Teoóilo Lappot Robles

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Los Franciscanos Capuchinos son una orden del credo católico con una brillante impronta en el quehacer religioso y social de la República Dominicana.

Las actividades de la orden de los Franciscanos en la colectividad dominicana vienen de lejos en el tiempo. Incluso antes de crearse en su interior la vertiente de los Capuchinos.

La presencia Franciscana en suelo dominicano se remonta a la época en que comenzó el proceso de colonización de España en el Caribe; pero en principio su asistencia a los feligreses fue de manera individualizada, con sacerdotes que iban y venían, adscritos a autoridades eclesiásticas diocesanas.

Por eso es de mucha importancia la labor de recopilación de la historia de los Franciscanos y concretamente de los Capuchinos en el seno del pueblo dominicano.

Fray Santiago Bautista Guerrero es un brillante sacerdote dominicano, sanjuanero por más señas. Pertenece a la antiquísima orden de los Hermanos Menores Capuchinos Franciscanos.

A su indicada calidad Fray Santiago une su vocación por la historia, así como sus aptitudes de investigador perseverante que gusta examinar en cada caso los por qué de las cosas, hasta llegar a la verdad monda y lironda, coronando su dinámica de vida con altas credenciales de gran preocupado por los problemas sociales del pueblo dominicano.

Es proverbial su brillantez en el púlpito, el escenario predilecto para explicar de manera sencilla pasajes de la Biblia que se internan por los caminos de la apologética, de modo que calen hondo en la mente de los feligreses.

Como párroco que fue en la iglesia San Francisco de Asís Paz y Bien, importante ubicado en el lado oriental de la histórica y de cinco veces centenaria ciudad de Santo Domingo, denunciaba con la vehemencia propia del que está apertrechado de la verdad las lacras políticas, económicas y sociales que corroen al país.

Desde cualquier otro lugar donde las circunstancias lo han llevado en su peregrinar sacerdotal siempre ha sido un látigo, como fiel seguidor de la doctrina cristiana, para aquellos que haciendo uso y abuso de una autoridad pasajera han actuado y actúan contra los indefensos.

Las prédicas y las valientes denuncias de Fray Santiago Bautista Guerrero dejan la grata impresión de que en su portentosa mente siempre hay un resquicio para recordar el verso "vosotros, los humildes, los del montón salidos...", como arranca el poema A los héroes sin nombre, de Federico Bermúdez Ortega.

La Orden de los Frailes Menores Capuchinos Franciscanos, importante columna de la primera y antiquísima entidad religiosa fundada por San Francisco de Asís, tiene en este distinguido dominicano a uno de sus miembros más consagrados.

Fray Santiago Bautista ha escrito una obra muy importante para conocer el itinerario que para favorecer al pro común ha realizado aquí la orden religiosa de la cual forma parte de manera activa.

El libro se titula Perspectiva Histórica de la acción misionera de los Frailes Capuchinos en Santo Domingo. Es de gran valor donde no caben los cepos integristas, y, por tanto, en sus páginas se airea la verdad pasada, la crudelísima realidad de este presente complicado y las perspectivas proyectadas de cara a lo que queda del presente siglo, el cual por una miríada de factores comenzó entre nosotros dando tumbos.

En sus páginas se refleja el diario vivir de los capuchinos que ejercen su misión en el país. Su sencillez y compromiso con los más humildes es parte de la gracia que acompaña a los sacerdotes católicos comprometidos con sus feligreses, aquellos que no se cubren con oropeles ni se solazan con el relumbrón, sino que actúa como el pastor que huele a oveja, como gusta decir al Papa Francisco.

Esta obra de historia, fruto del afán escudriñador de su autor, es también una clarinada que sirve de alerta a los dominicanos. En sus páginas se comprueba que los hechos del pasado se mezclan con el ideal de redención social de una actualidad llena de sorpresas cotidianas.

Aunque el autor, modesto y discreto como es, nunca ha pretendido ser un Lucius Apelius, lo cierto es que este libro es una especie de Liber Memorialis (circunscrito al ámbito de la parte que nos toca en el Caribe Insular) ya que en el mismo también se recoge la participación de religiosos que aunque no eran franciscanos dejaron sus nombres grabados en el largo proceso de conquista y colonización de la isla La Española.

Hay que recordar que a esta tierra le tocó ser primada en muchas cosas, siendo el germen de esa larga singladura la presencia protagónica del Padre Bernardo Boil en el solar de La Isabela, donde celebró el 6 de enero de 1493, rodeado de otros 12 sacerdotes, la primera misa en América, en calidad de representante del entonces Papa Alejandro VI, quien para tales fines emitió y firmó una Bula Pontificia.

Boil era de la orden creada por el santo ermitaño San Francisco de Paula, pero junto a él estaban en La Isabela, en aquella fecha histórica, los franciscanos Rodrigo Pérez, Juan de Tisín y Juan de la Duela. El contenido de ese primer sermón tenía un sabor a los pregones que en Umbría, Italia, hizo tantas veces San Francisco de Asís.

