SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: 75 AÑOS DE SU FIN (y IV)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La Segunda Guerra Mundial, finalizada hace ahora 75 años y un mes, dejó muchas secuelas en la humanidad. Sería prolijo hacer tan siquiera un simple recuento de ellas.

Es un tema pendiente para futuras crónicas, puesto que habría que hablar, para sólo enunciar cuatro puntos: 1) De los más sobresalientes personajes que planificaron, dirigieron o participaron en los enfrentamientos armados; de aquellos que ejecutaron matanzas de millones de personas indefensas en campos de concentración o exterminio, en calles, bosques o cualesquiera otros sitios.2) Sobre la extendida saturación de bombas nucleares. 3) De la destrucción de gran parte de Europa y de varias ciudades asiáticas y 4) De la creación de organismos internacionales que desde hace décadas planifican y dirigen las relaciones diplomáticas, militares, sanitarias, culturales y económicas del mundo.

Esa conflagración de alcance mundial tuvo muchos protagonistas políticos, militares, religiosos y científicos. En un trabajo de este tipo es imposible abarcar el itinerario vital de todos ellos, ni siquiera de una parte mayoritaria.

Por eso al cierre de esta breve serie me limitaré a esbozar aspectos de sólo tres (Churchill, De Gaulle y Rommel), como una forma de dejar aquí nociones elementales de sus arrolladoras personalidades.

Winston Churchill

Winston Churchill fue un hombre fuera de serie. Ni los más mezquinos de sus enemigos contemporáneos dudaron en ponderar, aunque fuera paradógicamente con su silencio, las múltiples y extraordinarias facetas que hacían sobresalir su figura fascinante.

Fue Primer Lord del Almirantazgo del Reino Unido de 1911 al 1914. También fue Premio Nobel de Literatura, en el 1953, entre otras muchas cosas.

Logró sobresalir sin utilizar trapisondas, pues era frontal y transparente en su accionar político; aunque su lenguaje florido, duro y burlesco a veces pareciera repulsivo a oídos de otros. Por ejemplo, siendo muy joven le dijo a un amigo, tomando cerveza en un chiringuito a orillas del río Támesis, a su paso por Londres, que "todos somos gusanos; pero creo que yo soy una luciérnaga."

Por su forma contestataria y directa de ejercer el milenario arte de la política está claro que Churchill nunca practicó los consejos de Nicolás Maquiavelo, quien en la clásica obra El Príncipe da cátedras sobre las sinuosidades que acompañan a los que hacen vida pública, específicamente en el ámbito de las agrupaciones que pugnan por el poder.

Antes de su protagónico papel en la Segunda Guerra Mundial Churchill tenía experiencia militar: Con el rango de segundo teniente del Ejército Británico participó en el asedio a Malakand, en La India, llevado a cabo del 26 de julio al 2 de agosto de 1897, contra los pastunes. Hizo parte de un batallón que participó en la Rebelión mahdista, cuyo casus belli fue el levantamiento armado que durante las dos últimas décadas del siglo XIX hicieron los musulmanes sudaneses, egipcios, eritreos, etíopes y ugandeses. Luchó también, por circunstancias imprevistas, en la segunda guerra Anglo-Bóer, en octubre de 1899. Combatió en otras batallas secundarias en diversos lugares de Asia y África.

De él se dijo cuando ascendió en el año1940 al cargo de Primer Ministro del Reino Unido que no sería un estadista sensato. Esas especulaciones estaban alimentadas en el hecho de que algunos de sus discursos no estaban libres de vitriolo.

Churchill decía que era su nación la que tenía el corazón de león, y que a él le correspondió "haber sido llamado a rugir." En verdad rugía al tomar decisiones o hablar en público. Tenía garras de felino y era feroz ante los enemigos.

