Hace muchos años la celebración del Día Internacional del Trabajo era en nuestro país un acontecimiento apoteósico. Grandes marchas y convincentes movilizaciones brindaban al pueblo la impresión de que los trabajadores dominicanos no solo estaban bien organizados, sino también protegidos por estructuras sindicales que luchaban por sus derechos y que imponían sus reivindicaciones.

Hoy esa realidad no existe en República Dominicana.

¿Por qué? ¿Qué paso? Nos preguntamos.

¿Dónde están las poderosas centrales sindicales y los sindicatos de fábricas y empresas? ¿Qué tragedia o qué evento destructivo, tan devastador, aconteció en nuestro país para que en pocos años se redujera el movimiento sindical a una entelequia que apenas puede respirar?

No tenemos que ir muy lejos para encontrar la respuesta. El proceso de reestructuración que culminó con el desmantelamiento de las empresas estatales agrupadas en CORDE, arrasó con todo, destruyendo a su paso también, a su hermano gemelo, el otrora combativo movimiento sindical dominicano.

Fue un fenómeno de extinción que silenció para siempre el sonido de las maquinarias y apagó con la misma determinación las voces de los trabajadores. Todo se fue a la ruina junto con la Fadoc, con Pidoca, con Fasaco, con la fábrica textil. En el cementerio del olvido quedaron enterradas las ideas reivindicadoras de los empleados de la Compañía Anónima Tabacalera, de Molinos Dominicanos, de la fábrica de aceites, de la fábrica de baterías, de la Compañía Dominicana de Aviación, de la fábrica de cemento y de la fábrica de clavos Enriquillo. Enterrados y olvidados en la penosa historia de nuestro capitalismo de Estado quedaron los humildes trabajadores de la industria del papel, de la fábrica de vidrio, de la compañía de seguros San Rafael, de la chocolatera. En fin, la esencia del sindicalismo combativo y radical desapareció para siempre.

La debilidad de nuestro sistema capitalista de hoy ha quedado claramente reflejada en la debilidad de nuestra organización sindical. Con un índice de desempleo por encima del 15% y una economía que se sustenta en el trabajo informal, el movimiento sindical ha quedado sin espacio para crecer. De las grandes y combativas centrales sindicales del pasado solo quedan las siglas, y con ellas un grupo de burócratas sindicalistas envejecidos por los años, arrinconados y tristes, como aquel famoso coronel que se pasaba los días esperando una carta que nunca llegó, simplemente porque ya no tenía quién le escribiera.

La desaparición de CORDE, en definitiva, dio al traste con el capitalismo de Estado que había surgido de manera improvisada al morir Trujillo, hecho con el que se genera un proceso que culminó con la confiscación y estatización de todas sus industrias y empresas, convertidas de inmediato en patrimonio del Estado dominicano.

Paralelamente, esta nueva realidad impulsó el surgimiento de un modelo alternativo de desarrollo capitalista, el cual se basó en la creación de empresas privadas orientadas a la sustitución de importaciones, emulando una tendencia que ya se había generalizado en las economías de los países de América Latina.

Este esquema de desarrollo del capitalismo privado creció de manera simultánea con el proceso de estatización de las empresas del dictador y se puede decir que en su tiempo de esplendor jugó un papel importante en el desarrollo de la economía del país. Su gran debilidad, desde el punto de vista del trabajador, fue que no dio paso a que se desarrollara en su seno un movimiento sindical fuerte y que, contrario a lo que se podía esperar, luchó para que el mismo, en caso de surgir, lo hiciera en forma de organizaciones amarillas, al servicio de los intereses del capitalista. Los sindicatos que no se unieron a este modelo, el único aceptable dentro del capitalismo privado, simplemente desaparecieron, como fue el caso del famoso sindicato de Codetel, y los de otras empresas de menor relevancia..

La aparición del modelo exportador de zonas francas en los años 80 tampoco trajo muchas oportunidades a que el movimiento sindical sacara la cabeza, pues durante su existencia de más de cuatro décadas en el país, ha funcionado como un ente inorgánico del sistema productivo, destacándose más como un sector de servicio de ensamblaje que como una estructura capitalista generadora de plusvalía al interior de la economía dominicana.

Recientemente el Gobierno dominicano creó una comisión para que se encargara de evaluar las modificaciones que se proponen realizar al Código Laboral. La ausencia de una representación sindical en esta comisión confirma lo que analizamos en nuestro artículo y pone evidencia la triste realidad del desamparo organizacional que viven nuestros trabajadores.

Hoy apenas tres sindicatos sobreviven para sacar la cara con valentía y arrojo en defensa de sus afiliados. El primero es el de los maestros, con capacidad de aguarle la fiesta a cualquier gobierno. El segundo el Colegio Médico Dominicano, exigente y combativo; y el tercero la Asociación de Controladores Aéreos, pequeña, con apenas 300 miembros, pero con un poder que es capaz de paralizar gran parte de la economía y el turismo de República Dominicana.

En la actualidad no quedan sindicatos con capacidad para levantar la bandera de la lucha dentro del aparato capitalista privado. El desmantelamiento del movimiento sindical ha sido casi total. Los que aún sobreviven con cierto poder para exigir reivindicaciones, pertenecen a empresas e instituciones del sector público. Por eso los trabajadores tienen hoy que arrodillarse, rogar y hacer lobby para que la modificación del Código Laboral que en estos momentos se discute en el Congreso no dé al traste con uno de los beneficios adquiridos más sagrados que tiene la clase obrera dominicana: el derecho a la cesantía.

Esta es la triste realidad de una economía que cada vez es más dependiente del sector de los servicios y de la informalidad, una economía que ha crecido sobre las bases artificiales del gasto público, una economía incapaz de levantar sus brazos productivos para incorporar un aparato industrial que la conduzca por la senda del desarrollo de un tipo de capitalismo moderno y creativo.

En consecuencia, el movimiento sindical, uno de sus hijos legítimos no puede estar en peores condiciones. Para sobrevivir ha tenido que aliarse a los movimientos y organizaciones choferiles y barriales, lastimosamente poniendo a la cola de estos.

Escrito por:

José Tomás Pérez

El autor es dirigente político, ex senador de la república.