POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Su nombre oficial era José Antonio Salcedo Ramírez, pero vivió y pasó a la historia dominicana como Pepillo Salcedo. Fue combatiente en las largas jornadas bélicas de consolidación de la independencia nacional y sobresaliente dirigente militar en la intensa guerra restauradora.

En diciembre de 1855 el entonces capitán Pepillo Salcedo, al frente de una patrulla subcomandada por el a la sazón teniente Benito Monción, se enfrentó victoriosamente, cerca del histórico paraje de Beller, a un gran contingente de invasores haitianos dirigidos por el general Paul Jean Jacques.

Sobre el terreno de los combates Pepillo Salcedo fue elevado a la categoría de comandante, por su brillante desempeño con las armas y su capacidad táctica para distribuir las tropas en el fragor de los combates, tal y como consta en las motivaciones del ascenso.

En un relato de Benito Monción se describe que dada la hazaña referida, y por órdenes del general Juan Luis Bidó, esa patrulla fue convertida en una columna, "de quinientos hombres que puso bajo el mando del entonces comandante José Antonio Salcedo, y me agregó a él".1

Después de la derrota definitiva de los invasores haitianos, Pepillo Salcedo volvió a sus actividades comerciales radicándose en principio en Estero Balsa, en el recodo más al noroeste del país, con vista al filón de tierra dominicana conocido como Punta Presidente y al frescor de la brisa marina y la desembocadura del río Yaque del Norte.

El estentóreo grito del cerro de Capotillo, el 16 de agosto del 1863, dio inicio a la Restauración de la República. De ese lugar dijo Eugenio María de Hostos lo siguiente: "Capotillo es el lugar más eminente de la República". 2

Ese acontecimiento histórico de trascendencia supranacional colocaría para siempre a la figura de Pepillo Salcedo en los más altos peldaños de la dignidad dominicana.

A las tres de la tarde del 9 de septiembre de 1863 fu ascendido a General de Brigada, conforme quedó consignado en un despacho firmado y aprobado por los Generales Gregorio Luperón y Benito Monción, en su calidad de Jefes de Operaciones, desde su puesto de mando en el cantón general del Meadero, que así se llamaba el sector conocido en Santiago como Los Chachases.

Tres días después de dicho ascenso, y ante las negociaciones abiertas con el tristemente célebre jefe militar español brigadier Manuel Buceta, con miras a la entrega incondicional de la Fortaleza San Luis y con ello la rendición pura y simple de las tropas anexionistas, era Pepillo Salcedo quien se dirigía a los Generales Luperón y Andrés Tolentino en los siguientes términos: "Suspendan todo ataque hasta mañana, pero no cesen de vigilar al enemigo."

El 14 de septiembre del 1863, antes de cumplirse un mes del grito de Capotillo, Pepillo Salcedo fue designado presidente de la República, función que ocupó hasta el 10 de octubre del 1864, fecha en que fue depuesto por maquinaciones y zancadillas de aquellos que le adversaban porque no soportaban su talante de combatiente bizarro e integérrimo. Fue el primer gobernante de la Segunda República, aquella que en la clasificación de nuestra historia surgió con la derrota de las tropas españolas.

Ese referido 14 de septiembre del 1863, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, Pepillo Salcedo fue de los firmantes del Acta de Proclamación de la Restauración o Acta de Independencia, en la cual se le hacía saber al trono de Castilla que la llamada Anexión no fue la voluntad del pueblo dominicano, sino una obra malsana "del general Pedro Santana y sus secuaces".3

Pepillo Salcedo fue un exitoso guerrero, un combatiente vehemente, que llegó a ser calificado como "ínclito libertador". Siempre, sin ningún titubeo, puso su valor y talento militar al servicio de la Patria. En su palmarés se destaca el coraje sin límites con que enfrentaba al enemigo que mancillaba la Patria. Luperón lo calificó certeramente como "denodado general", a pesar de las grandes contradicciones que tuvieron.

Nunca fue de los que pretenden ir en el cortejo de la procesión y al mismo tiempo repicar las campanas del templo. Ese no era su estilo. No doraba la píldora cuando se trataba de defender los valores patrios, por eso las intrigas de que fue víctima y la confabulación que culminó con su asesinato no pudieron disminuir el brillo cada vez más refulgente de su figura histórica.