El tres veces primer ministro del Reino Unido Stanley Baldwin, que no tenía ninguna simpatía hacia Churchill, expresó públicamente, con ribete de alto elogio, y así lo dejó escrito en sus papeles personales, que observó que cuando el coloso nacido el 30 de noviembre de 1874 en medio de la pompa aristocrática del palacio londinense de Blenheim arribó al más elevado escalón operativo de la política dejó atrás "los metales menos preciosos que había en él."1

Es pertinente decir que Baldwin y Churchill eran del mismo signo político. Ambos formaban parte del Partido Conservador, pero el primero era un consumado pacifista, con cierto aire de ingenuidad ante la candente política internacional previa a la Segunda Guerra Mundial, y por eso el segundo lo acusaba de haber sido muy débil con el régimen encabezado por Hitler y de descuidar el equipamiento militar de Gran Bretaña, especialmente en su gobierno del 7 de junio de 1935 al 28 de mayo de 1937.

Fue más lejos la crispación entre esas dos personalidades del activismo político del Reino Unido. Tenían enfoques diferentes sobre lo que debió hacerse en los años 30 del siglo pasado con la marina, la aviación, la infantería y los mecanizados del país que el poeta Louis Marie de Ximénés llamó la Pérfida Albión, en un poema que luego acostumbraba recitar con sazón y picardía Napoleón Bonaparte.

Tan ácida era la relación entre ambos que al cumplir Baldwin 80 años de vida Churchill no lo felicitó sino que lanzó ante la prensa esta dinamita verbal: "No le deseo ningún mal a Stanley Baldwin...pero hubiera sido mucho mejor que nunca hubiera existido."2

Uno de los discursos más famosos y perdurables de Winston Churchill (y fueron muchos) es el que corresponde al 13 de mayo de 1940, en el cual les dijo a ingleses, galeses, escoceses e irlandeses del norte estas frases sorprendentes, por la elocuencia y rotundidad de su contenido:

"Sólo puedo ofrecer denuedo, sangre, sudor y lágrima...Y me preguntaréis: ¿cuál es su política? A lo que yo os puedo responder: es dar la batalla en el mar, en tierra y en el aire con todas nuestras fuerzas y con toda la fortaleza que Dios quiera concedernos; darle la batalla a una tiranía monstruosa, a la que jamás se había llegado en el luctuoso y lamentable catálogo de los crímenes de la humanidad."3

Piers Brendon, uno de los más acuciosos biógrafos de Churchill, dijo de él que: "inspiró a su país en su lucha en solitario contra un enemigo que amenazaba con conquistar el mundo...Poseía mágicos atributos y estaba dotado de un talento que a veces era angelical y otras demoníaco."4

El gran pensador y filósofo letón de origen judío Isaiah Berlin, en su ensayo biográfico titulado Señor Churchill en el 1940, al analizar en sus diferentes ángulos a esa celebridad de impacto mundial indica que Winston Churchill era:

"Un hombre fuera de serie, compuesto de elementos mayores y más simples que los hombres corrientes, figura histórica gigantesca durante su vida, sobrehumanamente audaz, fuerte e imaginativo...un orador de poder prodigioso...el salvador de su patria...el ser humano más grande de nuestro tiempo."5

El Zorro del Desierto

Erwin Rommel fue mariscal del aire de las fuerzas armadas alemanas. Marcó parte de la historia de la Segunda Guerra Mundial, tanto en sus victorias como en sus retiradas cuando evaluaba que la derrota de sus tropas era inevitable.

Por su intrepidez y la ingeniosidad de sus tácticas de guerra en el Norte del África fue apodado a justo mérito como el Zorro del Desierto. No fueron sus conmilitones los que así lo bautizaron, sino sus más acérrimos enemigos, los soldados británicos.

El mismo Winston Churchill, desde su escaño de la Cámara de los Comunes, lo calificó como "gran general", provocando el asombro de muchos allí presentes.

El Zorro del Desierto obtuvo una resonante victoria en el Paso de Kasserine, en el septentrión africano, con lo cual las fuerzas aliadas olieron un grave peligro en el curso de la guerra.

