Tierra Adentro

3 de Julio, 2007

“Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

Mahatma Gandhi (1869-1948)

Sin derecho a queja

(Uno)

Somos una sociedad violenta. La socialización –así la llaman los psicólogos sociales y algunos antropólogos- se realiza como un proceso que nos prepara para la confrontación, la lucha, la supervivencia, la imposición, el autoritarismo… pero más allá de este proceso, el contexto económico y social en el que nos desenvolvemos es un contexto excluyente, lleno de desconfianza en los actores políticos y sociales, negador de la participación y que ha hecho, en reiteradas experiencias, del diálogo una comedia. En este contexto la convivencia social pacífica no es posible.

Dicho de otro modo: cada sociedad tiene la seguridad que se merece.

Es probable que usted o yo no nos consideremos merecedores de las amenazas e incertidumbres que nos rodean.

Es probable que veamos la violencia como un fenómeno que se reduce a la delincuencia, a la confrontación del ciudadano “decente” con el “delincuente” y de las autoridades (especialmente policiales) con los delincuentes y sus estructuras.

Es probable que el temor a que nos arrope un acto de violencia sea difuso, lejano, un “eso a mi no me pasa” o “no me importa” porque pensamos que todavía no nos toca.

¡Que equivocados estamos usted y yo si así pensamos!

Violencia y socialización

Tahira Vargas, antropóloga, ha publicado un artículo en el período Hoy (“Violencia y masculinidad” – Hoy – 3 de Julio, 2007), en el que se pregunta sobre por qué los hombres, en nuestro país, son los principales agresores. Y apuesta por una hipótesis: la violencia y agresividad que practican los hombres en nuestra sociedad tiene que ver con la construcción de su masculinidad en su socialización desde la niñez.

Sus argumentos parten de la observación de patrones de socialización en donde se plantea que la “no agresión” es, en la práctica, sinónimo de “no varonil”, de “pendejo”. La capacidad de “pelea” y de responder con violencia se constituye en una puerta de entrada para la aceptación en el grupo de sus pares.

Además, el sentido del honor que se les inculca tiende a ser defendido con violencia, la cual se asume como muestra de valentía, relacionada con tres temas fundamentales: familia, territorio y pareja, llegando a implicaciones como el asumir que la pareja es parte de “su territorio” físico, de sus posesiones.

Otro argumento explicativo esbozado por Vargas consiste en la asociación “amor-violencia”. Padres y madres golpean a sus hijos físicamente, generando una legitimación de la violencia desde la afectividad.

Asumimos que estas explicaciones dadas por Vargas a la violencia  desde el hombre son válidas, pero insuficientes, sobre todo si tenemos en cuenta que esta socialización de lo masculino fue tan agresiva y violenta ayer como hoy y que, en cambio, la sociedad de hoy se nos presenta más violenta e irracional que la de ayer. ¿O quizás es un círculo creciente y eso explica sus dimensiones de hoy?

Otra faceta: la exclusión y falta de institucionalidad

El Listín Diario, en su editorial de hoy (“Atizando la Violencia” – Listín diario – 3 de Julio, 2007), hace una reflexión sobre los hechos de “violencia” ocurridos en Pedro Brand, comunidad distante a unos 26 kilómetros de Santo Domingo.

Nos dice que “en circunstancias como estas, atizar otros grados de violencia bajo el supuesto pretexto de canalizar “reivindicaciones populares”, es abrir una cancha mayor a la acción delictiva, no sólo de los profesionales de la violencia sino de aquellos ciudadanos, convertidos en turbamulta, que aprovechan el caos y la falta de autoridad para perpetrar libremente atentados contra la propiedad, siempre perjudiciales al pueblo”.

¿Qué quiere decir el editorialista con “circunstancias como estas”? En el párrafo previo apunta a una respuesta al indicar que “el país sufre una vorágine de delincuencia en la que los malhechores hacen de las suyas, poniendo en jaque a las autoridades y atemorizando, impunemente, a la población” y añade que a esto se une el alza en los precios de artículos de gran consumo.

Ve una intención: “calentamiento” para una huelga general y concluye lleno de buenos deseos: “Ojalá que la ciudadanía sensata no se preste a ese juego y que toda demanda de mejoría en la calidad de vida se canalice civilizadamente, y que el Gobierno se muestre más eficaz y diligente en la solución de las crisis en los suministros de agua y electricidad y actúe con mayor rigor para controlar y castigar las alzas inmoderadas e injustas que se han producido en muchos artículos de alto consumo popular”.

Sin pretenderlo, el editorialista nos sumerge en algunas reflexiones sobre la violencia y sus explicaciones.

Nos sumerge, en primer lugar, en la seguridad como una responsabilidad de Estado al solicitar que el Gobierno sea más diligente y eficaz en la solución de dos graves problemas: el suministro de agua y de electricidad. Necesidades prácticamente “primarias” en la sociedad moderna.

Un Gobierno que renuncie o se muestre incapaz de solucionar este tema pierde “autoridad” (y también la legitimidad de la que hablan los politólogos).

En segundo lugar, al establecer que “en circunstancias como estas” las protestas populares pueden abrir una cancha mayor a la acción delictiva, nos está planteando implícitamente lo que también indican Dirk Kruijt y Kees Koonings en “Actores armados y ciudades fragmentadas” (Foreign Affairs / Abril-Junio 2007): hay niveles aceptables de “exclusión social” y niveles aceptables de “violencia”, el sistema se mantiene cuando hay equilibrio entre ambos elementos. Sin embargo, vale la pena preguntarse si los niveles inaceptables de exclusión social no están llevando a niveles inaceptables de violencia.

Continuaremos…

Milton Tejada C. / tejadamilton@yahoo.com