Más de 100.000 millones de euros gastaron en comida los españoles en 2012. Toneladas de comida que debería ser segura y estar en condiciones de ser consumida sin problemas. Sin embargo, de manera cíclica, los medios de comunicación llevan a sus primeras páginas escándalos sobre alteraciones de la comida. La carne de caballo en hamburguesas de algunas marcas de carnes y los restos de bacterias fecales en los postres de Ikea han sido las últimas. Pero aún nos acordamos del E.coli en los pepinos o de la crisis de las vacas locas, que tanto alteraron a la opinión pública. Ante esta situación, ¿sabemos qué comemos?

Los alimentos recorren una media de 5.000 kilómetros antes de llegar a nuestro plato, según un estudio realizado por la organización Amigos de la Tierra. Además, el estudio revela que, por ejemplo, una hamburguesa puede estar elaborada con carne de 10.000 vacas diferentes y haber pasado por cinco países distintos antes de llegar a las repisas de nuestro supermercado de confianza. Así, las empresas agroalimentarias tienen difícil seguir la pista a quién produce y los pasos que da un alimento, como nos han dejado claro escándalos como el de la carne de caballo en carnes de ternera. En este caso no hay problemas para la salud de los consumidores, ya que la carne de caballo es tan buena como la de ternera, pero sí una estafa al no quedar recogido en el etiquetado. No obstante, si las empresas no tenían claro en que punto de la cadena se produjo el problema: el productor de la carne, la empresa picadora, la envasadora... ¿cómo vamos a estar seguros los consumidores de que las alarmas de los sistemas de seguridad saltarían si se produce un problema sanitario? ¿Alguien se daría cuenta? ¿Se podrían depurar las posibilidades?

Organizaciones de consumidores y aquellos más críticos con el sistema alimentario explican que en las últimas décadas la cadena alimentaria entre el productor y el consumidor se ha alargado mucho. Son muchas las manos por las que pasan nuestros alimentos antes de llegar a nuestras mesas. Además, esto ha hecho que nuestra alimentación esté en manos de las grandes empresas agroalimentarias mundiales, como Nestlé, Monsanto o Kraft.

Los pequeños productores agrícolas o ganaderos ya no tienen capacidad de decisión en la cadena alimentaria, tampoco los consumidores. Todo está en mano de las grandes empresas. Es el resultado de la globalización alimentaria y la deslocalización de la agricultura.

A todo esto hay que sumar los cambios en la manera de producir y conservar los alimentos. En muchos casos, aún sin saber las consecuencias que esto traerá para nuestra salud y para el medio ambiente. Hoy, los alimentos llevan cientos de aditivos, conservantes, colorantes, aromatizantes, edulcorantes... Todo para hacerlos más llamativos a la vista y para que permanezcan más tiempos en nuestras despensas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) han pedido en su último informe sobre los alimentos que haya más investigación sobre ciertas sustancias tóxicas que se pueden encontrar en algunos alimentos y que pueden ser perjudiciales para las personas y para el entorno natural.

Las sustancias químicas o los cambios en la genética de los alimentos son cada vez más comunes. Para algunos, esta es la solución al hambre en el mundo, a las sequías o las plagas. Para otros, son más un problema que una verdadera solución.

Mientras, los tomates han dejado de saber a tomates, se pueden comer fresas durante todo el año y gastamos más en alimentos precocinados y de alto valor energético. Nuestro hábitos alimenticios cambian, pero a peor. Más enfermos diabéticos, niños obesos, hipertensión... Dicen que lo que comemos es lo que somos. Pues cada vez más basura.

Ana Muñoz Álvarez

Periodista

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