El catalán-aragonés Fray Ramón Pané, que a su condición de catequizador unía la de antropólogo, fue otro religioso que aunque era de la Orden San Jerónimo estaba empapado por un espíritu franciscano, tal y como se comprueba especialmente en la parte de los relatos de la teogonía indígena, que hace en varios de los 26 capítulos que forman su libro titulado Relación acerca de las antigüedades de los indios, escrito en su refugio del Santo Cerro.

Los registros históricos consignan que en el territorio que hoy es la República Dominicana ha habido franciscanos desde el año 1493.

Entre los más conocidos capuchinos que estuvieron aquí hay que mencionar al Obispo Rocco Cocchia, Manuel Higinio del Sagrado Corazón de Jesús Arjona y Cañete (que ese era el nombre bautismal del célebre Fray Cipriano de Utrera) y Francisco Panal, que no era otro que el mismo fray Leopoldo María de Ubrique.

El Obispo Panal fue el valiente capuchino andaluz que el 4 marzo de 1961 le plantó cara desde el presbiterio de la Catedral de La Vega a una fiera encolerizada que lanzaba sus últimas dentelladas, sintiendo que se le agotaba el poder que usurpó aquí por 30 largos años. En la ocasión pronunció un vigoroso sermón que, con jaculatorias impactantes y acrimonia de por medio, inclinaba el péndulo hacia el lado de la libertad del pueblo dominicano.

Los capuchinos, como organización religiosa, llegaron formalmente al país en el 1909, hace ahora 110 años. Su instalación propiamente dicha, con los códigos usuales de la Iglesia Católica, se produjo el 3 de julio de 1970.

Trajeron con ellos la filosofía que a la robusta orden franciscana le insufló Fray Mateo de Bascio, fundador de los capuchinos, con el beneplácito del Papa Clemente VII, quien le concedió la aprobación el 3 de julio de 1528, mediante la Bula Religionis Zelus.

Como se comprueba en las páginas de este libro, la provechosa presencia de los capuchinos dentro del pueblo dominicano abarca esencialmente tres ámbitos: espiritual, educativo y social, sin dejar de lado ningún aspecto de los muchos que inciden en la sociedad, vista en su conjunto.

Los variados y sustanciosos aportes que para el despertar de la conciencia social de los dominicanos hacen esos esforzados religiosos hay que analizarlos desde la perspectiva planteada en la famosa encíclica Madre y Maestra, promulgada el 15 de mayo de 1961 por el Papa Juan XXIII.

El tema de la justicia en su más amplio y variado significado ha sido uno de los motores del desplazamiento de los capuchinos en el país.

Los ejemplos que aparecen en este libro demuestran que la búsqueda de la equidad entre los seres humanos es el común denominador de esos frailes consagrados a una misión que va más allá de hacer bautismos y dar hostias.

Pienso que romper la barrera de la ignorancia, y combatir las causas que generan las carencias entre los más, es la escalera particular de los capuchinos para llegar al techo, acogiéndome a una reflexión del sabio teólogo judío de origen cordobés Maimónides.

Las muchas labores positivas que han llevado a cabo los capuchinos en el país confirman que a ellos no les importa que por hacer el bien les pueda ocurrir como a Don Quijote y a Sancho con los 12 galeotes, encabezados por Ginés de Pasamonte, que luego de ser liberados de la cadena de la esclavitud lanzaron una lluvia de piedras contra sus libertadores.

Al leer esta obra del biblista Fray Santiago Bautista Guerrero se comprueba que el trabajo multifacético de los franciscanos capuchinos en la República Dominicana se ha ido forjando como una especie de argamasa convertida en una pieza sólida, hermosa y útil; burilada por manos de diestros y perseverantes alfareros del alma.

Los Franciscanos Capuchinos, esparcidos en las diferentes regiones del territorio nacional, han hecho y hacen ahora con admirable firmeza una labor religiosa, educativa y social de gran impacto.

En cada caso van al fondo de los problemas que cubren un extenso abanico de las manifestaciones humanas. La cronología contenida en esta obra de Fray Santiago así lo prueba. Se mueven como abejas laboriosas, la inmensa mayoría de ellos en el anonimato.

Se mueven con caridad cristiana, entre los más humildes y carenciados, como si en sus acciones estuviera presente la impactante expresión bíblica, con alcance ecuménico, y sabor a anatema: "a los tibios los vomita Dios."

Mientras otros se pavonean entorchados con el poder sacral, los franciscanos capuchinos que han pasado por la isla de Santo Domingo han ejercido su apostolado cristiano con discreción y vibrante celoso sacerdotal. Lo que hacen hoy es una continuidad del pasado.

El recuento riguroso que hace en este libro fray Santiago Bautista Guerrero les permite a los lectores comprobar que los capuchinos practican la espiritualidad y la pobreza, como centro de su idealismo básico, con un inocultable ascetismo, inherente al colectivo religioso que son, pero esencialmente enarbolado por cada uno de sus miembros como un juramento inviolable de compromiso individual.

Hay que ponderar que el autor de este maravilloso libro recoge fielmente el celo apostólico con que han actuado los Franciscanos Capuchinos que han servido en la República Dominicana, desde su trayectoria ministerial y también misionera, lo cual se traduce en una clara visión de caridad ejercida en favor del pueblo.