Por David Ramírez.

Permítame, señor lector, comenzar este artículo con ironía y sorna, no con sarcasmo, pero la posibilidad de una segunda vuelta electoral o balotaje para elegir al nuevo presidente de la República comienza a preocupar a los votantes críticos.

Si partimos de las últimas encuestas, que prácticamente advierten un empate técnico entre los dos grandes partidos, esta situación pondría en una situación incomoda a muchos votantes críticos ya que tendrán que escoger entre un corrupto disciplinado o corrupto desorganizado.

Cuando veo los spots publicitarios de los candidatos del PLD y PRD con flamante sonrisa, corazones amorosos, prometiendo cambio, vendiendo falsas promesas y esperanzas a los pobres, me pregunto si valdrá o no la pena acudir a votar en una segunda vuelta, en caso de que se presentara.

Aunque existen alternativas electorales en la primera vuelta, como son las candidaturas de Guillermo Moreno, Max Puig y Julián Serulle, todos sabemos que sus posibilidades son escasas, por no decir nula, de que lleguen a pasar a una segunda ronda electoral.

El hecho de que Hipólito Mejía y Danilo Medina se vean cara a cara en unas elecciones presidenciales, diez años después, confirma la profundidad que tiene la crisis de nuestra democracia. También demuestra, una vez más, que las posibilidades de que nuestra izquierda pueda construir un proyecto anticapitalista y alternativo de nación, es cada vez más lejana.

Parecería que nuestro país no avanza políticamente, pero esa percepción no es del todo cierta. Esta situación es artificialmente creada por una oligarquía criolla gracias a que existe una vieja partidocracia (PLD, PRD, PRSC), que se alternan cada cierto tiempo. Controlan el Congreso y nombran a los jueces de la JCE , utilizan las elecciones como una vía para asegurar cuotas de poder y el reparto de las instituciones del Estado.

Una partidocracia parasitaria que no oferta un programa de gobierno, sólo le ofrecen al pueblo chercha y romo.

Nuestra tierna democracia vive una crisis profunda porque esa misma oligarquía, para reforzar su dominación, tiene jueces electorales que le cierran el derecho al pueblo a votar en blanco o por ninguno en una segunda vuelta. Nos venden la idea de que esta decisión es lo mejor para democracia y que tenemos que tolerar y sobrellevar.

Un sistema que nos ofrece los mismos candidatos corruptos, lobos disfrazados de ovejas. Candidatos que salen a las calles cada cuatro años a venderle ilusiones o espejitos al pueblo mientras persiste la pobreza, la desigualdad, el auge del narcotráfico, la inseguridad, la corrupción e impunidad y, sobre todo, las recurrentes crisis económicas.

Una sociedad con un sistema electoral que le provee a esa partidocracia, corrupta y decadente, millonarios recursos económicos. Dinero que sacan de las costillas a los pobres con tantos impuestos sólo para gastarlo en gorras, camisetas, banderas, afiches, vallas, pañuelos, disco light y un mar de etcéteras mientras muchos niños se van a la cama sin comer.

¿Dígame usted, señor lector, con qué ánimos podemos salir a votar si amanecemos cada día con nuevas historias de corrupción de este gobierno y del anterior? Casos tan escandalosos que no logran menguar nuestra capacidad de asombro.

Es probable las candidaturas de Hipólito Medina o Danilo Medina logre entusiasmar o convencer algunos votantes críticos. Otros, en cambio, no sabrán si quedarse en su en casa o acudir a la urna y anular el voto para rechazar a esos dos candidatos que no representan el cambio, sino más de lo mismo.

Si se presentara una segunda vuelta, los votantes críticos viviremos tiempo de indecisiones.