EL TIRO RAPIDO...

Por nueva vez el Departamento de Estado de los Estados Unidos, donde por lo visto no contamos con amigos, arremete contra nuestro país con el manido tema del supuesto discrimen que estarían sufriendo los haitianos que residen diseminados por toda la geografía nacional, desde la frontera hasta Punta Cana.

El informe que semeja una copia al papel carbón del que dan a conocer cada año, sigue propalando la falsa versión de que son víctimas de persecuciones masivas, casi similares a las que sufrieron los judíos durante la época nefasta del régimen hitlerista en Alemania y los países de Europa que cayeron bajo su yugo.

Es un evidente contraste con la realidad de los cientos de miles que con permiso legal conviven entre nosotros, desarrollando su existencia y sus labores a plena luz del día y a la vista de todos en la agricultura, la construcción, el turismo, el comercio callejero y hasta ejerciendo la mendicidad sin más inconveniencias que las que puedan sufrir los propios dominicanos.

Excepción lógica y obligada la de los que han penetrado y se mantienen en el país en forma ilegal, contra los cuales es de todo punto legítimo aplicar las normas de deportación, que son de uso general incluyendo en los propios Estados Unidos.

El tema racial es una tecla que los Estados Unidos no debieran tocar, cuando allá subsiste yacente un amplio sentimiento contra los afronorteamericanos, que encuentra su máxima expresión en el Ku-Klun-Klan y que, con frecuencia, brota a la superficie en incidentes que hacen que esa comunidad se rebele en forma masiva y con frecuencia muestre su irritación apelando a la violencia.

Los dominicanos somos un pueblo indio, blanco, negro y mulato sin que nos avergoncemos por ello ni practiquemos la discriminación, más allá de algún que otro rezago de añejo arraigo cultural que en el peor de los casos no pasa de un simple comentario entre dientes. Los matrimonio inter-raciales están a la orden del día, sin que a nadie le llame la atención ni le quite el sueño, menos aún que se convierta en piedra de escándalo.

Tampoco debieran tocar la tecla de las deportaciones, que aquí se cuentan por cientos y en ocasiones llegan a unos cuantos miles, en tanto allá, en el gobierno del primer presidente de piel oscura que eligieron, Barak Obama, fueron deportados 3 millones 500 mil extranjeros indocumentados. Y ahora mismo, su sucesor, Donald Trump, reitera su propósito de construir un muro en la frontera con México y anuncia medidas severas de persecución y expulsión de unos 11 millones de ilegales que se calcula viven en su territorio.

Distinto por el contrario, ha sido el proceder del gobierno dominicano, al promover y poner en vigencia la ley de Regularización y Naturalización que ha posibilitado que alrededor de 275 mil extranjeros indocumentados, en abrumadora mayoría haitianos, puedan legalizar su estancia en el país y comenzar a disfrutar de los derechos laborales y servicios sociales que les garantiza el ordenamiento jurídico.

La diferencia entre nuestro proceder y el de ellos es obvia. Y quizás, por consiguiente, debiéramos ser nosotros en realidad quienes rindiéramos el informe de su proceder en este campo y no al revés como ha venido ocurriendo.

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