Por Manuel Núñez Asencio

La presunta víctima del Estado Dominicano, el testigo estrella ante la Comisión de los derechos humanos de la Corte Interamericana, William Medina Ferreras, comienza a declarar, el martes 8 de octubre, ante la audiencia de la Corte, en los emplazamientos de gran solera de la ciudadela de la Biblioteca José de Vasconcelos.

La audiencia solemne la preside el honorable juez Diego García Sayán, le acompañan los dignísimos magistrados Manuel Ventura-Robles, Eduardo Ferrer MacGregor, Humberto Sierra Porto, Roberto Caldas, Eduardo Vio Grossi, Alberto Pérez Pérez. Todos jueces de gran solvencia y de gran respetabilidad. Ante esa augusta representación de la Justicia, el señor William Medina Ferreras juró decir la verdad, y nada mas que la verdad. Fue la única víctima invitada a declarar por la Corte. En un velorio, el muerto es centro de la ceremonia. En este juicio, todas las miradas se hallaban centradas en este hombre que ha sufrido un agravio tan grande que ha sentado a la Republica Dominicana en el banquillo de los acusados. Sus veinte minutos de fama mundial no se los despinta nadie. Tras el torrente de fotos, de imágenes, de primeros planos de la prensa mexicana y de gente que lo saludaba casi como a un héroe, nadie podrá quitarle lo bailado.

A seguidas de la apertura de la audiencia, el comisionado Felipe González ha leído todos los cargos contra la Republica Dominicana, de las instituciones demandantes el CEJIL, el MUDHA, el GARR, La Clínica de derecho de la Universidad de Columbia ( Nueva York). De sus peritos Bridget Wooding, Carlos Quesada, Cristóbal Rodríguez, Tahira Vargas, La barra de la acusación la constituyen los abogados Francisco Quintana, Gisela de León, por el CEJIL, Jenny Morón, la señora María Francisco Luis, Leonardo Rosario Pimentel, por el MUDHA y Paola García Rey, por la Universidad de Columbia. Hay más de 8000 personas acreditadas para este juicio. Los salones están de bote en bote Unos trescientos periodistas dan cobertura del acontecimiento. Inexplicablemente, ninguno de nuestros grandes diarios se ha interesado por el juicio convocado exclusivamente para juzgar al Estado dominicano. Todas las salas contiguas al propileo sacro de la audiencia están llenas. Nos tropezamos con una multitud de agentes de la seguridad; con los representantes de todas las asociaciones de derechos humanos, en las que se ha sembrado estereotipos terribles contra la Republica Dominicana, tildándola de país racista, xenófobos en spots publicitarios, divulgados en la televisión mexicana. La víspera, los delegados haitianos y las ONG le calentaron las orejas al Director Ejecutivo de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, Emilio Álvarez Icaza, llevándolo a declarar que en la Republica Dominicana se aplicaba a los inmigrantes haitianos un trato peor que el que aplica Estados Unidos en Arizona. Los dominicanos no tenemos buena fama por estos pagos. Toda esta situación ha generado un inmenso interés en escuchar al testigo estrella de la Corte. De las siete victimas que ilustran el expediente contra el país, Benito Tide Méndez. Caso. 12.271, se ha escogido a William Medina Ferreras.

Pero volvamos al punto. William ha dicho que nació en Barahona; tiene un marcado acento haitiano, entreverado de palabras en creole. Así el Cesfront se convierte en Sifrone, confunde el género de las palabras, cortas las expresiones y a veces no entiende; no emplea adecuadamente los verbos. Comienza su relato fantasioso. Los guardias le rompieron el acta de nacimiento que llevaba dobladita en los bolsillos (un lugar poco recomendable para guardar ese frágil documento); los despojaron de su cédula y lo devolvieron a Haití. Declara que nunca había puesto un pie en Haití. Que su mujer sí era haitiana. En el acta de nacimiento que exhibe como un trofeo se dice que su padre era Abelardo Medina y su madre Consuelo Ferreras. William prosigue con su relato en el que habla profusamente de su deportación. Su caso es muy importante para los abogados y las ONG que combaten al Estado dominicano, que, al fin, han encontrado la prueba de que el Estado dominicano deporta a sus propios nacionales. William prosigue su exposición fantasiosa y llena de odio. Su hija Carolina atrapó una gripe, que, dadas sus condiciones de deportación, se convirtió en una epilepsia, ¡ menudo diagnóstico! , y luego murió. En la narración, prácticamente, responsabiliza al Estado dominicano de la muerte de su hija. Su otra hija, Awilda, la estropeó un camión. En esos momentos, volvió a recuperar sus documentos y la llevó al Hospital Darío Contreras en Santo Domingo. Luego volvió a Anse a Pitre, ciudad fronteriza haitiana cercana a Pedernales.

