Por Manuel Hernández Villeta

Ya no hay que perder más tiempo. La frontera tiene que ser blindada. Es la única forma de evitar la penetración masiva de haitianos hacia la República Dominicana. No podemos seguir soportando una invasión que nos está ahogando, sin que nadie la enfrente.

No solo es destinar mayores efectivos militares para vigilar la frontera, sino también mejorar las condiciones en que viven los dominicanos en esa zona limítrofe. Los campesinos nacionales subsisten en condiciones degradantes para el ser humano, en bohíos sin agua potable y sin electricidad, desempleados, con hospitales sin medicinas y escuelas sin mucho nivel.

Para fortalecer la línea fronteriza hay que llevar educación, asistencia médica, comida, trabajo y los destacamentos militares. Sino perderemos esta batalla, y por consiguiente se doblegará la Patria.

Ya está ocurriendo lo que muchos temían. La cultura haitiana y su religiosidad nos acorralan. En esa franja fronteriza del lado dominicano es normal escuchar merengues cantados en su jerga, emisoras con programas dirigidos especialmente a los haitianos e iglesias que ofrecen los cultos en creole.

La brujería campea en gran parte del país llevada por los haitianos, y dominicanos sin esperanzas se dejan seducir pensando que con un brebaje van a cambiar su suerte. Los haitianos cuando llegan al país tienen ocupación segura. Los espera la industria de la construcción, la agro-industria y si han cursado estudios, las zonas turísticas.

Cada día aumenta el número de parturientas haitianas en las maternidades dominicanas, y lo que tienen que aclarar las autoridades es si a esos recién nacidos se les declara como nacionales. Una invasión pacífica que ya nos ahoga y desespera.

Hay también que regular la actividad comercial entre Haití y la República Dominicana. Es un gran comercio informal, donde solo los mercaderes involucrados obtienen beneficios. La claridad y la cantidad de los productos que se venden a Haití tienen que ser controladas.

La mayor parte de los artículos comestibles y de higiene que se expenden en Puerto Príncipe y las principales ciudades haitianas son elaborados en República Dominicana. Haití es uno de los principales adquirientes de productos nacionales. Ese tipo de relación hay que incentivarla y controlarla.

Tienen que darse buenas relaciones, de respeto recíproco, entre Haití y la República Dominicana, con una frontera clara, con reglas de juego y programas de control migratorio. Pero estemos claros, la suerte y el futuro de Haití no puede recaer sobre los hombros de los dominicanos. ¡Ay!, se acabó la tinta.