Por Raúl Menchaca

LA HABANA, 21 feb (Xinhua) -- Muy lejos estaba de imaginar el matrimonio de Alberto Casimiro Fowler y María de los Angeles Cabrales, cabezas de una adinerada familia de la sacarocracia (del azúcar) cubana, que su casa en el barrio habanero de Miramar sería la cuna de los afamados puros Cohiba.

Fowler y Cabrales, con intereses en grandes compañías azucareras del centro de Cuba, construyeron un hermoso palacio solariego al oeste de La Habana, en lo alto de una pequeña colina y muy cerca de un lago natural conocido como El Laguito.

Después de ser sede de múltiples eventos sociales de la burguesía cubana, en 1957, y luego de la muerte de Fowler cuatro años antes, la casa pasó a ser propiedad de una compañía inmobiliaria y en 1959, con el triunfo de la revolución encabezada por Fidel Castro, fue a manos del estado cubano.

Castro, quien entonces era un empedernido fumador de puros, recibió un día un habano como regalo de uno de sus escoltas, quien lo había obtenido de Eduardo Rivera, un amigo y experimentado torcedor que los elaboraba para su propio disfrute.

Fidel, un conocedor del arte de fumar, apreció de inmediato la calidad del puro y decidió instalar en 1966 la fábrica en el palacete de El Laguito, donde nació la marca Cohiba, un nombre sugerido por una cercana colaboradora de Castro, Celia Sánchez, a partir de una voz aborigen para designar la fuma.

Los primeros Cohiba, que se guardaban casi como un secreto de Estado, se utilizaron para agasajar a personalidades extranjeras, entre ellas al entonces primer ministro francés, Charles de Gaulle, quien en 1965 recibió un pequeño lote.

Sin embargo, no sería hasta 1982 cuando Cohiba llegó al resto del mundo de manera comercial, presentando su primera colección internacional en el hotel Ritz de Madrid, escenario también, en 1989, de la presentación de la Línea Clásica.

Pero mucho ha llovido desde entonces y hoy la pequeña fábrica, con sus poco más de 200 trabajadores, produce al año 2.400.000 habanos para el portafolio de la marca Cohiba, la más cara y exclusiva de cuantas se producen a mano en Cuba.

El secreto radica en que se trata de la única marca de habanos en la que tres de los cuatro tipos de hojas que se utilizan en su elaboración, pasan por una tercera fermentación adicional en barriles, una más de las empleadas en otros puros.

"Esa fermentación adicional que se le da a la materia prima, fundamentalmente en barriles de roble blanco, dura entre 25 y 27 días antes de salir al flujo productivo", explicó a Xinhua el director de la instalación, Pedro Luis Pérez, un hombre de 49 años que ha dedicado la mitad de su vida al mundo del tabaco.

Ese paso, señaló mientras sostiene en la mano un largo puro, permite que en la hoja disminuyan los niveles de amoniaco y hace más agradable la fumada en cuanto a sabor y aroma.

Nieto de cosecheros y especialista en riego y drenaje de suelos, Pérez nació prácticamente entre sembradíos de tabaco, en San Luis, una de las tres localidades que conforman el triángulo de Vueltabajo, en el extremo occidental de Cuba y considerado como la tierra de la mejor hoja del mundo.

Desde muy joven se vinculó primero al cultivo y después a la manufactura de los puros, hasta llegar a ser el director de la emblemática fábrica de El Laguito desde hace cuatro años, gracias a su amplio conocimiento de los secretos de la cosecha y procesamiento de la hoja.

Pero los secretos que guarda Pérez sólo pueden compararse con los que tiene el maestro ligador, Carlos Pérez, quien desde hace 12 años es el único encargado de conformar las ligaduras, las mezclas de las hojas con que más tarde se hacen los habanos.

Las ligaduras pasan a las salas de torcido, donde experimentados torcedores, la mayoría mujeres, se encargan de elaborar con sus manos los puros que más tarde se prueban en las máquinas de fumado, equipos que comprueban la capacidad de tiro que tiene el puro cuando se enciende.

El último paso, que depende de la experiencia y buena vista del tabacalero, es escoger a los habanos de acuerdo con el color de cada uno, en una gama que se mueve entre 65 y 75 matices diferentes, para después colocarlos en las respectivas cajas de cada marca.

En la fábrica trabajan varias generaciones de una misma familia y esa tradición se respeta e incluso se alienta, por eso en el piso superior del inmueble hay una pequeña escuela, donde nietos, hijos y hermanos de torcedores aprenden el oficio durante nueve meses para después ser profesionales del torcido en la propia industria.

En "la escuelita", como la llaman, la profesora es la experimentada Nelsa Leonard, una mujer de 71 años, que desde hace 51 trabaja en la fábrica y ahora transmite a los más jóvenes todos sus conocimientos.

Ella, como todos los que allí trabajan, sienten el orgullo de dedicar parte de sus vidas a la fábrica de El Laguito, cuna de los afamados puros Cohiba. Fin