Cuando se le pregunto cómo fue su cambio de vida. Vivir en otra lengua que no era la suya, en otro país, declaró que nunca más volvería a República Dominicana. Prefiere vivir en Haití, donde lo tratan bien y no le echan agua caliente. Manifestó que había perdido una fortuna a consecuencia de la deportación realizada por las autoridades de migración. Según su deposición, tenía varias vacas, caballos, burros, gallinas, pavos. Se diría un hacendado. Un don.

De repente, rodeado de más de ochenta cámaras de prensa, se le pusieron los ojos como dos huevos fritos. Ante las preguntas del Presidente de la Corte magistrado, Diego García Sayán y del juez Ferrer Macgregor: ¿qué espera usted de esta Corte? Lo que lo ha llevado declarar en México es la inmensa posibilidad de lograr una condena de estos jueces, a los que mira con la cara de un perro apaleado y fingiendo estar compungido. Pero, ojo al Cristo, a él no le interesan las disculpas, él está detrás del poderoso caballero don dinero. Quiere reparaciones económicas.

Entonces hace constar, abiertamente, lo que espera de la Corte:

"Quiero que ustedes me ayuden; el Estado dominicano tendrá que devolverme lo mío, lo que tengo perdido, Pero la muerte de mi hija no van a devolvérmela "( Vaya, está acusando al Estado de haber matado a su hija ¡cuánta perversidad ¡ )

El hombre hizo un gesto de que iba a llorar. Pero las lágrimas que eran de cocodrilo, no lograron completar el relato mentiroso. La abogada Gisela de León, del CEJIL, dio por terminada la declaración que debía conmover a todas las asociaciones de derechos humanos.

Posteriormente, cuando le tocó el turno al licenciado Santo Miguel Román en representación del Estado dominicano, la supuesta víctima explicó sin convicción los daños psicológicos que le ha provocado su deportación. En la acusación, fabricada por el GARR, la Universidad de Columbia, el CEJIL, el MUDHA, se responsabiliza de ese terrible daño a la señora Clara Maribel Ferreras Mella. Pero resulta que para la fecha en que supuestamente ocurrieron los hechos, la señora Ferreras Mella ya no era la directora de Migración. Por lo tanto, la acusación que hace era rotundamente falsa, y de ello se había dejado constancia en el tribunal. No hay ningún otro testigo de esos acontecimientos.

Ante el Estado dominicano, representado por Santo Miguel Román y José Casado Liberato, el testigo estrella admitió que tiene cédula, acta de nacimiento, pasaporte. Que ha declarado a sus hijos. Que ha circulado libremente de Pedernales a Santo Domingo. Que entra libremente al mercado de Pedernales cuando quiere y trabaja en la provincia. Que todos sus hijos están declarados como dominicanos. Que ha ejercido el derecho al voto, así consta en los datos de la JCE. Todas esas circunstancias debieron ser suficientes para que esta Corte, llegara a unas conclusiones muy distintas a las expuestas por el comisionado Felipe González que reitero todas las acusaciones iniciales contra la Republica Dominicana. Lo cual quiere decir que, probablemente, el juicio no sirve a la verdad, sino al deseo de convertir a la Corte en instrumentos de los actores no estatales que representan la parte acusatoria contra el Estado dominicano.

Que su única queja, el fundamento esencial que ha llevado al país al banquillo internacional, y lo ha colocado en la picota de los jueces, es una supuesta deportación, que no puede ser probada porque los datos que ha dado son falsos. Pero esa queja no la tramitó ante un tribunal de la República Dominicana, sino que se fue a una ONG, el GARR. Que a cambio de su declaración le regaló una casa; lo preparo como la gallina de los huevos de oro, y convirtió esta Corte en un tribunal interno de la República Dominicana, en franca violación de la jerarquía procesal que establece que los casos pasarían a la Corte, cuando se hayan agotados los procesos internos.

