soldadesca se vieron reflejados en una obra estremecedora que llevaba como título "Bestias que fueron hombres".

También fueron bestias, quizás alguna vez humanos, los asesinos Carlos y Carmita.

Para ambos, protagonistas de una vida ejemplar, a quienes el destino, tantas veces inexplicable, reservó un final tan injusto, eterno reposo.

Para quienes dejan atrás, familiares y amigos, sumidos en el pesar de su inesperada y trágica partida, unidos solidariamente en el duelo, cristiano alivio en el eterno discurrir del tiempo donde la pena seguirá cediendo espacio a nuevas penas, pero no el recuerdo perenne de quienes en vida les dieron y recibieron su afecto.

Y para quienes cometieron el hecho, que sea Dios en su infinita misericordia, quien les otorgue perdón.

A mí, todavía bajo el horror de esta tragedia, me cuesta trabajo.

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