El aludido triunfo motivó que con carácter de urgencia fuera designado en el mando del II Cuerpo del Ejército de los Estados Unidos, que actuaba en esa zona, el excéntrico y famoso general estadounidense George Patton, quien al decir de sus asistentes, como el coronel Codman, al realizar una misión de reconocimiento por las ruinas de la milenaria ciudad de Cartago (la fundada por los fenicios nueve siglos antes de Cristo) proclamó que en la antigüedad él y Rommel habían tenido enfrentamientos en ese lugar. Así era la fijación mental que tenían sus contrarios con el alto oficial alemán.

Está probado que Rommel no era un fanático nazista, aunque formara parte de la poderosa maquinaria creada por Hitler para llevar al mundo a ese baño de sangre que fue la Segunda Guerra Mundial.

Era un académico de la carrera de las armas atrapado en la maraña de un régimen por el cual no sentía empatía. Actuaba como un militar en el contexto de una situación muy difícil para un soldado profesional.

Su buena imagen, su inteligencia y trato hicieron que hasta sus enemigos reconocieran que se trataba de un hombre dotado de cualidades diferentes al grueso de los altos oficiales alemanes.

Su más fiero oponente, el general Bernard Montgomery, reconoció en su biografía que tenía el retrato de Rommel a la vista de sus subordinados y visitantes, en sus oficinas móviles del comando de campaña Octavo Ejército Británico emplazado en el Norte de África, como un gesto de respeto ante tan formidable contrincante.

Erwin Rommel era un oficial de infantería con extraordinarias dotes militares, pero además era un pensador que dejó valiosas ideas sobre esa milenaria rama de las fuerzas armadas.

Su libro titulado Ataques de Infantería, publicado en el 1937, era un material de consulta en las academias militares de los años que precedieron y sucedieron a la Segunda Guerra Mundial. Todavía en varios manuales de guerra vigentes hoy son numerosas las citas de esa especie de biblia de las milicias.6

No obstante sus grandes conocimientos de la infantería, vale decir que la fama de Rommel, y su lugar en la Historia, le llegaron a partir de febrero de 1940, al ser designado comandante de la Séptima División Blindada de Alemania.

Con ese cuerpo armado penetró a Dunkerke, en la costa atlántica de Francia. En esa maniobra bélica se empapó de forma amplia sobre ataques, contraataques y tácticas específicas para el movimiento triunfal de carros de combate.

Llegó a dominar todos los secretos para el despliegue eficaz de tanques de guerra en enfrentamientos en páramos, montañas cargadas de árboles o en los laberintos de ciudades.

En el Norte de África, en un terreno tan adverso como lo es un desierto, fue donde su figura adquirió dimensiones inmensas como diestro jefe militar.

Rommel arribó allí en su calidad de jefe de los batallones alemanes que operaban en esa región de gran importancia estratégica para los países en conflicto en la Segunda Guerra Mundial.

Esas unidades militares tácticas fueron convertidas por el Zorro del Desierto, en los meses que siguieron a su presencia allí, en el mítico África Korps, que pondría a temblar por un tiempo a las fuerzas aliadas con las que le tocó enfrentarse.

Cuando Rommel llegó al Norte de África, en diciembre del 1940, el general británico O Connors tenía acorralado a cerca de 250 mil soldados que combatían bajo el pabellón italiano; entre ellos muchas tropas que habían participado en operaciones en las colonias de Etiopía, Eritrea y Somalia.

El comandante de esa fuerza de El Eje era el fanático fascista mariscal Rodolfo Graziani (apodado el Carnicero de Etiopía) nacido en Filettino, un pueblito italiano de escasa población en la región del Lacio, donde mismo está Roma.

Graziani había sido antes Virrey del África oriental italiana y luego Ministro de Defensa de Italia.

Al poco tiempo de la llegada de Rommel al desierto del Sahara la situación de guerra entre los aliados y el Eje dio un giro espectacular, al extremo de que el mismo general O Connors fue capturado en una performance bélica ideada y ejecutada por el Zorro del Desierto.