Por esas naderías, por circunstancias tan inconsistentes está la Republica Dominicana ante esta Corte. La declaración de la supuesta víctima es creída a pie juntillas, y se parte del principio de que todos los miembros del Estado dominicano, las instituciones dominicanas, tienen menos credibilidad que el señor William Medina Ferreras que no está obligado ni siquiera a demostrar lo que dice

Volvamos a las menudencias del juicio. A la víctima se le preguntó el nombre de sus afligidos hermanos, que tanto sufrieron con su deportación. Que han padecido al igual que él un tremendo daño psicológico. Sin embargo, desconocía los nombres de sus hermanos. Se le preguntó si algunos de sus hermanos fueron deportados con él; no pudo explicar por qué a él y no a los otros. . Se le mostraron fotografías de todos sus hermanos, y no los pudo reconocer. Se le preguntó el nombre de su abuela, y no lo sabía; de su abuelo y tampoco lo sabia. Se le mostró una fotografía de su padre, y tampoco lo reconoció y se le mostró una fotografía de Consuelo Ferreras, su madre, ¡y tampoco la reconoció! Y para ahorrarle el disgusto de llevarle a los hermanos a México, creo que fue un error no llevarlos y confrontarlos con el tronco familiar al cual él dice pertenecer, se le presentó un video en el que los hijos de Abelardo y Consuelo declararon que no lo conocían. Que nunca habían visto ese hombre. Solo Argentina Medina Ferreras dijo conocerlo. Dijo que lo conoció muy bien en Oviedo, que era un haitiano, que se llamaba Wilnet Jean.

¿Quién será, pues, este hombre?

La víspera, la supuesta víctima le dijo al abogado Santo Miguel Roman que conoció a Wilnet Jean. Dijo que era un haitiano que trabajaba para él, que alguna gente lo confundía con él "mira cabeza tuya William, y ese muchacho es medio parecido " , dice textualmente en su español macarrónico. Pero Wilnet Jean era negro, y William que esta ante la Corte se presenta de modo muy distinto. No podía creerlo. Me hallaba en la primera fila, y este hombre se pasaba la mano por la cara y decía: " yo soy fino, soy indio claro --le dijo al juez Roberto Caldas--. No tengo el pelo motoso como los haitianos. En esos momentos, no sé si me hallaba en un circo o en la tremenda corte del inolvidable Leopoldo Fernández, Tres Patines. ¡ Qué hombre más patético! ¿ Cómo era posible que un hombre que declaró ser analfabeto, quizá la única verdad en todo el juicio, le tomara el pelo a tanta gente docta y educada?

El día anterior a las audiencias, los delegados de las ONG demandantes declararon en la reunión previa con el Presidente de la Corte que se sentían amenazados por el señor Manuel Núñez. El Presidente le reiteró que iba a ser una audiencia de caballeros. En realidad, quien debía sentirse amenazado era yo. Porque ellos eran muchos, y tenían, como aliados, muchas asociaciones. De modo que no me despegue del señor embajador mi amigo Fernando Pérez Memen. En una de las pausas, fui a los baños. Al salir un amabilísimo agente de seguridad, que ya me había saludado con cortesía a mi llegada. Me dijo perdone, señor, ¿ lleva usted un arma. Sí. Le espete. Puso cara de póquer. ¿y...dónde esta? Saqué mi bolígrafo. Mírela aquí, es una bazuca.

México, 10 de octubre 2013

* Manuel NÚÑEZ Asencio: Poeta, ensayista e historiógrafo. Tiene una licenciatura en Letras Modernas de la Universidad de París VII (Jussieu), una maestría en Literatura General de la Universidad de París VIII (Saint-Denis) y un doctorado en Lingüística y Literatura de esta última universidad. Enseñó literatura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha sido columnista de los periódicos Hoy y El Siglo y editor de la casa Editorial Santillana. Es considerado como uno de los ensayistas nacionales más polémicos del momento. En 1990 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo con la obra "El ocaso de la nación Dominicana".