Con la muerte de don Manuel del Cabral, terminó la vida de un intelectual que dio a sus creaciones una dimensión de contenido universal, pero sin perder el alma de la sociedad dominicana.

Por HTN

Diariodominicano.com

SANTO DOMINGO, el viernes 14 de Mayo de 1999, falleció en su residencia de la ciudad de Santo Domingo, el Premio Nacional de Literatura, el poeta y novelista Manuel del Cabral.

Con la muerte de don Manuel del Cabral, terminó la vida de un intelectual que dio a sus creaciones una dimensión de contenido universal, pero sin perder el alma de la sociedad dominicana.

Manuel del Cabral nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros, el 7 de marzo de 1907.

Compadre Mon, es una de sus obras en la que reflejó la violencia y la pobreza de la lucha política en la República Dominicana.

Su personaje dice lo que sintió el intelectual por el contexto que le tocó vivir. "Compadre Mon, los guapos se bebieron la República".

De esa manera reflejó la violencia que originaban las luchas intestinas en la República Dominicana.

Manuel del Cabral también reflejó en su obra las desigualdades sociales y los prejuicios que marcan la vida nacional.

Cuando comenzaba a caminar fue testigo de la inestabilidad política, la primera intervención militar de Estados Unidos contra la República Dominicana, en el año 1916 y los acontecimientos que se derivaron de ese hecho, el Gobierno de Horacio Vásquez (1924-1930) y la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, 1930-1961.

En su obra también están sus aventuras en el Yaque del Norte, el que retrató con sus aguas caudalosas y cristalinas.

| Con Manuel del Cabral, terminó la vida física de una parte del alma nacional. Su obra es inmortal. Compadre Mon, Chinchina Busca El Tiempo, y El Presidente Negro, son parte de la vida dominicana.

Compadre Mon

Tanto he pisado esta tierra,

que es ella la que anda ya.

Compadre Mon.

Por una de tus venas me iré Cibao adentro.

Y lo sabrá el barbero, aquel que los domingos

te podaba las barbas

como quien poda un árbol de la patria.

Y también Domitila lo sabrá, Domitila

que mientras comadreaba tenía entre las manos

unos duendes que hacían pan sabroso hasta el lodo.

Y hablo de Domitila, porque sin esa cosa...

quizá ni tu revólver fuera un poco de pueblo.

Porque ella fue tu risa, fue tu pan y tu catre.

¿Qué hubiera sido entonces de esas cosas humildes

que tocaron tus manos, tu calor, tus pisadas?

Tu caballo

hubiera sido siempre una bestia cualquiera.

Tal vez sin estas cosas los muchachos con sueño

ya hubieran enterrado tu pistola, tu espuela;

todo lo que en tu cuerpo y en tu aire

es la tierra que quiso no quedarse dormida.

Porque tú, que no fuiste nunca niño de escuela,

a la escuela te llevan en la boca los niños.

Es que no quiero hablar de tus cosas mayores,

ni aún de aquella extraña madrugada en que diste

órdenes a un soldado

para que repicara las campanas

por tu llegada al pueblo.

No.

No quiero hablar ahora de tus cosas de todos.

De lo que quiero ahora

es hablar del remiendo que te hacía la tía

en aquellos no aún gloriosos pantalones.

Hablo de la ternura con que tú ya besabas

sus manos costureras, cuando aún tus bolsillos

se cargaban de piedras para romper faroles.

La gente que te vio tan pequeñito

no pensó que la tierra se iba a poner tan grande...

Ahora,

cualquiera cosa tuya huele a patria.

Hasta Tico, el lechero

que llega con un poco de leche en su sonrisa,

y me dice:

aquí, Manuel, estuvo Mon un día,

¡que no rompan la silla donde lo vi sentado,

arrimao a esta puerta!

Ya ves, Compadre Mon,

no puedo hablarte ya de cosas grandes;

tu pistola, tus barbas, tu caballo,

tu nombre,

todo es pequeño junto a esta sonrisa.

¡Cómo brilla tu historia en los dientes de Tico!

Qué grande estás, Compadre Mon en esas

cosas pequeñas.

¡Por las ventanas de Tico yo me iré Mon adentro!

El maíz no lo sabe,

ni el trueno,

ni el agua.

