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MAGNICIDIOS EN ESTADOS UNIDOS (I)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

El magnicidio en su más clásica definición se produce cuando una persona importante, por su poder o la posición que ostente, pierde la vida violentamente.

Generalmente el magnicidio se produce contra políticos, religiosos u otras figuras de gran impacto colectivo en su medio o más allá.

Por las características del barro humano está comprobado que desde tiempos inmemoriales han ocurrido magnicidios sobre la tierra.

Prolijo sería hacer un recuento de las muertes violentas contra altas personalidades ocurridas en el más lejano pasado.

En el período de la historia de la humanidad que comienza con Jesús de Nazareth hay que decir que el deicidio en su persona fue también la consumación del primer magnicidio de la Era Cristiana.

Ello dicho al margen de la controversia histórica respecto a si la responsabilidad de su muerte fue exclusiva de los judíos de entonces, como abiertamente sostienen los evangelistas Juan, Marcos, Mateo y Lucas, y de manera menos reiterada por el apóstol Pablo en algunas de sus cartas; o si prevalece el criterio de grandes investigadores del pasado que postulan que la crucifixión era una tradición implantada y ejecutada de manera exclusiva por los romanos.

En los Estados Unidos de Norteamérica, que desde hace poco más de cien años es la principal potencia del mundo, se han producido magnicidios del más alto nivel con los asesinatos de cuatro de sus presidentes.

Hubo intentos de magnicidios contra otros presidentes de EE.UU., pero la intención de los asesinos quedó frustrada, como en los conocidos casos contra Gerard Ford y Ronald Reagan.

Esos crímenes de alto perfil, y sus consecuencias, tuvieron gran impacto más allá de las fronteras de ese inmenso país.

Es por ello importante conocer, aunque sea a grandes rasgos, dichos personajes y situarlos en el contexto político, histórico y social en que vivieron y murieron.

El primer presidente de los Estados Unidos de Norteamérica asesinado fue Abraham Lincoln. El segundo se llamaba James Garfield. William McKinley fue el tercero y el último magnicidio que se produjo en el gran país del Norte fue en la persona de John Fitzgerald Kennedy.

En esta entrega reseñaré algunos detalles sobre las personas, los gobiernos y los magnicidios respectivos de Abraham Lincoln y de William McKinley. En la segunda parte comentaré sobre los presidentes John Fitzgerald Kennedy y James Garfield.

Abraham Lincoln

Abraham Lincoln nació el 12 de febrero de 1809 en una diminuta comunidad lindando con lo rural del sureño Estado de Kentucky. Fue el décimo sexto Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Antes había paseado sus saberes por varios tribunales de su país, en un brillante ejercicio profesional que le dio resonancia nacional antes de incursionar en la política.

Su elección en el 1860 como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica desató todos los demonios en el Sur esclavista de ese país, abriendo las compuertas de una sangrienta contienda civil denominada guerra de Secesión.

Antes de Lincoln ascender al principal puesto de la administración pública estadounidense era de conocimiento general que él abogaba por la abolición de la esclavitud, siendo esa posición el alegato invocado por los sudistas para provocar la lucha armada que finalmente perdieron.

Es irrebatible que Lincoln fue el principal abanderado de la terminación formal de la esclavitud en ese país.

Cuando en el año 1863 se aprobó la enmienda número 13 de la Constitución, que puso en el pasado el odioso sistema que infravaloraba a los negros hasta considerarlos no humanos, Lincoln se convirtió en el recipiente de todos los odios de los esclavistas.

Pero a lo anterior hay que añadir que él fue uno de los principales protagonistas del triunfo de los Estados del Norte, coalición que se denominó La Unión, y que luego de varios años de mortífera lucha vencieron a los esclavistas del Sur.

Ello dicho a pesar de que en el ejercicio del poder Lincoln utilizó un despliegue de reflexiones en las que combinó conceptos filosóficos con la filosa política del momento.

Era una etapa en la cual el realismo y pragmatismo eran de gran importancia en el juego de una democracia frágil y atacada por las tenazas de los plantacionistas y sus socios de todos los pelajes. Era el reinado de la cerrazón, que en algunos aspectos, con todo y sus matices, aún perdura en algunos segmentos de la sociedad estadounidense.

A los supremacistas blancos, dueños de esclavos que fueron manumitidos por Lincoln, le fue fácil inocular el veneno del odio en muchos individuos que se consideraban seres superiores por asuntos de melanina.

El magnicidio contra el presidente Lincoln fue cometido por un sujeto de nombre John Wilkes Booth, en el washingtoniano Teatro Ford, el Viernes Santo el 14 de abril de 1865, mientras presenciaba junto a su esposa la comedia de Tom Taylor Nuestro primo americano. Falleció a las 7:22 de la mañana del día siguiente. No hay ninguna duda al momento de afirmar que ese fue un crimen de odio alimentado por los esclavistas del Sur de los EE.UU.