Sobre la captura del general O Connors y otros hechos vinculados con las acciones bélicas de Rommel en el Sahara abunda, en su ensayo La Campaña de África, el militar contestatario, periodista e historiador Santiago Perinat Mazeres.7

Las truculencias ilusionistas del teniente británico Jasper Maskelyne (citado en la entrega anterior) no amilanaban a Rommel, ni tampoco la inferioridad de armamentos que disponía en relación a los de sus enemigos. Eso formaba parte de su grandeza como comandante en el teatro duro de la guerra.

Con su cuerpo armado élite, conocido como África Korps, en una de sus incursiones avanzó bastante en el interior de Egipto, destruyendo a su paso cientos de tanques de guerra ingleses, pero no pudo sobrepasar línea defensiva del puerto y pueblo-fortaleza de Tobruk, en el Este de Libia.

Posteriormente, a quien los alemanes llamaban el mariscal del pueblo, conquistó Tobruk y llegó acercarse a Alejandría, pero por múltiples razones las dos batallas libradas en la zona costera de El Alamein, a la vista del Mediterráneo que recorre el norte de Egipto, fueron decisivas para que en octubre de 1942 quedaran diezmados los blindados y la infantería de Alemania, al mando de Rommel.

El día del ataque inicial en dicho lugar, que fue el más devastador para los nazis, Rommel se encontraba en Austria recuperándose de un ataque gripal, luego de haber estado en breves consultas en Berlín. Al día siguiente ya estaba en el frente de batalla de El Alamein.

A parte de la falta de apoyo de la cúpula del nazismo, el artífice principal de la debacle hitleriana en el desierto egipcio fue el astuto general citado Bernard Montgomery, multicondecorado general inglés, quien había sucedido al general Claude John Auchinleck en el mando del Octavo Ejército Británico.

Montgomery tuvo en la ocasión bajo su mando 230,000 soldados, 1,500 aviones y 1,230 tanques de guerra. Ordenó colocar al menos 18 millones de minas o explosivos debajo de la arena del desierto del Sahara. La inmensa mayoría de esos artefactos mortíferos aún yace sepultada allí.

Las fuerzas británicas bajo Montgomery superaban con creces en combatientes, armamentos y avituallamiento a las comandadas por Rommel. Las tropas de éste no llegaban a 90 mil, los carros de combates no eran ni una cuarta parte de los que tenían allí desplegados los británicos y los aviones de que disponía eran con diferencia de 1 a 10.

La fama como comandante de condiciones excepcionales acompañó al Zorro del Desierto tanto en sus sonoros triunfos como en sus retiradas, como la que hizo el 4 de noviembre de 1942, recorriendo más de 2,600 kilómetros de desierto. Rommel estuvo en África hasta marzo de 1943.

El mariscal del Aire Erwin Rommel estaba consciente de la imposibilidad de llegar a un acuerdo con las fuerzas aliadas mientras Hitler estuviera al mando.

Una de tantas pruebas de lo anterior surge del diálogo que el 17 de julio de 1944 sostuvo con el general Heinz Eberbach, cuando este le dijo que habían perdido la guerra.

El gran historiador británico de fama universal Antony Beevor reseña en su libro El Día D, la Batalla de Normandía, que ante la referida confección Rommel le respondió a Eberbach así:

"Estoy de acuerdo...¿Pero puede llegar a imaginarse al enemigo entablando negociaciones con nosotros mientras Hitler siga siendo nuestro líder?...las cosas no pueden continuar como están...Hitler debe irse."8

Rommel tenía conocimiento de la fracasada conjura contra Hitler del 20 de julio de 1944.No participó de manera directa en esa acción, pero moralmente la apoyaba, y por eso no denunció a los complotados. Eso le costó la vida.

En el dramático desenlace de la vida del Zorro del Desierto puede decirse que ocurrió algo similar a lo escrito varios siglos atrás por Nicolás Maquiavelo sobre los pensamientos de un príncipe ante las victorias de sus generales: ejecutarlo o privarlo de la reputación adquirida.

