Por Manuel Hernández Villeta

Un puñado de individuos se olvida de que el derecho a la libre expresión del pensamiento y de actuar de acuerdo a la conciencia de cada ciudadano, se ha establecido en la República Dominicana en base a sacrificios, a muertes y a caudalosos ríos de sangre. Nadie nos ha regalado la libertad, ni nadie tiene el derecho a jugar con ella.

Cuando en un país se cometen hechos aislados contra la libertad y el derecho a la libre expresión de un ciudadano, hay que cortarlos de tajo, para luego no tener que llorar. En varias ocasiones hemos escrito qué en la República Dominicana hay libertades dentro del sistema de la democracia representativa, pero si hay nubes con lloviznas que quieren poner en peligro la paz ciudadana, es hora de hacer revisiones.

Cuando un hecho aislado de violación al derecho existencial de un ciudadano queda sin sanción, se da pie a la oración fúnebre de que mañana vendrán por mí. La indiferencia ante un caso de atropello, es afilar cuchillo para la garganta. Tergiversar los hechos o restarle importancia, es muy peligroso. ¿Qué me importa a mí?, no soy cura, no soy maestro, no soy pelegrino, no soy político, no soy oficialista, no soy verde, ¿Qué mé importa a mi?. Mañana podrían estar tocando mi puerta.

Las autoridades tienen que tener un trato humano con el desconocido de la multitud. Puño de hierro con el que se compruebe ha cometido un delito, pero la suavidad de un algodón o una tela de seda para el ciudadano. Hay muchas autoridades que se le debe recordar que su misión es proteger al pueblo, no golpear a ciudadanos indefensos. Todo hombre es inocente hasta que se le encuentre culpable en juico oral, público y contradictorio. No hay tribunal en las calles, o en la cola de una motocicleta.

En varias ocasiones lo he escrito. Los hombres de uniforme tienen que ir al pueblo con cara de buenos amigos. Le hemos pedido al jefe o director de la Policía que visite los barrios y se tome un café con las familias decentes y trabajadoras que viven allí. Que demuestre a los jóvenes que estudian y trabajan que tienen el respaldo de las autoridades para seguir adelante.

Si el color del uniforme infunde miedo, no se está trabajando para garantizar el orden público. El ciudadano nunca deberá sentir pavor del que está obligado a protegerlo. Si eso pasa, hay una distorsión de lo que es un compromiso para preservar vidas.

La libertad y el respeto a los derechos humanos no son simples frases. Allí se sustenta la única posibilidad que tiene un país de vivir dentro del marco de la sociedad civilizada. Los hombres pasan y se esfuman, son como pavesas llevadas por el viento, pero los principios y las ideas siempre quedan. Cuando no se le echa agua y abono al árbol de la paz, surge la noche negra de la barbarie. A esas cavernas históricas nunca podremos reingresar, porque salir del infierno en la tierra nos costó la sangre y la vida de lo mejor de nuestros ciudadanos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.