Se demostró hasta la saciedad que ese individuo Booth no actuó sólo. El encabezaba una banda de criminales que también habían planificado matar al Vicepresidente Andrew Johnson (el encargado de actuar en su contra entró en pánico y no tiró del gatillo) y al Secretario de Estado William Seward, quien fue herido pero sobrevivió al atentado.

Desde los primeros días del magnicidio se pudo comprobar, por testimonios de los que fueron juzgados por ese hecho y los eventos conexos, que ellos y quienes lo patrocinaban buscaban crear una conmoción de tal magnitud que el gobierno de la Unión se desmoronara y en medio del caos revivir la esclavitud de los negros, con otros añadidos igual de perniciosos.

En su novela histórica titulada Lincoln el famoso periodista y escritor estadounidense Gore Vidal describe con lujo de detalles la trama que los confederados urdieron para descabezar el Poder Ejecutivo del poderoso país del Norte de América. También hace una magnífica recreación de la etapa convulsa, con un país dividido hasta la médula, que le tocó protagonizar al presidente Abraham Lincoln. Al mismo tiempo Vidal construye una radiografía completa de ese personaje icónico en la historia de los EE UU. y del mundo.1

El 19 de abril de 1865 las calles de la ciudad de Washington se llenaron de millones de dolientes que custodiaban los restos mortales de Lincoln, en un desfile fúnebre nunca visto antes ni después en los Estados Unidos de Norteamérica.

Para que se tenga una idea del nivel de descuido en la seguridad del presidente Lincoln es oportuno decir que su asesino pudo escapar a lomo de caballo y su captura y muerte, varios días después, fue una verdadera odisea.

En la impactante obra La caza del asesino, subyugante historia novelada escrita por el abogado James L. Swason sobre los acontecimientos posteriores al asesinato de Lincoln, su autor señala que cuando Booth llevaba 16 kilómetros de cabalgata en loca huida de la escena del crimen que había perpetrado "podría haber paseado tranquilamente entre todo un regimiento de caballería de la Unión. Ni un alma en Maryland sabía todavía que habían atentado contra Abraham Lincoln."2

El Décimosexto de Caballería de New York fue la unidad militar que finalmente, doce días después del crimen en el Teatro Ford, dio caza al asesino de Lincoln, quien después de recorrer prados y pantanos de Maryland y Virginia fue acorralado junto con uno de sus cómplices, en un granero de la zona, el cual tuvo que ser incendiado para hacerlo mover de la madriguera donde se había parapetado.

Swason pone en boca del sargento Boston Corbett lo siguiente: "...cuando vi claro que había llegado el momento le disparé a través de una gran grieta del granero."3

William McKinley

William McKinley nació en una pequeña ciudad del Estado de Ohio, en el Medio Oeste de los Estados Unidos de Norteamérica. Muy joven participó en la Guerra Civil, también conocida como Guerra de Secesión. Estuvo en las filas de las tropas del Norte, donde se fogueó en artillería, infantería y caballería.

Al finalizar esa guerra abandonó las armas y se dedicó a estudiar Derecho en Albany, capital del Estado de New York. Fue un abogado de oratoria encendida que ejerció su carrera de leyes por poco tiempo.

McKinley fue arrastrado hacia el mundo de la política por varios magnates de empresas que vieron en él un seguro sello de garantía para sus negocios. Fue miembro prominente del Partido Republicano, que lo llevó a ser congresista y gobernador de su natal Ohio y, además, dos veces Presidente de EE.UU.

En las dos contiendas presidenciales en que participó venció al congresista demócrata por Nebraska, y futuro Secretario de Estados de los Estados Unidos, William Jennings Bryan, nativo de Illinois y abogado por la Universidad de Chicago, dotado de condiciones excepcionales para el ejercicio presidencial.

William McKinley tenía 58 años de edad cuando fue impactado en el vientre por dos balazos disparados directamente a él por un sujeto alienado con ideas anarquistas de nombre Leon Czolgosz.

Ese magnicidio se produjo mientras el presidente McKinley recibía los saludos del público congregado en el Templo de la Música de la ciudad de Búffalo, muy cerca de las cataratas del Niágara en el Estado de New York, en el área que hace frontera con el territorio de Ontario, Canadá; en el marco de una feria mundial que se estaba desarrollando en aquel lugar, bautizada como Exposición Panamericana. El reloj marcaba las 4 y 7 minutos de la tarde del 6 de septiembre de 1901.

En varias de sus biografías se detallan los días de sufrimientos vividos por Mckinley hasta que se produjo su fallecimiento a las 2 y 15 minutos de la madrugada del día 14 de septiembre del 1901.

No pocos especialistas han sostenido desde entonces que hubo un mal manejo médico durante los 8 días que cubrieron el arco de la etapa más dramática en la vida del vigésimo quinto presidente de los Estados Unidos.