La realidad de su existencia, con perfiles de proceridad, fue muy diferente a la desdibujada imagen que de él han pretendido presentar algunos, agarrándose para ello de comentarios fuliginosos y notas sueltas empapadas de vinagre de dos o tres de sus coetáneos con quienes tuvo marcadas diferencias, surgidas en el fragor de las luchas liberadoras.

Uno de los detractores más incisivos de Pepillo Salcedo, y tal vez el mayor instigador de su crimen, lo fue el poeta Manuel Rodríguez Objío, Ministro de Relaciones exteriores en el fugaz gobierno tresmesino de Gaspar Polanco. Sus notas destilan un rencor ilimitado hacia el héroe sacrificado en el patíbulo de la ribera puertoplateña del Atlántico.

Se sabe que Rodríguez Objío influía mucho en la mente primaria del presidente Polanco y el reconcomio que evidencia el poeta en sus escritos tal vez surgió porque el primer presidente restaurador no lo tomó en cuenta para un puesto ministerial. Así se mueven las ondas emocionales de muchas personas, sin importar su nivel de ilustración.

Hay muchas pruebas documentadas sobre la valentía y la integridad de Pepillo Salcedo. Con el general Pedro Antonio Pimentel (quien llegaría a la presidencia de la República) tuvo un fuerte enfrentamiento por las exacciones cometidas por éste contra campesinos que hacían pequeñas exportaciones desde Dajabón hacia el país vecino. Pedro María Archambault describe bien ese caso en una obra que recoge con mucha minuciosidad gran parte de los hechos ocurridos en la guerra de la Restauración.4

Otro ejemplo de la calidad humana y el reconocimiento a los méritos patrióticos de Pepillo Salcedo se desprende de la carta que desde la ciudad de Santiago le escribió el 26 de abril de 1864 el patricio Juan Pablo Duarte, en la que le decía, entre muchas cosas, que "me será lo más grato el hallarme a su lado....Mientras, pues, se me presente la ocasión, de presentar a usted mis respetos personalmente y ponerme a sus órdenes...."5

El 15 de octubre de 1864, con sólo 48 años de edad, Pepillo Salcedo fue fusilado a traición por órdenes del entonces Presidente de la República Gaspar Polanco. Desde el principio se comprobó que fue una acción ruin, absurda y de suprema cobardía moral, originada en motivos de rivalidades particulares. Ese hecho de sangre mancilló para siempre, en términos históricos, a todos los conjurados que de manera directa o indirecta tuvieron algún grado de participación en el mismo.

El ingreso de Pepillo Salcedo en el martirologio de ilustres dominicanos fue el resultado de una larga cadena de complicidades. Una verdadera cascada de rencores, odios, maldades, cobardía, falta de carácter y ambiciones de unos cuantos provocaron su muerte alevosa, o como solían decir grandes juristas italianos del pasado: "a traición y sobre seguro".

Para sepultar la maledicencia de algunos contemporáneos, los jefes del Ejército expedicionario Pedro A. Pimentel, Federico García y Benito Monción hicieron una exposición pública, fechada en la ciudad de Santiago, el 25 de enero de 1865, en la cual dejaron para la historia lo siguiente: Pepillo Salcedo fue "... el más generoso de nuestros soldados" y luego de hacer un recuento de los hechos concernidos en torno a él rematan diciendo que el general Gaspar Polanco y miembros de su gobierno provisorio "para quienes el general Salcedo era sin duda un obstáculo, decretaron su muerte ¡ y se la dieron atroz, oscura y clandestina...!" 6

Algunos, cargados con miríada de alegatos vacuos, han querido torcer la realidad que envolvió el crimen de que fue víctima Pepillo Salcedo. Las palabras de Gregorio Luperón (con el cual dicho sea de paso tuvo más de un contradicho) se han mantenido como una plomada vertical rompiendo el cieno de la mentira.

Refiriéndose a la muerte de Pepillo Salcedo, Gregorio Luperón emitió un comunicado público en los siguientes términos "... por una orden secreta, infame y cobarde del general Gaspar Polanco al General Carlos Medrano, jefe interino del campamento de La Javilla, lo enviaron con el coronel Agustín Masagó a Maimón, y allí fue miserable y cruelmente asesinado por ese salvaje coronel....Gaspar Polanco se dejó seducir por los temores de una reacción improbable, dio oídos a su ambición y tal vez a viles aduladores tan pérfidos como perversos amigos, y hasta se envaneció con las lisonjeras dulzuras del poder".7

