Por Santos Aquino Rubio

El sendero que ha ido tomando el país en los últimos tiempos me preocupa grandemente y me parece que mucha gente también tiene la sensación de que transitamos por un camino tortuoso que no conduce a nada bueno.

El ejercicio de la política se pone cada vez más peligroso, sobre todo, porque los principales poderes del Estado pierden peso en forma acelerada y sus ejecutivos son cada vez más personalistas y perseguidores de riquezas y bienestar fácil a expensas de la estructura burocrática.

Son muchos los hombres y mujeres de buena fe que tienen cifradas sus esperanzas en una gestión sana, honesta, honrada, pulcra y de bien común por parte del presidente Danilo Medina, pero cada vez que se registra una acción deleznable, en la Justicia, en los institutos castrenses y sobre todo en el Legislativo, todo se torna oscuro.

Esa intención malsana de los políticos de nuevo cuño, de los que ascienden por tener dinero o para representar intereses espurios en campo de las leyes, de la defensa de la soberanía y de la identidad, crece cada vez y eso es lo que me aterra.

El ejercicio del periodismo, conculcado ya por casi todas las vías, afronta ahora la desgracia del amordazamiento total con la paliación de las sanciones, tanto pecuniarias como penales. Es decir, que se busca a toda costa, callar de una vez y para siempre la voz disidente, la denuncia, la defensa de los derechos colectivos y de la libre convivencia.

Este intento de modificación a la vestuta legislación penal refleja a la distancia el interés esos sectores de establecer el ejercicio del poder a la sobra de una dictadura basada en las leyes. Eso es lo que se persigue con este nuevo traje a la sanción de la difamación y la injuria como delitos de prensa.

Y es una pena que volvamos a los años 30. Es una pena que los verdaderos periodistas no tengan un organismo de defensa, un coronel a quien escribirle ni un partido al que llamarle a atención, por lo que ocurre en el país.

Me da miedo, me aterra la complicidad con que estamos dejando que nos lleven hacia el abismo, que nos regresen a los tiempos de la aldea propiedad de uno o dos políticos, a ser propiedad de alguien o ser, simplemente, seres sin derechos, humanos sin valor y, peor aún, marionetas a sus servicios. Ojala despertemos y seamos de nuevo dominicanos.

El autor es periodista y abogado.