Dr. Bienvenido Segura

La voz estridente, aguda y nasal sobresalió por encima del sonido que provocaron las armas de guerra al ser rastrilladas a plena luz del día en aquel lugar repleto de gente.

El contingente irrumpió en el traspatio del recinto apuntando a la cabeza de su objetivo, mientras despavoridos los concurrentes buscaban donde guarecerse de la lluvia que estaba a punto de caerles encima.

"Voy a matar a Antonio" se escuchó decir al hombre que blandía en su mano derecha la 45 plateada, cuya respiración agitada y ruidosa se confundía con el rugido del viento y el negro sudor que se desprendía de su cabeza hasta descender por las sienes llenas de arrugas y malsanos instintos.

El sol se exhibía intenso y la tarde apenas iniciaba. El hombre de voz estridente y abdomen prominente ya sabía de su estrepitosa caída desde la mitad del día, pero no lo quería creer.

En ese instante se escuchó el canto de los fusiles y los chalecos de los recién llegados crujían al compás del repetido parpadeo de sus ojos. La decisión estaba tomada. Había que provocar incidentes violentos que dieran al traste con el proceso. La sangre debía correr. Alguien tenía que caer.

Horas antes, a mitad de mañana y con pistolas en manos, algunos habían amenazado a un modesto hombre del pueblo. La línea era asustar, intimidar, amedrentar y si era necesario acribillar.

" Entonces tú me quieres matar?" le pregunto con voz enérgica y firme el buen hombre mientras miraba fijamente sus ojos. El valor brotó de su lengua y se expandió por todo el territorio con un eco que no termina. Esa pregunta bastó para que la actitud violenta del agitado contendor y su contingente armado decreciera.

Poco después ellos se marcharon tristes y cabizbajos dejando tras de sí el mal sabor de una pretensión que la gente no quiere ni asimila, porque el que no siembra no cosecha.

Es difícil volver después de tantos años tratando de encontrar lo que se perdió con la distancia y el tiempo. Los caminos se borraron, las casitas fueron transformadas, los amores se olvidaron, los amigos ya no existen y de la familia quedan pocos.

El martes amaneció en silencio y la tranquilidad volvió a compartirse entre la gente que siempre ha estado presente en cada espacio de una geografía que le pertenece a la paz, a la armonía, a la solidaridad y al amor.

"Voy a matar a Antonio". "Entonces... ¿tú me quieres matar?"

Una cruz iluminó y protegió al pueblo.

Y se bajó el telón.