El general Luperón, gran adalid restaurador, dice más sobre ese hecho infame cuando haciendo un minucioso recuento sobre las múltiples violaciones cometidas contra la Constitución de la República expone que el gobierno del General Gaspar Polanco "la violó con la muerte inicua del ex Presidente Pepillo Salcedo". 8

El prócer cívico Pedro Francisco Bonó fue una de las figuras públicas de la época que con más vehemencia y justa indignación protestó por ese hecho que estremeció a todo el país. Se refirió al magnicidio ocurrido en la costa de la bahía de Maimón, Puerto Plata, así: "protesto contra el fusilamiento execrable del egregio General Pepillo Salcedo, víctima de los odios y que, como Gaspar Polanco, su asesino, estaban acostumbrados a la felonía..." 9

Pepillo Salcedo fue inicialmente enterrado en el mismo lugar donde lo mataron. Luego llevaron sus restos a la parroquia San Fernando, Montecristi. Posteriormente sus despojos mortales fueron trasladados a la Fortaleza San Felipe, Puerto Plata. Allí, al momento de depositarlos en el Mausoleo hecho en su honor, el general Ricardo Limardo concluyó su panegírico con esta sonora frase: "¡soldados! ¡paso al Restaurador General Salcedo! ¡paso al Presidente Salcedo! ¡presenten armas!"

El 16 agosto de 1928, con todos los honores militares de rigor a su procera figura, Pepillo Salcedo fue sepultado en la Iglesia Mayor de Santiago.

Un municipio lleva su nombre

Pepillo Salcedo es un pueblo costero. Está edificado a orillas de la Bahía de Manzanillo. En la parte más occidental del noroeste dominicano.

Su nombre oficial es Pepillo Salcedo, de conformidad con la Ley 2089, del 25 de agosto de 1949, en cuya literatura se resalta la figura histórica de ese personaje que supo defender el concepto de dominicanidad enfrentando primero a los haitianos y luego a los españoles.

Ese pueblo de aspecto casi bucólico también se conoce popularmente con los nombres de Manzanillo y Puerto Libertador. Esa triple toponimia no es un caso único en el mundo.Tentado está uno a recordar que la joya arquitectónica del estrecho de Bósforo, la actual ciudad turca de Estambul, también ha sido conocida a través de los siglos como Constantinopla y Bizancio.

El Municipio de Pepillo Salcedo del lado dominicano y el caserío de Meillac, del otro lado, son los puntos de arranque de la frontera de unos cuatrocientos kilómetros que divide nuestro país de Haití. El otro extremo de la línea fronteriza está en Pedernales y Anse-a-Pitre.

Es en el pueblo de Pepillo Salcedo donde comienza la línea fronteriza con Haití, en virtud de que se tomó como punto de partida para establecerla la desembocadura del río Masacre o Dajabón, en la Bahía de Manzanillo, y como punto final la desembocadura del río Pedernales en el Mar Caribe. Así quedó establecido en el Tratado del 1929, firmado por las autoridades de ambos países y publicado en la Gaceta Oficial No.4065, del 5 de marzo de ese mismo año.

El puerto situado en la bahía de Manzanillo es uno de los de mayor calado en toda el área del Caribe, amén de que tiene una excelente ubicación de cara a toda el área del Caribe y parte del Océano Atlántico. Si lo rehabilitan y amplían podría recibir grandes cantidades productos agrícolas y manufacturados para la exportación, con la consecuente generación de divisas para el país. Y también se utilizaría como punto de entrada de una amplia gama de mercancías de procedencia extranjera. En ambos casos se dinamizaría la economía local.

Este apartado recodo del país (que tiene en su patrimonio territorial las secciones Colonia Carbonera, Copey y Santa María) fue el centro de operaciones productivas y de comercio exportador de la empresa norteamericana Grenada Company, la cual a partir de los años 40 del siglo pasado, y durante dos décadas, explotó un inmenso proyecto de guineos en más de cien mil tareas de tierra, dándole un cierto esplendor económico a esta comunidad.

Varios de sus barrios, que tienen un toque particular, fueron construidos a semejanza de un pequeño pueblo del interior de los Estados Unidos de Norteamérica. Originalmente fueron habitados por funcionarios y empleados de la referida empresa.

Sus calles tienen un trazado correcto. Sus moradores se ven tranquilos y apacibles, pero en muchos rostros se observa tristeza y desesperanza, tal vez por la falta de oportunidades laborales y de otras muchas limitaciones.