Lo anterior ha sido una realidad constante en diferentes épocas y lugares. El dramaturgo y periodista Robert Greene analiza esa situación con amplitud de detalles en el capítulo de la Ley 47 de su obra Las 48 Leyes del Poder.9

Para Hitler el mariscal Rommel era un peligro que había que eliminar. Se sabe que la sola voluntad del jefe supremo del nazismo, que se creían un ser predestinado, tenía el nivel de una ley inapelable, sin importar su ascendencia arbitraria e inicua.

En los hechos que llevaron a la tumba al Zorro del Desierto ni siquiera se le condujo ante un juez pusilánime y entreguista que acataría sin chistar el llamado "orden inmutable", concepto ese que fue analizado con espíritu crítico, hace más de 130 años, por el filólogo piamontés nacido en Turín Domenico Pezzi. Para no mencionar aquí la cuestionada creencia sobre el origen de la justicia terrenal que divulgaron en tiempos remotos Homero y Tesíodo.

En el libro El azar y la Historia su autor Juan González Cremona anota que el Führer: "Le envió a dos generales con un frasco de veneno. Como era un soldado disciplinado, Rommel se lo bebió. Era el 14 de octubre de 1944 y en esta oportunidad el azar no intervino para nada."10

Charles de Gaulle

Charles André Marie de Gaulle nació en la ciudad de Lille, en el norte de Francia, el 22 de noviembre de 1890. Luego de una vida cargada de muchas energías, y con los turbulentos azares de los años, falleció tranquilamente el 9 de noviembre de 1970, en su retiro de la comuna de Colombey-les-Deux-Églises, en el Alto Manes, en la hermosa región de Champaña.

Poco después de su óbito el entonces presidente francés George Pompidou, con rostro acongojado y voz entrecortada, pero con palabras expresivas que reflejaban el momento de tristeza colectiva anunció al mundo: "El General De Gaulle está muerto. Francia es una viuda."

Tres días después se le rendían honras fúnebres en la catedral de Notre-Dame, con la presencia de 63 jefes y ex jefes de Estado y de gobierno llegados a París desde diversos lugares del mundo.

De Gaulle había dado instrucciones de que su funeral fuera sencillo, con su cuerpo dentro de una caja de roble y enterrado por aldeanos del pequeño pueblo donde vivía al momento de morir.

Cuando la República Dominicana fue invadida por los Estados Unidos, el 28 de abril de 1965, Charles De Gaulle en su calidad de Presidente de Francia protestó por ese abuso, un crimen al margen de las reglas del derecho internacional.

El estadista francés ofreció su cálida solidaridad al pueblo dominicano. Él, el líder cubano Fidel Castro (que definía al país como el David del Caribe) y el gran diplomático birmano U Thant, entonces Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, fueron las tres principales personalidades mundiales que más abogaron en favor del país en esa dramática situación.

Charles De Gaulle fue militar, escritor, profesor y político, pero especialmente fue un patriota que no transigía con la libertad de Francia, así en la guerra como en la paz.

Estudió la carrera de las armas en la prestigiosa academia de Saint Cyr, donde luego fue profesor de historia militar, siendo sus cátedras materiales de consulta hasta el presente. Con parte de sus enjundiosas cátedras en esa escuela de altos estudios castrenses publicó su libro El filo de la espada, en el cual señala que un líder para serlo tiene que poseer tres condiciones imprescindibles: Inteligencia, instinto y autoridad. Añade como importantes otras tres cualidades: grandeza, misterio y carácter.11

Participó en la batalla de Verdún, la más larga y sangrienta (del 21 de febrero al 18 de diciembre de 1916) de la Primera Guerra Mundial, ganada por los franceses a los alemanes. Después de una destacada participación en la vanguardia de los combates fue herido y hecho prisionero en las colinas de picos pronunciados de ese municipio de la región de Lorena.

Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, e iniciarse los enfrentamientos entre Francia y Alemania, el entonces coronel De Gaulle fue ascendido a Brigadier General y se le encomendó que formara batallones mecanizados que dieron como resultado la creación de la Cuarta División Blindada.