Pero tú estás en el maíz del niño

que piensa crecer mucho y tener tu tamaño,

y tener un caballo como el tuyo

que entró en la historia a fuerza de ser patria.

El trueno no lo sabe,

pero tú estás en la garganta ronca

de los tambores que enronquecieron

de tanto hablar de ti..., de los rugidos

del paso de tu sangre.

El agua no lo sabe,

pero eres, el agua con un cuento...

tú le pusiste edad al agua de los hombres...

al agua que más duele, la pesada

¡que siempre llena venas, y con sed siempre el hombre!

Sin embargo, no quiero,

no quiero hablar, compadre Mon, de esas cosas visibles tuyas...

Yo prefiero decirte que Cachón, un muchacho

enclenque de mi pueblo,

estuvo muchos días y demasiadas noches,

torturándose,

fabricando,

puliendo unas estrofas, y luego, sin comer,

muchas veces,

iba a mi casa, casi asustado,

casi tartamudo, sorprendido,

y como quien comete su más sagrado crimen,

me decía: -Manuel, aquí tengo una cosa

que quiero que tú veas.

Pero nunca, nunca pude leerla,

porque temblaba para darme aquello...,

y volvía a su casacón aquello en secreto,

y volvía a pulir,

y a no dormir,

ni comer,

y volvía a hablar solo.

De esto, Mon, sí quiero casi hablarte en familia:

de aquel muchacho débil escribiendo tu nombre,

buscando entre tus barbas raíces de la tierra,

los árboles perdidos de la patria...

De esto, Mon, sí quiero casi hablarte en familia:

de aquel muchacho en huesos

que iba a la barbería

y diez veces le preguntaba al barbero

que cuánto le debía...

(Porque, Mon, es muy triste

no terminar un verso).

Aquel muchacho simple que perdió la memoria

y que yo le decía que comiera...

Aquella emoción pura que al nombrarte, parece

que se abría las venas para que se bebieran

hondo y tibio tu nombre.

Esto sí me parece que no deja que el tiempo

gaste hasta lo más simple de tu voz:

tu sonrisa.

Y a ti, Compadre Mon, que te encontré una tarde

haciendo el hoyo puro

del futuro cadáver de tu cuerpo

(porque nunca supiste que tu muerte

no cabe en ningún hoyo de la tierra).

Yo mismo que de niño te conocí en el aire

que respiraba el pueblo,

iba ya repartiéndome tu vida,

iba haciéndole un poco de mis cosas,

iba ya no dejándole morir...

Después el campamento se ocupó de tu nombre,

de tus cosas mayores.

Y era difícil ya, que como un hombre cualquiera,

te pegaras un tiro,

o te entregaras a menudencias,

a pequeñas manías;

porque hasta aquellas inútiles palabras a tu gato

tenían ya un sentido,

porque así son, Don Mon, todas las cosas

que pertenecen a lo que ya tiene

tamaño de destino...

Un simple canto de gallo que despierta

las cosas de la mañana,

toma de pronto la estatura de un siglo.

Si entre las cosas que se despiertan con su canto

se levanta un caballo con la historia en el lomo.

Te estoy diciendo esto, viejo Mon, ahora

en que hacer unos versos y ponerse a decirlos

es un peligro... tan grande

como ponerse a hacer la patria

con sables de madera de sándalo.

Porque nosotros, los que hacemos

estas cosas de sueño, no estamos preparados

para la fiesta del honor con precio...

Yo voy, a ratos, ciegos que tocan su instrumento

por unos cuantos cobres. Muchas veces,

después de sus canciones, voy a verme al espejo,

y miro bien mi cara para ver si es la mía...

Porque, a veces, cuando cantan los ciegos,

muchas cosas del cuerpo voy dejando

no sé a dónde...

Por eso,

pregunto por mi nombre cuando cantan los

ciegos.

Te estoy diciendo esto porque a veces

lo que nació en tu pecho lo tienes en la mano...

Te estoy diciendo esto, viejo Mon, porque a ratos,

hablas conmigo cosas que hablando no me dices.

He caminado mucho por los ríos

que vienen de tu cuerpo cuando a oscuras

te hicieron; y sé que cuando sangras

te salen por las venas los sueños más varones.

Es que desde hace tiempo,

tú construyes la patria, destruyéndote.