La pesca marina, junto con la crianza y venta de chivos y las pocas labores en el puerto, son prácticamente las únicas fuentes de ingresos de las familias de esta comunidad.

Por esa dura realidad las personas que viven en Pepillo Salcedo se observan, a la vista de un visitante curioso, como aquellos personajes de la célebre obra del teatro absurdo titulada "Esperando a Godot", del novelista inglés Samuel Becket.

Esta localidad marítima tiene un pequeño malecón construido en su lado noreste, en el mismo frente de la bahía de Manzanillo. Desde ahí se contempla esa maravilla geográfica denominada Punta Presidente, que es una larga y estrecha faja de tierra que penetra varios kilómetros mar adentro.

La playa Estero Balsa, cerca de la cual vivió por un tiempo Pepillo Salcedo, debe ser puesta en condiciones para explotarla turísticamente. Una buena parte del Parque Nacional de Monte Cristi corresponde a este municipio.

El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales publicó en diciembre del 2011 un amplio trabajo de investigación en el cual este municipio ocupa una posición prominente entre las 55 áreas nacionales con ecosistemas de mangles.10

En ese municipio hay manglares costeros y estuarinos, estos últimos caracterizados por estar entre los hábitats marinos y el agua dulce. Constituyen una riqueza natural de incalculable valor.

En la Bahía de Manzanillo se desarrollaron importantes episodios de nuestra historia. En uno de los combates más recordados la soldadesca española fue azotada por la metralla de los patriotas dominicanos que luchaban desde agosto del año 1863 por rescatar nuestra Independencia.

Ya antes, en las luchas independentistas, la incipiente marina de guerra dominicana utilizó las facilidades de esa amplia entrada de mar para enfrentar exitosamente a los invasores haitianos.

El 26 de octubre de 1845 (en perfecta sincronización con los hechos redentores de la batalla de Beller) diez navíos de guerra dominicanos, repletos de héroes invisibles, de esos cuyos nombres no aparecen ni siguiera en bloque en nuestra historia, salieron de aquí para enfrentar a los haitianos en Fort Liberté.

Ese era el mismo pueblo que antes de su destrucción de 1605, por órdenes del imperio español y bajo la ejecución del jefe colonial Antonio de Osorio, era conocido con el nombre de Bayajá. El objetivo de esa incursión marítima era destruir el caladero de soldados haitianos que salían desde allí en oleadas para mancillar tierra dominicana.

Al mando de esa modesta y memorable armada iba uno de los más intrépidos marineros de las radas caribeñas, Juan Bautista Cambiaso, a quien le cupo la gloria, junto con Juan Alejandro Acosta y Juan Bautista Maggiolo, de fundar la Marina de Guerra (hoy Armada) Dominicana. Tal vez por ese episodio histórico surgió el nombre de Puerto Libertador.

Desde este litoral costero, con aguas marinas y estuarinas, se puede llegar en pocas horas, en navegación de cabotaje, es decir "con la costa a la vista", hasta la ciudad marítima de Cabo Haitiano. Una vez allí, recorriendo unos cuantos kilómetros tierra adentro hacia el sur, se encuentra la que fue la más grande fortaleza militar del continente americano, La Citadelle, famosa obra de ingeniería militar con muros de hasta 40 metros de altura, construida para satisfacer la megalomanía del "rey" Henri Christophe.

De las costas septentrionales dominicanas la Bahía de Manzanillo es la primera partiendo desde el oeste, seguida en dirección a oriente por más de diez otras, entre ellas las bahías de Monte Cristi, Icaquitos, La Isabela, Luperón, Maimón, Escocesa, Rincón, Samaná, San Lorenzo y La Gina.

Bibliografía:

1-Obras Completas de José Gabriel García, volumen 3 pág. 100. Nov.2016.AGN.

2-Páginas Dominicanas, pág. 245.

3- Obras Completas José Gabriel García, volumen 3, págs. 568-570. Nov.2016.AGN.

4- Historia de la Restauración. Pedro María Archambault.

5-Autobiografía de Gregorio Luperón, tomo I, pág. 223.

6- Proclama desde Santiago.25 de enero del año1865. Pimentel, García y Monción.

7- Obra citada de Gregorio Luperón, tomo I, págs. 260-261.

8- Ibidem, Gregorio Luperón, tomo III, pág. 419.

9-Papeles de Pedro F. Bonó. Editora del Caribe, 1964.Pág. 69.

10-Atlas de Biodiversidad y Recursos Naturales de la República Dominicana. 2011.