Con él al frente ese cuerpo armado participó exitosamente en las batallas de Montcornet, el 17 de mayo de 1940 y en el extrarradio de la comuna de Abbeville, del 28 de mayo al 4 de junio de ese mismo año. No obtuvo el apoyo aéreo necesario.

Cuando el mariscal Pétain se convirtió en un nefasto colaborador de los nazis De Gaulle trasladó su lucha de resistencia a Londres, con su cruz de Lorena como símbolo de su perseverancia en el triunfo de la Francia Libre.

En el Reino Unido gozó del respaldo de Churchill, a pesar de que no había afecto personal entre ellos, pues el británico, como también el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, lo consideraban arrogante, difícil y antipático.

Desde Londres combatió la ocupación armada de su país por Alemania. Fue en esa ciudad, al otro lado del Canal de la Mancha, donde pronunció el 18 de junio de 1940 uno de sus más comentados discursos dirigido a los franceses y al mundo: "Pase lo que pase, la llama de la resistencia francesa no debe ni debe morir."12

El general Charles De Gaulle trasladó después su lucha de resistencia a Argelia, en el noroeste del continente africano. En el 1962, siendo Presidente de Francia, contribuyó grandemente a la independencia de ese país del Magreb.

A finales de la Segunda Guerra Mundial encabezó un gobierno en el exilio, el cual se extendió hasta poco después de finalizado ese terrible conflicto.

Luego fue presidente de su país desde el 1958, fomentando la creación el 5 de octubre de ese año de la Quinta República Francesa. Renunció en el 1969.

En el ejercicio del poder encontró muchos obstáculos, más allá del levantamiento popular ocurrido en mayo y junio del 1968, con los hippies incluidos.

Los políticos tradicionales le colocaron muchas zancadillas. Fue objeto de varios atentados contra su vida, por una miríada de motivos que sería prolijo enumerar aquí.

El historiador y analista político británico Brian Crozier, en su biografía titulada De Gaulle, ofrece a mi juicio las mejores particularidades para entender la trascendencia de esa personalidad de la vida política y militar de la Francia del siglo pasado.13

De Gaulle era opuesto a la hegemonía que frente a los demás países ejercían las potencias más poderosas, como Estados Unidos de Norteamérica y la Unión de República Socialistas Soviéticas.

Esa postura lo llevó a luchar por la unidad de Europa. Incluso sacó a Francia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, en la cual los países europeos casi siempre son una especie de convidados de piedra de los EE.UU.

Richard M. Nixon, que compartió largas conversaciones con el líder francés, dijo de él, en su libro titulado Líderes, lo siguiente: "La causa de De Gaulle era Francia. Nada le inspiraba tanto como los símbolos de la gloria de su país, y nada le entristecía tanto como sus debilidades y fracasos...El gran temor de De Gaulle era que Francia sufriera el destino de las naciones que hicieron historia en el pasado y ahora sólo la observaban."14

Conferencia de Yalta

La conferencia de Yalta se produjo del 4 al 11 de febrero de 1945, en esa ciudad balneario situada en el norte de la península de Crimea, en el mar Negro.

El objetivo de esa reunión era ultimar detalles concernientes a las acciones políticas, económicas, militares, sociales y de geopolítica que como aliados triunfantes abordarían al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Para entonces, aunque todavía rugían los cañones de aviones, barcos y artillería terrestre y las armas ligeras de la infantería seguían en manos de los soldados, todos los indicadores militares indicaban que era inminente la derrota de Hitler y sus socios de El Eje.

Ese histórico encuentro fue entre los llamados tres grandes del momento: Jósif Stalin, jefe supremo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que actuó como anfitrión; Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido y Franklin Delano Roosevelt, el presidente número 32 de los EE.UU., (quien para llegar a Yalta se montó por primera vez en un avión, bautizado como "la vaca sagrada", procedente de La Valeta, capital del pequeño archipiélago de Malta, en el centro del Mar Mediterráneo, donde había estado antes, en diciembre de 1943).