En su obra William McKinley y su América el historiador H. Wayne Morgan resalta la popularidad que siempre gozó el devoto metodista McKinley, incluso desde antes de tener en sus puños el bastón de mando de su país. El referido autor, en una biografía edulcorada, describe ampliamente las interioridades de las dos campañas presidenciales exitosas del asesinado presidente, así como sus vínculos con grandes empresarios de la época y su visión sobre diversos temas que trascendían la política interna estadounidense.4

El asesino de McKinley fue juzgado y sentenciado a muerte en la misma ciudad en que cometió el magnicidio. Fue ejecutado en la silla eléctrica el 29 de octubre de 1901. Nunca se arrepintió del crimen que cometió. Muy por el contrario, en el juicio se reafirmó en lo que vociferó instantes después de los disparos que resultaron ser mortales.

Un examen objetivo del truncado tramo presidencial de McKinley permite decir que él impulsó el ya de por sí creciente dominio imperial de los EE.UU.

Su decisión de involucrar en el 1898 al poderoso país del Norte de América en la guerra de liberación de Cuba le permitió vencer a España y así mantener control sobre territorios dispersos en el mar Caribe y el Océano Pacífico: Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam.

De manera maliciosa una parte de la historiografía estadounidense ha divulgado la creencia de que el objetivo de McKinley en ese caso era ayudar a la libertad del pueblo cubano. Nada más falso. Se trataba de puros intereses económicos y de posicionamiento en la geopolítica de entonces.

El 12 de junio de 1898 los filipinos declararon su independencia de España, pero ese imperio declinante y los E.U.A. firmaron en la capital francesa, el 10 de diciembre de dicho año, el Tratado de París, cuyo artículo III dice en parte así: "España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las Islas Filipinas...Los Estados Unidos pagarán a España la suma de veinte millones de dólares ($20,000.000) dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del presente tratado."5

Pero como los filipinos no aceptaron esa nueva tutela colonial el malogrado McKinley desató el 4 de febrero de 1899 la sangrienta y larga conflagración filipino-estadounidense, considerada la primera guerra de liberación del siglo XX.

En esa ocasión McKinley dijo que su país no buscaba controlar el archipiélago asiático ubicado en la parte occidental del Océano Pacífico, pues "eso habría sido, de acuerdo a nuestro código moral, una agresión criminal."

Eran palabras huecas pues los EE.UU. tenían claramente marcada la intención, como lo hicieron por mucho tiempo, de controlar ese país de muchas islas con una extensión territorial de 300 mil kilómetros cuadrados.

En medio de la feroz guerra filipino-estadounidense McKinley, olvidando prontamente lo que había dicho antes, llegó a decir que "los filipinos eran incapaces de auto gobernarse, y que Dios le había indicado que no podían hacer otra cosa más que educarlos y cristianizarlo."6

Expresiones como la anterior eran la perfecta justificación de cadenas de masacres, en una tierra donde luego el general estadounidense Jacob H. Smith exigió a sus oficiales y soldados que hicieran del lugar "un desierto que grita...Quiero que sean asesinadas todas las personas que sean capaces de portar armas en las actuales hostilidades contra los Estados Unidos..."7

Finalmente los Estados Unidos de Norteamérica, en una guerra desigual, en armamentos y combatientes, lograron aplastar a los filipinos. Para entonces ya había sido asesinado el presidente McKinley.

En su biografía el poeta, escritor y patriota filipino Pedro Alcántara Monteclaro retrató perfectamente el por qué los ocupantes estadounidenses vencieron en Las Filipinas: "¿Cómo puede un puñado de rifles, lanzas y balas de Máuser ganar contra las ametralladoras Gatting, que arrojan 600 balas por minuto? Sus cañones navales pueden pulverizar la ciudad desde una distancia segura."8

En su interesante obra Las Filipinas: Tierra de promesas rotas, James B. Goodno, el periodista estadounidense especializado en temas políticos y militares del sudeste asiático, señala que la guerra iniciada por McKinley en esa zona del mundo les costó la vida a más o menos un millón y medio de filipinos, equivalente a la sexta parte de la población que entonces tenía el país de Las Filipinas.9

Bibliografía:

1-Lincoln.Edhasa, Barcelona, 2013. Gore Vidal.

2-La caza del asesino. Ediciones Paidós Ibérica, 2009.P97. James L. Swason.

3-Ibídem. P298.

4-William Mckinley y su América. Edición septiembre 1963. H. Wayne Morgan.

5-Tratado de París, 10 de diciembre de 1898.

6-Documentos presidenciales. William McKinley.

7-Biografia de Jacob H. Smith. Archivo crónica del periódico New York Times del 17 de julio de 1902.

8-Biografia.Pedro Alcántara Monteclaro.

9-The Philippines: land of broken promises (Las Filipinas: tierra de promesas rotas). Editorial Books,1991. James B. Goodno.