Manuel Hernández Villeta

La verdad es la primera víctima de todo conflicto humano. En la guerra de las ideologías, la verdad perdió su virginidad y nadie sabe dónde terminó su trajinar. Hay un concepto vergonzoso de que se dice mi verdad, o sea, que cada persona tiene un lado de la verdad.

Los grandes conflictos humanos devienen de ocultar la verdad. Los choques entre los hombres son impulsados en lo fundamental por crisis económica. Unos que tienen y otros que los quieren despojar de lo que les pertenece.

En las guerras, la primera víctima es la verdad. Ni siquiera el juez, que se supone limpio de culpas y que sólo observa y actúa por las pruebas, tiene la verdad en sus manos. Las pasiones humanas lo pueden hacer más severo, o en caso contrario, ablandarle el corazón.

Con un levantamiento falso de la verdad se dio la persecución religiosa que permitió que cientos de miles de personas fueran a la hoguera, o que se les asesinara en forma vil. Aún hoy la Iglesia Católica duda de dar a conocer toda la verdad sobre esos hechos tan terribles de la humanidad.

La verdad siempre está a mano, lo que pasa es que tratamos de maquillarla u ocultarla. Detrás de una buena investigación, la verdad resurge, pero en muchas ocasiones los responsables no la dan a conocer plenamente.

Ni siquiera el tiempo dice la verdad. Hay historiadores que cambian hechos, motivaciones y juegan con el pasado para hacer más tortuoso el presente y mal dibujar el futuro. El único camino que le queda a la humanidad es seguir luchando para que florezca la verdad.

Pero no será un hecho mágico. Antes hay que acabar con las grandes desigualdades, los atropellos, los abusos de poder, el sometimiento de seres humanos a la esclavitud real o virtual, por un puñado que atesora las riquezas.

Solo hay una verdad. En su fuero interno, en sus análisis de medio-noche, el hombre o la mujer sabe que mintió y que está utilizando la fuerza de su poder para ocultar los hechos. La ambición puede más que la justicia. El momento necesita un respiro de la barbarie.

Hoy solo resta la esperanza de seguir luchando por un mundo mejor, donde se ponga fin a toda clase de atropellos y violaciones a la dignidad humana. Los procesos sociales caminan irremediablemente, no pueden ser detenidos, si hay libre albedrío se deslizan por la paz, la concordia y la felicidad, pero cuando se obstaculizan corren ríos de sangre y los cambios se imponen sobre el dolor y el llanto. ¡Ay!, se me acabó la tinta.