La entrevista de Yalta fue una especie de pase de revista y afinamiento de las decisiones que se habían tomado en acercamientos anteriores: Moscú, en agosto de 1942; Casablanca, Marruecos, en enero de 1943; El Cairo, Egipto, en noviembre de 1943 y el que se llevó a cabo entre finales de noviembre y principio de diciembre de ese último año en Teherán, la capital de Irán.

En la Conferencia de Yalta se tomaron muchas decisiones que giraban en torno al reparto de territorios para beneficio de los países vencedores, el desmantelamiento del aparato militar nazista, la división de Alemania en cuatro zonas, la creación de instituciones de derecho internacional, etc.

Muchos historiadores consideran que las deliberaciones entre Roosevelt, Stalin y Churchill, en la también llamada Ciudad de la Alegría, en el litoral septentrional del mar Negro, fue el origen de lo que luego se conoció como la Guerra Fría, cuya concreción en términos militares produjo en el 1949 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su contraparte el Pacto de Varsovia, en el 1955.

Casi de manera premonitoria uno de los más brillantes ideólogos del Tercer Reich, el terrible Ministro de Propaganda del nazismo Paul Joseph Goebbels, vaticinó lo que sobrevendría con lo acordado en Yalta, cuando días después de finalizar la aludida conferencia escribió lo siguiente:

"...los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el Este y el Sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Un telón de acero caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas..."15

Un año después, cuando ya los cañones estaban fríos, Churchill robusteció en parte la opinión de Goebbels cuando en conferencia pronunciada en los EE.UU. dijo: "Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente europeo un telón de acero."16

Resulta pertinente indicar aquí que algunos de los puntos acordados, sin afinamiento, en Yalta, luego fueron elementos de conflicto en la Conferencia celebrada en un palacete a orillas del río Havel, en Potsdam, la capital del estado federado alemán de Brandeburgo.

Varios historiadores del convulso y sangriento período de la Segunda Guerra Mundial sostienen, no sin razón (pues el estudio minucioso de los hechos así lo avala) que Winston Churchill aun sabiendo que representaba al menos poderoso de los tres países representados en Yalta pretendía de manera simultánea hacer morder el polvo de la derrota a Hitler a la vez que enjaulaba a Stalin en su laberinto, si fuera posible tierra adentro en la Siberia, y persuadir a Roosevelt para que hermanara su poderoso país con el Reino Unido, tal vez como en los tiempos anteriores a la rebelión de las Trece Colonias que en el 1776, en la costa Este de América del Norte, dieron origen a los Estados Unidos de Norteamérica.

Bibliografía:

1-Papeles de Baldwin. Publicados en el 2004. Philip Williamson y Eduard Baldwin.

2-Declaración del 3 de agosto de 1947. Winston Churchill.

3-Primer discurso como primer ministro de Gran Bretaña, 13 de mayo de 1940.Winston Churchill.

4-Winston Churchill. Editora Planeta De Agostini, 1995.P252.Piers Brendon.

5-Mr Churchill in 1940.Editorial Murray, 1964. Isaiah Berlin.

6-Ataques de infantería. Editado en el 1937.Erwin Rommel.

7-La campaña de África. Revista Historia y Vida, Barcelona, España, 1978. Santiago Perinat Mazeres.

8-El día D, la batalla de Normandía.P414.Editorial Crítica, Barcelona, primera edición septiembre 2009. Antony Beevor.

9-Las 48 Leyes del Poder. Editorial Atlántida, Madrid, España, 2000. Pp500-509. Robert Greene.

10-El azar y la Historia. Editorial Planeta, 1994.P173. Juan Manuel González Cremona.

11-El filo de la Espada. Editorial Plaza y Janés, 1961. Charles de Gaulle.

12-Discurso del 18 de junio de 1940. Charles de Gaulle.

13- De Gaulle. Editores Easton, 1990. Brian Crozier.

14-Líderes. Editorial Planeta, 1983. P65. Richard M. Nixon.

15-Semanario Das Reich, 25 de febrero de 1945. Joseph Goebbels.

16-Conferencia, del 5 de marzo 1946, Missouri, EE.UU. Winston Churchill.