Por Manuel Hernández Villeta

No hay ahora mismo en la República Dominicana una fuerza política o social con capacidad de lanzar las masas a las calles. Tampoco se cuenta con el liderazgo sólido que a través de la radio o la televisión le pida a la gente que se manifieste a son de protesta en las vías públicas.

Una cosa son simples actos de protesta con un puñado de personas, que pedir a las grandes masas nacionales que tomen las calles y busquen reivindicaciones sociales. Ninguno de los partidos que hablan de la toma de las calles tiene fuerza popular suficiente para convertir sus deseos en realidad.

La calle es peligrosa. Es un caballo sin domar que cuando se le deja a su libertad toma el camino de las coyunturas y no el que originalmente se deseaba. José Francisco Peña Gómez pidió a las masas que se lanzaran a las calles el 24 de abril del 1965 para respaldar a militares constitucionalistas que buscaban el retorno a la constitucionalidad sin elecciones.

Los militares querían dar un contra-golpe, sacar por vía de fuerzas al gobierno del triunvirato de dos y reponer el gobierno Constitucional de Juan Bosch. Cuando fue cercado el núcleo de los militares que luego serían constitucionalistas, su única salvación era el apoyo del pueblo. Todo terminó en una revolución armada, una guerra civil, la intervención militar de los Estados Unidos, y los doce años del gobierno del doctor Joaquín Balaguer.

Es una utopía pensar que la simple lucha contra la corrupción puede llevar al pueblo a tirarse a las calles. Lo primero sería definir el objetivo y lo que se persigue. Las calles siempre tienen el tufillo de lucha por el poder y acción más que de simples reivindicaciones, de una clara señal de rompimiento institucional.

Las etapas máximas de una lucha política están cimentadas en la huelga general y el pueblo en las calles. Para hacer el llamado se necesita un líder, y aquí no lo hay en estos momentos. Desde luego, las coyunturas sociales se rompen de una hora para otra y cuando menos se espera mil años se convierten en un día. El hombre es él y sus coyunturas, o como diría un humanista, él y sus circunstancias.

Para que el pueblo se lance a las calles se necesita una motivación más contundente que la lucha contra la corrupción. Lo primero es que su columna vertebral sea un frente de masas, y los posibles convocantes no pasan de ser rémoras de los procesos políticos. Pueden salir de manera individual a las calles a tomar el sol, e ir a las discusiones de las tertulias de café de las plazas comerciales, pero son pigmeos que carecen de estatura para crear revueltas socio-políticas en el país. ¡Ay!, se me acabó la tinta.